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lunes, 3 de diciembre de 2012

Retiro amargo del roquero culposo

El director italiano Paolo Sorrentino presenta Un lugar donde quedarse (This Must Be the Place, Italia| Francia| Irlanda, 2011), un largometraje que de entrada se antoja difícil de emparentar con una de sus películas anteriores, la muy célebre Il divo (2008), su acercamiento por vías de la ficción cinematográfica a la vida de un personaje de carne y hueso, el controversial político Giulio Andreotti. 
En Il divo, Sorrentino presentaba las implicaciones trágicas de la política en un período especialmente convulso de su país, con la corrupción de los dirigentes y sus componendas nada menos que con la mafia. Todo lo anterior con una figura central, Andreotti (interpretado por Toni Servillo), capaz de articular a todos los integrantes de la escena política italiana.  
A través de la construcción de un personaje extremadamente complejo, Sorrentino daba cuenta también de un escenario de la misma escala, en un alegato acerca de los límites de la ética que además se volvía mucho más denso gracias a la confesión religiosa del protagonista, un ferviente católico.
Ahora, Sorrentino se aleja de un tema tan apremiante como el de su película anterior, para presentar a un personaje también muy complicado, Cheyenne (Sean Penn), un patético músico de rock retirado en trance de lidiar con su pasado como estrella, al mismo tiempo que pretende hacer las paces con su padre.
La película sería una extravagancia de no ser porque nos pone de frente con un problema real: la mitología del rock cuando se convierte en anacronismo, así como la forma que tienen sus estrellas de enfrentarse con la vejez y con la decadencia, en una sociedad siempre lista para encumbrar estrellas más jóvenes y frívolas.
En ese sentido es capital la caracterización de Sean Penn como una especie de híbrido entre la estética de Robert Smith, el líder de The Cure y sus fachas góticas, y el cantante de metal Ozzy Osburne. El resultado, Cheyenne, es un personaje que evoca los programas de telerrealidad, en el cual la vida cotidiana es un espacio para el tedio que significa alejarse de los escenarios.
Penn recupera otras interpretaciones de su trayectoria, como el adulto con mentalidad infantil de Yo soy Sam. O bien, uno de sus papeles acaso menos recordados, el padre de familia de El asesinato de Richard Nixon.
Sin embargo, mientras que el planteamiento del personaje es cristalino, en tanto que oportunidad para reflexionar acerca de las consecuencias de la fama, la película al mismo tiempo está construida alrededor de un conjunto de misterios, como la naturaleza de la relación de Cheyenne con otros de los personajes. Ahí donde Il divo mostraba todo lo que el ciudadano no puede (o no quiere) ver, como las cloacas del partidismo, por ejemplo, Un lugar donde quedarse evoca misterios que ni siquiera se resuelven del todo.
Acaso puede reprochársele a la cinta su referencia al holocausto, en tanto que este funciona como antecedente multiusos para múltiples dramas, a veces de forma bastante improvisada. La trascendencia de la película ya estaba dada por otros momentos, como en las visitas de Cheyenne a un cementerio, como una muestra de respeto a sus seguidores.
La crítica más dura, sin embargo, está en la escena final de la película, que no revelaremos. Baste decir que plantea la necesidad de mantenerse fiel al mito del rock, con frecuencia incompatible con la posibilidad de integrarse bajo otras perspectivas en la sociedad.
Con un armazón que participa tanto del drama como de la comedia, Un lugar donde quedarse no elude los asuntos más espinosos del rock, como las drogas y la promiscuidad. O la falta de compromiso político. O, peor aún, para un músico: el agotamiento de las ideas aunque el dolor nunca se acabe.

sábado, 17 de diciembre de 2011

Pearl Jam vive


El relato del ascenso meteórico así como su posterior conflicto con la industria, para terminar convertido en un grupo de rock sobreviviente, a veces atrapado en la nostalgia noventera, lejano a la innovación aunque con un sonido personal y una dignidad difícil de alcanzar por otros grupos de aquellos años (véase el patético caso de Guns N’ Roses) es el tema de Pearl Jam Twenty (EUA, 2011), documental de Cameron Crowe acerca del conocido grupo norteamericano de rock alternativo.
Así, el espectador asiste a la gestación del sonido de la banda a partir de las cenizas de otro grupo, Mother Love Bone, cuyo cantante, un extrovertido Andrew Wood, enamorado de la idea del estrellato, fallece trágicamente cuando el grupo estaba en franco desarrollo. Crowe acierta al plantear una de las principales ironías del grupo: el contraste entre la personalidad de Wood y la del nuevo cantante, Eddie Vedder, quien aborrece la frivolidad de la industria.
A continuación, Pearl Jam se volverá uno de los emblemas del llamado grunge, el sonido de la ciudad de Seattle, Washington, cuyos exponentes marcaron la década de los noventas: Soundgarden, Alice in Chains, Screaming Trees y, sobre todo, Nirvana.
Como tantos otros grupos, la banda tiene un sino trágico, como hemos explicado, sólo que la película además nos muestra la vida cotidiana de sus integrantes, su pasión y su sentido del humor, así como su compromiso político (a veces con causas aberrantes, hay que decirlo, como en elcaso del delirio tibetano). Cuando la banda da un concierto en la NASA y es abucheada por criticar al presidente George W. Bush queda patente la complejidad de la sociedad estadounidense de la cual Pearl Jam forma parte.
El director de Pearl Jam Twenty, el norteamericano Cameron Crowe, siempre ha estado relacionado con el rock, desde sus inicios como periodista o bien con sus películas Solteros y la autobiográfica Casi famosos. Crowe ganó fama con una comedia romántica muy sobrevalorada, Jerry Maguire (1996), protagonizada por Tom Cruise, quien también actuaría en otro de sus proyectos, Vanilla Sky, reelaboración hollywoodense de la cinta española de ciencia ficción Abre los ojos.
Después de su debut Un gran amor (Say Anything…), en 1989, comedia romántica acerca del amor entre dos jóvenes, acaso Crowe se extravió en la penosa tarea de complacer el ego de Tom Cruise, aunque su retrato de la vida de las groupies setenteras en Casi famosos recupera la habilidad que había mostrado para retratar la locura y la solidaridad de los círculos de amigos unidos por la música. 
A pesar de tener una trayectoria bastante amplia, la gran reivindicación de Crowe como director llega con el estreno de Pearl Jam Twenty. Si en Casi famosos nos muestra la intimidad de una banda apócrifa, Stillwater, ahora toca hacer lo mismo pero con una verdadera agrupación, capaz de salvarse de sí misma para contar su historia desde la sobriedad y también a veces el desencanto ocasional de la aventura.
Con honestidad, el grupo describe el impacto que supuso la llegada de Eddie Vedder al grupo: Stone Gossard, guitarrista y compositor, hasta entonces cabecilla de la banda, confiesa cómo Vedder asumió el liderazgo gracias a su talento. Sin embargo, al mismo tiempo hubo que aprender a vivir con la repugnancia de Vedder hacia la fama, lo cual les ocasionó no pocos problemas de organización.
Lo anterior se complementa con el pleito que el grupo sostuvo con la empresa organizadora de conciertos Ticketmaster, a la cual acusaron de prácticas monopólicas (finalmente tuvieron que ceder ante ella). O la renuencia a grabar videos musicales. Por eso no es de extrañar que el grupo, a pesar de mantener numerosos fans incondicionales por todo el orbe, haya dejado de tener la fama o la influencia de otros años: simplemente se negaron, por las razones que sea, a seguir al pie de la letra el juego de la industria y ahora asumen las consecuencias.
A algunos les parecerá auténtica la renuencia de Vedder a lidiar con los reflectores (a nosotros nos parece una pose a veces muy penosa). Lo cierto es que el documental no hace apología de eso, sólo se limita a mostrar a la banda con sus genialidades y sus no pocas contradicciones. “I’mstill alive”, como dice la canción central de la cinta. De lo mejor del año.