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martes, 21 de agosto de 2012

Comedia negra y prejuicios

En su ensayo “La frontera de los ilegales” (1995), el escritor mexicano Juan Villoro explica cómo de niño fue el entusiasta espectador de películas norteamericanas en las cuales el criminal, elevado a la categoría de héroe, escapaba hacia México para empezar de nuevo. En efecto, así ocurre en buena parte del western, en el cual nuestro país es una suerte de tierra sin ley con paisajes hermosos y sitio para los pillos de otras tierras. Escenas semejantes pueden verse en Grupo salvaje (1969)  o en películas de aventuras como El tesoro de la Sierra Madre (1948), de John Huston.  
Villoro, nacido en la década de los cincuentas, no atestigua una práctica pasajera, como lo prueba Atrapen al gringo (Get the Gringo, EUA, 2012), de Adrian Grunberg, que insiste en ese México bárbaro alimentado no solo por el mito de un país salvaje, sino también por la innegable verdad de una sociedad corrupta y sitiada por el horror del crimen organizado. 
Con semejante material, el director, que en el pasado ha participado en películas de temática semejante (fue asistente de director en Traffic, de Steven Soderbergh), ha escrito un guión que combina la farsa, la comedia negra y el drama, en coautoría con Mel Gibson, quien además asume el papel protagónico. La mezcla, que recuerda El infierno (2010), la película del mexicano Luis Estrada a propósito del ascenso del narco, es efectiva sobre todo cuando se abandona al humor negro: el retrato de un antihéroe, el gringo del título (interpretado por Gibson), quien al huir de la policía termina en Tijuana, donde es abandonado en una cárcel tan peligrosa como apropiada para el pillaje, algo en lo cual el Gringo, como se le conoce entre los presos, es un experto.
Olvide el lector el retrato realista de la cárcel, con todo su horror y su violencia brutal, como puede verse en cintas como la francesa Un profeta (2009), de Jacques Audiard, o bien, para no salir del ámbito mexicano, El apando (1976), de Felipe Cazals. Tampoco estamos ante la glorificación del preso ante un sistema judicial pretendidamente insalvable cuya mejor oportunidad es homologarse con el norteamericano, como Presunto culpable (2008), de Roberto Hernández y Geoffrey Smith.
Atrapen al gringo es mucho más cercana a Una pareja dispareja (I Love You Phillip Morris), en la cual Jim Carrey interpretó a un criminal experto en las fugas carcelarias, si bien la película de Gibson es mucho más violenta y echa mano del infaltable folclor de un país que convive cotidianamente con el delito. Y con los prejuicios de los extranjeros, habría que agregar.  
Cuando apuesta por la comedia, Atrapen al gringo alcanza sus buenos momentos, en parte gracias a la cínica interpretación de Gibson, lejos de la gravedad de sus papeles más recientes, como en Mi otro yo (El castor). No por nada el título alternativo de la película es “Como pasé mis vacaciones de verano”.
La elección del elenco ha tenido la fortuna de optar por actores mexicanos para interpretar el papel de los villanos a los cuales el Gringo tiene que enfrentarse para sobrevivir en el interior de la prisión. Entre lo mejor de la cinta está la actuación de Daniel Giménez Cacho, quien interpreta al capo de la prisión.
Por una vez Jesús Ochoa ha conseguido un papel menos rutinario de lo acostumbrado, como otro de los adversarios de Gibson. Si bien Ochoa ha tenido varias apariciones en películas de gran presupuesto donde invariablemente interpreta a un sicario (como en Hombre en llamas, donde tuvo el privilegio de que Denzel Washington lo finiquitara con una bomba situada en un lugar estratégico), en otras ocasiones, como 007 Quantum, ha sido el matón secundario que ni siquiera abre la boca. En esta ocasión, aunque de nuevo en el registro de villano, tiene varios diálogos y credibilidad como un hombre capaz de cualquier fechoría.
Sin embargo, dados los antecedentes de Gibson como héroe de acción, es contradictorio que la parte más floja sea la forma en la cual se resuelven algunas escenas, como el risible pretexto para la cita en el rascacielos  o el tiroteo en la cárcel.
Más que despertar indignación por su tosco retrato de la sociedad mexicana (ver la crítica de Luis Tovar para La Jornada, “Tijuana es lo de menos”, 08/julio/2012), Atrapen al gringo nos muestra la buena salud de los lugares comunes que, no se olvide, con tanto entusiasmo el mexicano ha contribuido a propagar.

domingo, 4 de septiembre de 2011

El melodrama y los castores sí combinan

El títere que redime a un empresario. Mi otro yo/ El castor (The Beaver, EUA| Emiratos Árabes Unidos, 2011), es la más reciente película como directora de la norteamericana Jodie Foster, célebre por su papel de la agente del FBI Clarice Starling en El silencio de los inocentes (1991), por la cual recibió el Oscar a la mejor actriz. Foster, una figura cada vez menos dada a aparecer delante y frente a la cámara, nos presenta ahora su tercer largometraje como realizadora, después de su debut en 1991 con Mentes que brillan, aquel drama acerca de los sufrimientos de un sensible niño genio y sus dificultades para integrarse.
Mi otro yo también nos cuenta la historia de otro personaje marginado. Walter Black (Mel Gibson) es un empresario casi en la ruina y en depresión, quien vive aislado de su familia, su esposa Meredith (interpretada también por Foster) y sus dos hijos: un adolescente, Porter (Anton Yelchin) y el pequeño Henry (Riley Thomas Stewart). Para salir de su mutismo, Black tendrá la idea de usar un muñeco de ventrílocuo para comunicarse con su familia y empleados.
Mi otro yo ha estado rodeada del morbo propio de una cinta protagonizada nada menos que por un actor señalado como alcohólico, racista y maltratador de mujeres, en otros tiempos (no hace mucho) una súper estrella de Hollywood, ahora un paria. El relato, además, representa un reto para la verosimilitud, porque sin duda a ciertos espectadores no les parecerá creíble que un hombre sea controlado por un animal de peluche. Es decir, llega un momento en que el títere parece ser Black y no el castor. Así lo dice el crítico norteamericano Roger Ebert, quien expresa sus reparos hacia la propuesta principal del film (pueden ver su crítica en rogerebert.com).
La idea de un muñeco que sirve de terapia psicológica no es del todo ajena a la tradición fílmica. En una película muy distinta, ¿Qué pasa con Bob? (1991), de Frank Oz, aparecía un psiquiatra afecto a usar los muñecos de ventrílocuo para tratar de mejorar la comunicación con sus hijos. Claro, la cinta de Oz era una comedia que no tenía que enfrentarse a los problemas de este trabajo de Foster, a medio camino entre Gente como uno (1980), aquel melodrama de Robert Redford en su momento muy apreciado y el completo delirio de, pongamos, El club de la pelea y su protagonista esquizofrénico.
En efecto, Mi otro yo se salva de ser el enésimo melodrama acerca de una familia disfuncional por medio de la intervención de un elemento, el muñeco, que puede redimir la película o arruinarla. La parte más complicada es precisamente cuando el castor deja de ser sólo un simpático juguete que hace las delicias de los niños y se convierte en otra cosa, que no diremos. Mi otro yo, entonces, está en el filo de la navaja.
Lo mejor de la película está en la interacción de Gibson/ el castor con su hijo más pequeño. El niño parece ser el único capaz de lidiar con la extraña manía de Walter, convertido en un animal constructor, de ahí que la relación entre ambos sirva para canalizar la locura paterna, que así queda convertida en juego generoso con un infante.
Cuando el protagonista se convierte en una celebridad gracias a su extraña historia de éxito, la crítica no se deja esperar, cuando se nos muestra a una multitud entusiasmada con los logros de un muñeco y el hombre que está bajo sus órdenes, caso antológico de superación personal que aparece en las portadas de las revistas y en la televisión. 
La nueva película de Foster es un fracaso si se piensa que insiste en los viejos chantajes sentimentales que le han dado fama al melodrama. No obstante, es un éxito al hacer intervenir en una película de esas intenciones un elemento tan discordante, porque pareciera que la suerte de una familia (o dos, si se piensa en el romance del hijo con una compañera de escuela) depende de un juguete que interviene en la historia por azar y que al final tiene tanto peso como cualquiera de los otros personajes.
Atención a la ironía final del muñeco de feria, que aparece justo cuando los críticos dicen que en la película priva la concesión.