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lunes, 7 de mayo de 2012

Infierno blanco

Las expectativas que despierta Infierno blanco (The Grey, EUA, 2011), de Joe Carnahan, después de ver las primeras escenas promocionales son muy altas, sobre todo entre los seguidores del cine de aventuras. Sin embargo, su mayor problema es que luego no cumple lo prometido y las escenas de acción más bien son escasas y previsibles.
Este tipo de películas de sobrevivencia (o “survival”, como dicen los norteamericanos), enfrenta a un grupo de personajes a una situación límite, en la cual tienen que organizarse para salir ilesos.
En este sentido recordamos filmes como Al filo del peligro (The Edge, 1997), con Anthony Hopkins, en la cual los sobrevivientes de un accidente aéreo en pleno bosque, lejos de la civilización, tienen que escapar de un gigantesco oso kodiak ansioso por devorarlos. 
Cámbiese el oso por una manada de lobos hambrientos y se obtendrá Infierno blanco, ambientada en Alaska, donde las tormentas de nieve y el frío hacen todavía más dura la travesía. Ahí, durante un vuelo por el despoblado, los trabajadores de una plataforma petrolífera tienen un accidente que los deja a merced de la naturaleza, sitiados por los lobos.
Al frente de los desgraciados hombres está John Ottway (Liam Neeson), quien interpreta a un vigilante que, por sus conocimientos de los lobos, es el único que puede salvar al grupo de los peligrosos animales… o del egoísmo. Este tipo de películas siempre se modela a partir de la convivencia forzada de caracteres muy distintos, quienes tienen que ayudarse por interés para luego descubrir (a veces demasiado tarde) que bien puede unirlos la camaradería.
De ahí que en muchos sentidos Infierno blanco sea una película rutinaria aunque atractiva, al menos si partimos de sus premisas, como hemos dicho. Sin embargo, director y guionista han preferido darle un tratamiento más sentimental que aventurero, en el sentido de que detrás del dolor de los personajes están sus familias, como queda claro en la escena de las billeteras y las fotos.
Sin embargo, es poco lo que conocemos a los personajes así que resulta difícil que estos logren alguna empatía con ciertos espectadores, afectos a identificarse con la desgracia de las criaturas de la ficción, por ejemplo. La excepción es el protagónico y otro personaje, el hispano Diaz (Frank Grillo).
Ottway, el protagonista, es una figura trágica que encarna el ansia por el hogar irrecuperable. Esa pérdida cobra toda su trascendencia en medio del peligro más atroz, parecen decirnos. Es decir, cuando estás rodeado de lobos hambrientos conoces una cierta forma de añoranza por haber perdido a tu familia. Lo anterior queda mucho más claro cuando uno de los personajes agoniza y se le habla de sus seres queridos para darle consuelo.
Neeson se ha dedicado en los últimos años a protagonizar varias películas de acción, como Desconocido (Unknown), como una especie de héroe maduro que sin embargo en esta ocasión tiene pocas oportunidades de poner a prueba su ingenio.
Mucho más interesante resulta la película si se le analiza bajo la órbita del filósofo español Gustavo Bueno, para quien en las bestias del paleolítico, representadas en las pinturas rupestres de los santuarios, estaría el origen de la religión, como puede leerse en su libro El animal divino.
Si se analiza esta película de esa forma, y otras tantas como Tiburón (1975), de Steven Spielberg, El oso (1988), de Jean-Jacques Annaud o The Hunter (“El cazador”, Australia, 2011), de Daniel Nettheim, que ya hemos comentado en estas páginas, nos encontramos ante animales temidos y venerados, un eco de aquella vieja religión primaria.
Así, de la misma forma que el hombre primitivo se enfrentaba con el tigre dientes de sable y el mamut, ahora Ottway y sus compañeros, a la manera de una banda prehistórica, tienen que arreglárselas para sobrevivir, por medio de lanzas rudimentarias, fuego y gritos tribales.
Como quiera que sea, nos parece que el material se desaprovecha en tanto que película de sobrevivencia no logra su cometido, el uso racional de la acción en escenas de peligro necesariamente climáticas. (Atención a una misteriosa escena al final de los créditos.)

viernes, 7 de octubre de 2011

Suplantado en una ciudad sin historia


El director español Jaume Collet-Serra está al frente de la cinta Desconocido (Unknown, Reino Unido| Alemania| Francia| Canadá| Japón| EUA, 2011), incursión en el cine de acción después de la película de terror La huérfana, que ya hemos comentado en estas mismas páginas (ver edición del 20/mayo/2011).
Ahora nos cuenta la historia de un científico, Martin Harris (Liam Neeson), quien llega hasta Berlín acompañado de su esposa Liz (January Jones), para participar en un congreso de biotecnología. Harris sufre un accidente automovilístico y sus facultades quedan afectadas, pero todavía falta lo peor: cuando trata de reunirse con su mujer no solo resulta que esta no lo reconoce, sino que además otro hombre (Aidan Quinn) se presenta como el “verdadero” Martin Harris. Cuando trata de delatar al usurpador, como es obvio, todos lo toman por loco. Comienza así una aventura para tratar de recuperar su identidad.
Igual que pasaba en La huérfana, el punto débil de Collet-Serra es la verosimilitud. Primero, una cadena de accidentes (demasiadas casualidades), que provocan que el personaje olvide su portafolio (donde lleva su identificación) en el aeropuerto. Por eso no puede probarle a nadie que él en realidad es el doctor Martin Harris.
Luego, pareciera que la justicia en Berlín depende del departamento de seguridad de un hotel, porque fuera de ahí los criminales campean a sus anchas, durante persecuciones y balaceras por las calles de Berlín a las que nadie pone freno a tiempo.
El personaje de Neeson tiene la suerte de ser auxiliado por la taxista bosnia Gina (Diane Kruger), quien lo ayuda a escapar de sus perseguidores, entre ellos un matón croata. Además, Harris contacta a un ex agente de la Stasi (el servicio secreto de la República Democrática Alemana), como si fuera tan fácil, Ernst Jürgen, interpretado nada menos que por Bruno Ganz, a quien el lector seguramente recordará por su interpretación de Hitler en La caída (o sus parodias, fácilmente localizables en YouTube).  Es decir, en el Berlín de la Unión Europea uno está expuesto a las experiencias más variopintas, si nos atenemos a la película.
Sin embargo, todo lo anterior no va en demérito de uno de los aciertos de la película: sus escenas de acción, así como su intriga alrededor de la identidad del personaje: ¿quién es Martin Harris? ¿Por qué alguien querría suplantarlo?
Y es precisamente Bruno Ganz quien enfatiza la importancia de la historia: “los alemanes somos expertos en olvidar”, dice, “olvidamos que fuimos nazis, ahora hemos olvidado por completo casi 40 años de comunismo”. Ahí está lo mejor del filme: la idea de que un viejo agente de la Stasi se muestre orgulloso de su pasado, en un mundo donde el bloque socialista se ha vuelto sinónimo de opresión, como puede verse en otra película, La vida de los otros. Curiosamente, el protagonista de esta, Sebastian Koch, también tiene un papel en Desconocido. Menuda incorrección política: proponer a uno de la Stasi como un héroe.
Cuando finalmente el misterio desaparece y el espectador se entera de qué se trata todo este asunto de la identidad del científico, el principal sorprendido es el mismo Martin Harris, en la línea de películas como Corazón satánico (Angel Heart) y su revelación final.
La crítica ha mencionado el antecedente de la saga de Jason Bourne, de quien ya hemos hablado en múltiples ocasiones. En efecto, el personaje del asesino que es perseguido por la agencia gubernamental que lo entrenó se nos muestra una vez más como uno de los más influyentes de los últimos años.
Bourne tenía que cargar con el peso de haber asesinado a varias personas, lo cual también atribula a uno de los personajes en Desconocido. ¿Basta la amnesia para dejar de lado los crímenes que se cometieron en el pasado? Según la película sí y eso nos lo deja muy claro: la redención es posible por medio del heroísmo, que nos exoneraría de tener que responder por nuestros actos, por más horrendos que hayan sido. Algo digno de discutirse, sin duda.