Wendy and Lucy (EUA, 2008) de Kelly Reichardt nos dice lo que va a ocurrir desde las primeras escenas. La película empieza con los planos de las vías del tren, imágenes que remiten al viaje, la mudanza. Es un estilo documental, acaso roto por la presencia de una estrella, Michelle Williams (por lo demás, excelente), quien interpreta al personaje protagónico, Wendy.
En un paisaje idílico, vemos a Wendy jugar con su perra, Lucy (también Lucy, la mascota de la directora). Wendy lanza un palo y la perra lo recoge y se lo lleva. La operación se repite hasta que la perra no vuelve. ¿Dónde está? No contesta al llamado de su dueña. Corte. A continuación, sabemos que ha pasado el tiempo, porque es de noche cuando vemos de nuevo a Wendy, quien se acerca a una fogata donde un grupo de nómadas, como ella, pasan el rato. Una chica acaricia a Lucy.
Más tarde, Wendy pierde a su compañera Lucy porque a esta se la lleva la perrera. A lo largo de la película, Wendy la buscará por una ciudad varias veces hostil. Pero esa pérdida, a la sazón definitiva, ya está anunciada desde el principio. Es como si Reichardt contara a la contra de la cultura del espóiler y nos adelantara de hecho el desenlace de la historia. Es decir, justo en contra de la tendencia actual, que tiene en el suspenso uno de sus valores más queridos.
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