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viernes, 24 de agosto de 2018

El terror es un síntoma

"Sobre el carácter sintomático del cine de horror existe ya hoy amplio consenso, cuando se comprueba que sus periodos de máximo desarrollo y originalidad (pues los estereotipos repetitivos han existido siempre) han correspondido a situaciones sociales traumáticas: el cine expresionista de la convulsa República de Weimar, en el marco de la inflación y de las luchas sociales que desembocarían en el nazismo (período 1919-1926), la Gran Depresión en los Estados Unidos (período 1931-1939), los monstruos apocalípticos despertados en el cine japonés por dos bombas atómicas (período posterior a 1945), la invasión de poseídos por el demonio y de esforzados exorcistas en el marco de la actual crisis capitalista, con su inflación galopante, su elevado desempleo y la catástrofe ecológica como fondo (desde 1974 hasta hoy). De un modo un tanto apresurado se podría concluir que los períodos de convulsión e inseguridad social han activado los temores más profundos y atávicos (pérdida de identidad, sumisión, mutilación, muerte) del ser humano y han encontrado su puntual reflejo en la pantalla".

Román Gubern y Joan Prats Carós. Las raíces del miedo. Antropología del cine de terror. Tusquets, 1979.

jueves, 5 de julio de 2018

El cine en Sonora



Texto leído en la presentación del micrositio del ISC dedicado al séptimo arte y la producción audiovisual de la entidad


Buenos días, gracias a las autoridades del ISC y a los organizadores de este evento por la invitación.
Las personas adultas que han asistido de forma regular al cine desde su niñez habrán podido atestiguar la evolución que ha sufrido este espectáculo, en salas cada vez más sofisticadas, en cuanto al aspecto técnico, pero desprovistas de la personalidad de los grandes recintos de cine del pasado. Cambia la forma de ver cine y de disfrutarlo, de la misma manera que evolucionan nuestros gustos e intereses.  
Mucho tiempo antes, las fantasmagorías, que ahora pueden parecer candorosas, eran el entretenimiento de un público afecto a lo que se consideraba sin duda un prodigio. “Fantasmagorías” es el nombre que recibían en el siglo XVIII las imágenes que, por medio de un artefacto óptico, la linterna mágica, eran proyectadas en muros para el esparcimiento de los espectadores. Se trataba de rudimentarios aunque muy efectivos espectáculos, toda vez que los asistentes se conmovían ante imágenes de esqueletos, demonios, brujas y otras construcciones monstruosas asociadas con lo gótico. Tales exhibiciones cayeron en desuso con la emergencia ya propiamente del cine, en 1895 (*).
Fotografía: Alejandra Almada
El cinematógrafo finalmente pudo sobrevivir la condición de simple atractivo de feria que le adjudicaron sus inventores, los hermanos Lumière, hasta que se convirtió en la actividad millonaria que todos conocemos. De hecho, como habitantes privilegiados del siglo XXI, hemos podido presenciar la crisis, tanto creativa como económica, del otrora incontestable séptimo arte. Desde hace décadas, primero con el ascenso de la televisión, luego con otras tecnologías, el cine ha sido blanco de los más amargos vaticinios a propósito de su agonía, por lo visto ya demasiado prolongada. Agonizaron y fueron derruidos los viejos cines de arquitectura espectacular, aunque al mismo tiempo proliferaron las salas más pequeñas, donde se exageran las virtudes del 3D, muchas veces improvisado. La forma de ver cine en esas salas no deja a su vez de transformarse, en la búsqueda de enriquecer la experiencia, porque resulta imposible frenar la piratería, lo cual implicaría ponerle puertas al campo.
Pero volvamos al pasado, a la forja de ese mito llamado cine. De la mano de directores visionarios como Georges Méliès (homenajeado por Martin Scorsese en Hugo), el truco de magia de los hermanos franceses se volvió referente cultural y constructor por excelencia de, como suele decirse, sueños muy elaborados: el viaje a la Luna, la conquista del polo… en suma, el viaje casi imposible. Así, el cine nace como una suerte de elaborado truco de magia.
Demos ahora un salto de poco más de un siglo hasta esta sala, donde nos hemos reunido para atestiguar ya no propiamente un truco de magia, sino la más reciente tecnología y puerta de acceso al cine que también tanto nos importa, el más nuestro, el cine sonorense, con el micrositio El cine en Sonora, del Instituto Sonorense de Cultura y la Coordinación de Proyectos Cinematográficos. Un portal dedicado, como su nombre lo indica, a difundir las obras cinematográficas de la región, mismas que han experimentado un crecimiento y una maduración notables, que podemos comprobar, por ejemplo, en el auge que ha cobrado la práctica del documental. Una presencia que no es casual sino que viene a ser el resultado natural de la intervención y de la constancia de Mónica Luna y de su equipo, desde hace décadas.
Así, hay que darle la bienvenida a este sitio, El cine en Sonora, una herramienta excelente para aprehender este cine con el cual tenemos una deuda pendiente. Es decir, un cine que hemos visto menos que el cine de Hollywood, espectacular y lleno de bellezas, superhéroes y otros prodigios. Sin embargo, aquí nos espera una belleza con la cual hemos sido negligentes y este sitio es el idóneo para empezar a sumergirnos en su historia, como veremos.
El cine en Sonora es un micrositio informativo, a través del cual, como es obvio, podemos conocer de manera oportuna las actividades relacionadas con el séptimo arte promovidas por el ISC, como la programación de la sala de cine Alejandro Parodi, de la Casa de la Cultura, por ejemplo. O bien las convocatorias para becas y todo tipo de apoyos para la creación de obra o bien la capacitación de los creadores. De igual forma, las noticias, por ejemplo la publicidad de este evento y muchos otros, que nos dan cuenta de la actividad que se lleva a cabo en esta institución. Todo ello muy oportuno, porque nos permite concentrar en un solo lugar todas las actividades del ISC, para no perdernos de nada o bien, lamentar que falta el tiempo para asistir a todo.
No obstante, voy a saltar directamente a la parte que me ha parecido más llamativa, como afecto al cine. Me refiero a la sección de cinematografía sonorense, porque ahí, fiel a la vocación patrimonial del sitio, puede encontrarse buena parte de los cortos que se han hecho en nuestro estado, en una oportunidad de ponerse al día con los documentales o las obras de ficción de factura sonorense. Y así, en esa sección podemos conocer la historia de Miguel, un joven con Síndrome de Down, y su lucha para encontrar un trabajo. O bien la lucha de Manita, una peluquera quien tiene que lidiar con una enfermedad. Todos los trabajos incluyen una ficha, para conocer el director, el año, el género y todos esos datos indispensables para irnos acostumbrarnos a pensar en el cine no solo como una labor de actores y directores, sino también de fotógrafos y editores.
En ese mismo sentido y como un estímulo para la investigación o la simple curiosidad, el sitio cuenta con un apartado para el catálogo cinematográfico, que se remonta a 1973, con el documental de Felipe Cazals sobre los seris, Los que viven donde sopla el viento suave. Un recorrido que llega hasta la actualidad. El visitante puede calificar las películas, por ejemplo, lo cual permite ir formando una evaluación, común en sitios como IMDb, por ejemplo, o Netflix, que sirve para orientarse un poco acerca de la calidad de las películas.
El cine en Sonora, por lo tanto, además de centralizar la promoción cultural en torno al cine y la cultura audiovisual de nuestro estado, es un archivo que busca estimular la difusión de documentales y obras de ficción, para que estos trabajos finalmente lleguen hasta su público. Al mismo tiempo, el sitio facilita la labor de los estudiosos del fenómeno cinematográfico, porque por medio de El cine en Sonora los historiadores, académicos, críticos interesados en investigar acerca de algún aspecto relacionado con la producción audiovisual de la entidad pueden disponer de una base de datos confiable y en constante actualización.
Sería interesante, por ejemplo, llevar a cabo un estudio de cómo han ido cambiando los intereses de los jóvenes cineastas, es decir, qué tipo de géneros les interesan ahora. En los 90, por ejemplo, todos querían hacer historias acerca de mafiosos, por la influencia del primer Tarantino. ¿Qué tipo de contenidos generan interés en nuestros días? De esa manera se puede vincular otra iniciativa del ISC, el Concurso del Libro Sonorense, para que se fomenta la escritura de ensayos sobre cine.
Entre las sugerencias para el sitio diría que falta mejorar la experiencia de lectura en teléfonos, por ejemplo, lo que me imagino es solo cuestión de tiempo. También es necesario atender a los orígenes de la exhibición en Sonora, por ejemplo. En ese sentido, el micrositio puede enlazarse con los fondos digitales de la Universidad deSonora, en los cuales hay varias tesis acerca del fenómeno cinematográfico en general y acerca de la historia de los cines locales en particular.
            El cine es una tecnología en la cual los directores se han regodeado para contar historias, para nuestra fortuna, narrativas que luego dan cuenta del pasado de un país o de una región. Hace unos años, digamos en los 80 del siglo pasado, el interés por las expresiones artísticas regionales era visto con desconfianza, porque se buscaba lo cosmopolita ante todo. Hoy, asistimos a un renovado interés en las artes regionales, en la indagación de sus orígenes y de su desarrollo. Por eso hay que darle la bienvenida a esfuerzos como el que hoy nos convoca y contribuir, entre todos, a su consolidación.

(*) Robertson, en 1799, mediante una linterna llamada el fantoscopio, exhibía a los espectadores «figuras terroríficas (“fantasmas”) de Cagliostro, Marat, Lavoisier o Robespierre) proyectadas sobre una pantalla solidaria», como dice Gustavo Bueno en La fe del ateo.

miércoles, 4 de julio de 2018


El legado del diablo (Hereditary, EUA, 2018), de Ari Aster. [Alerta: película destripada]. La trágica historia de una familia en la cual abundan las enfermedades mentales, pero que tal vez tengan un origen para nada relacionado con la medicina, sino más bien con el ocultismo. El debut de Ari Aster es una cinta de terror sobrenatural cuyo principal acierto es inscribirse en una tradición que los norteamericanos han cultivado con profusión: las historia de sectas, logias y otros grupos delirantes que se dedican con una fe admirable (en tiempos de la supuesta crisis de los grandes relatos) a cultivar algún culto demoniaco o pagano, en las antípodas del cristianismo. Me refiero a películas como El bebé de Rosemary (EUA, 1968), de Roman Polanski, La profecía (Reino Unido| EUA, 1976), de Richard Donner, El abogado del Diablo (EUA| Alemania), de Taylor Hackford y muchas otras, en las cuales un grupo de personas, por lo general adineradas, conspiran para aprovecharse de algún inocente e invocar el infierno en la Tierra. Una tradición que los norteamericanos asumen como natural, por su riquísima tradición gótica, tanto en el cine como en la literatura. Por eso, la característica más notable de esa película es esa, la forma en que, con orgullo, pasa a formar parte de las filas de un cine muy norteamericano. Por eso luego no resulta tan sencillo tratar de emular ese tipo de historias desde otras cinematografías, en las cuales el tema de la logia sería tal vez artificial. Si acaso, cabe especular cómo sería una película acerca, digamos, del Yunque panista y los delirios que se le atribuyen.
El otro gran acierto de El legado del diablo es su “coquetería” ya desde el inicio. La forma en que llena de guiños su historia, como una suerte de detalles al principio desconcertantes pero que luego el espectador puede reinterpretar. Por ejemplo, en el velorio de su madre, el personaje de Toni Colette, Annie, preside la ceremonia y dirige unas palabras a los asistentes: me da gusto ver a tanta gente extraña, dice. Pero no sabe, no se imagina (¿quién podría imaginar eso?), que en realidad se trata de los compañeros de su madre en el culto. Luego comenta que su madre tenía un carácter difícil: ¿cómo no iba a ser así si estaba poseída por un demonio? Pero todo eso Annie lo atribuye a la locura que ha asolado a su familia por generaciones, cuando en realidad se trata de la herencia macabra del título original. Hay, entonces, unas piezas que el espectador tiene que unir, como en la escena final, cuando cobra sentido el pasatiempo de la niña y sus curiosos “muñecos”.
La esencia de la película remite al ocultismo, ya lo hemos dicho, pero eso no impide que El legado del diablo se burle de otras prácticas, como las sesiones espiritistas, que aquí son mostradas como una trampa para hacer caer a los ingenuos, como es el caso de la bruja Joan (Ann Dowd), que atrae a la pobre Annie con el pretexto de contactar a un familiar muerto. Pero todo es un truco vulgar para seducir a la víctima y hacerla participar en otras ceremonias, sin que esta ni siquiera advierta que está siendo utilizada. Un poco como le ocurre al espectador, con todo y que este está avisado de que algo siniestro (e incorrecto) tiene lugar en la cinta.



domingo, 18 de febrero de 2018

Still/ Born


Still/Born (Canadá, 2017), de Brandon Christensen. Mary (Christie Burke) pierde a uno de sus gemelos durante el parto, lo cual le provoca un severo trauma con el cual tiene que lidiar, al mismo tiempo que trata de cuidar a su nuevo hijo, Adam, y adaptarse a la vida en una nueva casa. Pronto, la mujer sospecha que su bebé es acosado por una suerte de demonio ladrón de niños; no ayuda que su esposo, como es obvio, no le cree y tiene que ausentarse por varios días debido a cuestiones de trabajo. En la soledad de su hogar, cada vez más amenazante, Mary tiene que enfrentarse con un fenómeno que desafía su cordura. Película de horror que juega a convertir lo sobrenatural en una suerte de consecuencia del estrés posparto, como ocurre en cintas modélicas como El bebé de Rosemary. Still/ Born está impregnada de ambigüedad y misterio y hay en ella varios momentos de genuino terror, como en la escena de la bañera o en el plano del ducto de ventilación y lo que oculta. No tiene concesiones y sigue con crueldad la decadencia de su personaje central, quien no puede distinguir la lucidez de la locura. Lo que puede reprochársele es su toma de partido en la escena final, cuando trata de reivindicar lo que antes había cuestionado: la salud mental de una heroína quien, en sus mejores momentos, tendía a confundirse con la villana.