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sábado, 4 de febrero de 2012

Romántica persecución


La BMW produjo entre 2001 y 2002 The Hire, un conjunto de ocho cortometrajes que fueron distribuidos gratuitamente en Internet, dirigidos por famosos nombres de la industria como Ang Lee, Tony Scott, John Woo y protagonizados por Clive Owen, quien interpretaba a un misterioso chofer sin nombre, siempre a bordo de un vehículo de aquella compañía.
El Conductor estaba encargado de llevar hasta su destino a los personajes más variopintos,  desde una estrella pop hasta un líder religioso. Los viajes, como era de esperarse, estaban llenos de peligro y escenas de acción, planeadas especialmente para el lucimiento de la marca. 
De inmediato esos cortos inspiraron un largometraje construido con la misma fórmula: Transporter consagró a Jason Statham como un héroe capaz de rebelarse contra su supuesto individualismo para sacar la cara por las víctimas del crimen organizado, es decir, tan convencional como exitoso (lleva dos secuelas).
La base de Drive (EUA, 2011), la película que ahora nos ocupa, no es muy distinta, aunque la clave está en el tratamiento. Ryan Gosling interpreta a un personaje cuyo nombre no conocemos, llamado “Conductor” en los créditos finales, quien alquila sus servicios como chofer de ladrones. Así, el espectador atestigua el compromiso del chofer con su tarea, así como su posterior enamoramiento de una joven mesera, Irene (Carey Mulligan), en nombre de la cual parece capaz de todo.
Se ha dicho que la cinta es “un thriller hollywoodense de estilo ochentero” (Leonardo García Tsao, La Jornada, 23/mayo/2011). Sin embargo, por la perseverancia de su personaje protagónico, también recuerda a otro conductor, el Kowalski de Vanishing Point (Punto límite: cero, 1971), aquella película de Richard C. Sarafian cuyo guión, escrito por Guillermo Cabrera Infante, se encargaba de mostrar las secretas motivaciones de un veterano de Vietnam y ex piloto de carreras para desafiar a la policía durante una persecución fatal.  
En Drive, sin embargo, el guionista Hossein Amini, quien en el pasado trabajó con un material tan distinto como el drama de época Las alas de la paloma (en base a una novela nada menos que de Henry James), evita cualquier referencia al pasado del personaje, enigmático y salvador, al grado de que parece una puesta al día del príncipe azul de los viejos cuentos de hadas, ahora enfrentado a los criminales de Los Ángeles. El personaje apenas habla, solo conduce.
Drive es una de las películas más románticas de 2011. Así lo confirma, por ejemplo, la acertada elección de las canciones de su banda sonora. Primero, “Nightcall”, del músico francés Kavinsky, en la cual se escucha la voz de la cantante brasileña Lovefoxxx: “Hay algo dentro de ti/ Es difícil de explicar/ Todos hablan de ti, muchacho/ Pero tú sigues igual”. Un verdadero enigma de amor juvenil. O bien, el tema “A RealHero”, de la banda College y Electric Youth: “Un ser humano de verdad y un héroe real”, nos dicen. De esa forma se revela cuáles son los sentimientos de Irene y lo que el conductor significa para ella.
Las escenas de acción, muy impactantes, parecen más bien el medio para demostrarnos que, como se ha dicho, el personaje de Gosling desborda los límites porque tiene un objetivo muy claro que no descarta el sacrificio.
El culmen llega con la escena del bar, con el camerino de las bailarinas semidesnudas y el personaje frente a su rival. Hay un martillo, como en la cinta coreana Oldboy y otro objeto también muy significativo.
Gosling vuelve a salir exitoso con otra de sus caracterizaciones, primero con frialdad aunque luego hay detalles que nosdemuestran que no es una simple caricatura, como su mirada y un ligero temblor en los momentos más peligrosos. Al resto del elenco también hay que considerarlo, desde la dama joven en peligro hasta los villanos, Ron Perlman y sobre todo Albert Brooks
Marginada en las nominaciones a los premios Oscar, Drive fue ganadora en Cannes del premio al mejordirector para el danés Nicolas Winding Refn.


viernes, 28 de octubre de 2011

'El árbol de la vida'


Precedida por el gran premio del Festival de Cannes, la Palma de Oro como mejor película y por el beneplácito de la crítica norteamericana, El árbol de la vida (The Tree of Life, EUA, 2011) es una película nada menos que de Terrence Malick, director con 40 años de carrera y “sólo” cinco películas, desde que debutó en 1973.  Desde entonces se ha dedicado a construir una de las trayectorias más reconocidas del medio.
El espectador mexicano tal vez lo recuerde por La delgada línea roja (1998), película acerca de la batalla del Guadalcanal, durante la II Guerra. Una cinta de más de dos horas y media que lo retrata como cineasta: en ella se distingue su fijación por la naturaleza, que es vista como un espectáculosublime en el cual irrumpe el hombre pecador; o bien, esos arrebatos místicos acerca del “sentido de la vida”, así como constantes dudas acerca del plan divino, al cual finalmente los personajes se rinden, como en apariencia no puede ser de otra forma.
No es muy distinto lo que ocurre en esta su más reciente película, porque el alegato pacifista acerca de la inutilidad de la guerra de La delgada línea roja se repite en El árbol de la vida bajo la forma del fracaso del autoritarismo paterno, que sólo consigue exacerbar la agresividad del hijo y termina por convertirlo en un rebelde torturador de animales, nos cuentan. Mientras, la madre es mostrada casi como una virgen bondadosa que prodiga amor sin límites y en una escena flota por los aires, en lo que parece ser el ensueño de uno de los personajes.
La delgada línea roja y El nuevo mundo (su relato de la fundación de Jamestown, durante la colonización inglesa en América) conseguían retratar el drama del rotundo fracaso de un amor: en la primera, con la desafortunada historia de un soldado que es abandonado por su novia, quien lo deja por otro mientras él está nada menos que en el frente; en la segunda, en las figuras históricas de John Smith y Pocahontas.
Ahora Malick retrata, desde la perspectiva de los hijos, la distancia entre estos y el padre, a veces amoroso y otras tantas ocasiones de carácter fuerte y exigente, a veces brutal. Sin embargo la conclusión es harto distinta: ahora los personajes se enfrentan pero al final son redimidos por el amor que predica la madre y, en una escena que asombra por su vulgaridad, se reúnen en un más allá armónico que tiene el aspecto de una playa y otras veces de un desierto.
Lo mejor de la película está en el relato, muy brillante, del desarrollo de los hijos, desde que son apenas unos bebés. Malick hace que los personajes interactúen con el agua, el viento, en una especie de fiesta con la naturaleza, que destaca más cuando se le usa no como Madre suprema sino como campo de juegos. La música clásica y la ópera, que en apariencia solo están ahí para hacer aun más solemne el relato, en realidad responden a los gustos del padre, como luego se revela.
En los últimos años el documental de tintes ecologistas ha retratado con grandes alardes técnicos la complejidad de la flora y la fauna del orbe, así como las imponentes montañas y mares. Por eso el ejercicio de Malick tal vez llegue un poco tarde y solo pueda ser redimido por sus mayores osadías.
El riesgo es mayúsculo y la ambición no siempre se refleja en aciertos. La peor parte le corresponde al actor Sean Penn, que interpreta a uno de los niños en la edad adulta. El actor camina por la ciudad con la mirada perdida, hastiado al parecer por su vacío existencial o por la muerte de uno de los personajes, no se sabe con certeza. Lo cierto es que luego lo vemos caminar sin rumbo aparente por desolados parajes, hasta una conclusión tan predecible como ingenua.
Sus ideas son más efectivas cuando el riesgo parece mayor, decíamos: la aparición de un dinosaurio en una playa desierta, por ejemplo. Luego, otro más en un bosque. Imágenes como esas en el contexto de un drama familiar lejos de ser inapropiadas le dan otro sentido al conjunto. Malick pretende poner en escena ese “algo” trascendental tan propio de su cine, en una película que propone un viaje desde la creación hasta un apacible apocalipsis.