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domingo, 3 de marzo de 2013

Empatía de locura

Lo mejor de Los juegos del destino (Silver Linings Playbook, EUA, 2012), de David O. Russell, es la forma en que logra que los severos problemas psicológicos de sus personajes no saboteen cualquier intento de empatía con el espectador, lo cual habría vuelto a la película inaprensible. Sin embargo, las más de dos horas de duración de la cinta no son obstáculo para que se establezca ese vínculo entre esta comedia romántica y su público.
En Tan fuerte y tan cerca (Extremely Loud and Incredibly Close, 2011), Stephen Daldry presentaba las aventuras de un niño de gran inteligencia, pero también con un síndrome que lo convertía en una persona con severos problemas para relacionarse. Algo que, lejos de propiciar el interés de cierta parte del público, tenía el efecto contrario: el rechazo, a veces muy categórico, como en el caso del crítico español de El País Javier Ocaña, quien en su momento describió al personaje como “insoportable” y “casi abofeteable” (ver nuestra crítica en este espacio, “Misterio regular en Nueva York”, edición del 23 de marzo de 2012).
Los juegos del destino también corre ese peligro, como lo prueba el severo juicio del también español Carlos Boyero, quien aseguró en su crítica: “Me atrae lo que veo y escucho pero también me crispa” (“Excentricidad controlada, zumbados de diseño”, El País, 25 de enero de 2013). Sin embargo, a nosotros nos parece que Los juegos del destino logra superar las taras que le reprocha Boyero.
No es la primera vez que este cineasta, David O. Russell, se acerca a un personaje enfermo en el seno de una familia disfuncional. En El peleador (The Fighter, 2010) nos contó con fortuna la historia de un hombre que buscaba triunfar en el difícil mundo del pugilismo, al mismo tiempo que tenía que lidiar con el amor pernicioso de sus seres queridos. Y entre ellos, un conflictivo hermano, un boxeador venido a menos por sus adicciones.
Los juegos del destino cuenta la historia de Pat (Bradley Cooper), un profesor retirado que atraviesa una severa crisis, por lo cual tiene que ser internado en un psiquiátrico. Cuando vuelve a la casa de sus padres tiene que buscar la forma de reintegrarse en la sociedad y, según él, recuperar a su esposa. Al mismo tiempo, mantiene una extraña amistad con otra mujer del lugar, Tiffany (Jennifer Lawrence), una relación que rápidamente se convierte en un singular proceso de enamoramiento.
Si la semana pasada comentábamos aquí la dureza de Amour, que muestra la desolación ante la salud quebrantada de la pareja, en franco contraste con las convenciones de la comedia romántica más idílica, en Los juegos del destino asistimos al amor solidario como alternativa frente al buen juicio quebrantado.
Se ha elogiado la actuación de Cooper y sobre todo la de la joven Lawrence (ganadora del Oscar a mejor actriz, como se sabe), aunque tampoco hay que olvidar a Robert De Niro, quien hace aquí un papel muy digno, algo que no ocurre con la frecuencia que se quisiera, sobre todo en un actor de su importancia. Su interpretación de un adicto al juego guiado por supersticiones permite además comprender mejor al personaje de Cooper, porque ciertamente no es de extrañar la enfermedad del hijo con un padre como ese.
Desempeños individuales aparte, la interacción entre los personajes logra construir escenas muy logradas como aquella donde, ante las absurdas creencias del padre, la muchacha no apela a la razón, sino a supersticiones todavía más elaboradas.
A la cinta le han reprochado (Boyero, por ejemplo) su conclusión (y aquí el lector que no haya visto Los juegos del destino bien puede dejar de leer). Pero los finales felices no son a priori deleznables y en este caso está muy claro que la solidaridad entre los protagónicos, que se lleva hasta el límite con la idea del concurso de baile, necesariamente tiene que tener un efecto positivo entre tanta disfrutable locura.
Otra cosa es la forma en que se apresura demasiado la reconciliación final para dar lugar al romance, pero eso apenas es un defecto en una película que para ese momento ya ha superado las pruebas de rigor.


lunes, 1 de octubre de 2012

Ciencia ficción melodrama

Las reservas que se han expresado a propósito de Los juegos del hambre (The Hunger Games, EUA, 2012), de Gary Ross, tienen que ver en principio con lo que se interpreta como una incoherencia de su historia. Estamos ante una película de ciencia ficción que denuncia la brutalidad de un gobierno degenerado que obliga a sus jóvenes a pelear en una batalla campal hasta la muerte, todo ello incorporado en un programa de telerrelidad (un reality show) llamado precisamente Los juegos del hambre.
Participan en el programa los infortunados elegidos de un sorteo, niños y adolescentes obligados a luchar por su vida en un juego que, aunque se señala como sangriento, al final es mostrado ante el espectador en su versión más aséptica. Casi no hay sangre y las escenas violentas no son explícitas, lo que ha sido interpretado como una concesión a las exigencias de la censura. Escenas de acción más gráficas habrían alejado de las salas a los jóvenes que han hecho de la novela de Suzanne Collins, que inspira la película, un éxito de librería. Así lo explica el crítico mexicano Leonardo García Tsao (ver “El futuro es una vieja historia”, La Jornada, 30 de marzo de 2012).
Otros críticos de la cinta prefieren basarse en la superficialidad de su planteamiento, en la intrascendencia de las situaciones y, en suma, la poca densidad de las ideas. Los juegos del hambre, en su versión cinematográfica, no tiene la profundidad que sus premisas exigirían. Lo dice el español Jordi Costa (“Famélica ficción”, El País, 19 de abril de 2012).
La novela de Collins, publicada apenas en 2008, es la primera parte de una trilogía centrada en un personaje, la heroína de 16 años Katniss Everdeen. Y aquí queremos resaltar lo que consideramos el primer acierto de la película: la asignación de ese rol a la actriz Jennifer Lawrence.
En Invierno profundo (Winter’s Bone, 2010), de la realizadora Debra Granik, Lawrence encarna la voluntad y la indefensión de Ree, una joven que tiene que responsabilizarse de la crianza de sus hermanos. Todo ello mientras se las arregla para sobrevivir en un pueblo donde la violencia es ejercida por un grupo muy cohesionado de hombres y mujeres. En esta película, la ley es sustituida por un estricto código de conducta y unas jerarquías que nadie cuestiona; precisamente lo que tiene que hacer la rebelde protagonista.
Los juegos del hambre es una suerte de esfuerzo alrededor de que Lawrence repita la operación de Invierno profundo.  Pero Lawrence no hace milagros. La bondad de Katniss es equiparable a la de Ree, aunque Katniss tiene una ventaja: es muy buena con el arco, su arma predilecta. Sin embargo, Katniss se enfrenta con una sociedad todavía más irracional que la de Ree, porque en los juegos del hambre no hay rigor (“las reglas cambian”, dicen en Big Brother)  y las supuestas normas se desechan sin previo aviso, a placer de los organizadores.
En ese sentido, Los juegos del hambre recuerda las cortes delirantes de Batman: El Caballero de la Noche Asciende. O bien, a los seres caprichosos de Alicia en el País de las Maravillas, empeñados en jugar un juego basado más en los estados de ánimo que en unas normas fijas.
Se han mencionado las fuentes de la película (los gladiadores, por ejemplo) y en ese recuento nos interesa la referencia a Rollerball. ¿Un futuro próximo? (1975) de Norman Jewison, que también trata acerca de un juego sangriento como opio del pueblo.
Por nuestra parte, lo que tenemos que reprocharle a la película es que subordine las escenas de acción al sentimentalismo. Y aquí quien no haya visto la película puede dejar de leer. ¿Por qué invertir tanto tiempo en la muerte de la niña? Sobre todo cuando otro de los personajes, el sanguinario villano Cato (Alexander Ludwig), al final resulta mucho más interesante. De hecho la mejor escena de la cinta tiene lugar cuando él confiesa su frustración como participante en una competición perdida de antemano.
Hollywood refrenda su capacidad para insistir en un melodrama que como ciencia ficción es desigual. Lo más llamativo es que Gary Ross ya había demostrado su solvencia en historias de ese tipo, que buscan conmover, como Seabiscuit, más allá de la leyenda.

Posdata:  como puede verse nuestro comentario se dedica exclusivamente a la película. Para una discusión de las virtudes y los defectos de la novela que le sirve de origen recomendamos revisar lo que ha dicho la crítica.