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lunes, 3 de octubre de 2011

El triunfo del gran perdedor

Win Win. Ganamos todos (Win Win, EUA, 2011), de Thomas McCarthy, cuenta la historia de Mike (Paul Giamatti), un abogado con serios problemas económicos. Así, desesperado, descubre que puede conseguir un dinero extra si se compromete con el gobierno a cuidar de uno de sus clientes, Leo (Burt Young), un hombre rico con problemas de demencia senil. Sin embargo, como Mike está muy ocupado, no tiene pensado cumplir con todas las consecuencias del trato, al mismo tiempo que toma las precauciones para evitar que el gobierno se entere.
Un día aparece en el pueblo el joven Kyle (Alex Shaffer), nieto de Leo. El chico tiene una pésima relación con su madre, Cindy (Melanie Lynskey), quien pronto también llegará para amenazar la estabilidad que Kyle ha logrado bajo el cobijo de la familia de Mike. Todo eso mientras Cindy amenaza con denunciar los malos manejos del abogado.
El primer mérito de Win Win está en la elección de Paul Giamatti para el rol protagónico. Igual que en una de sus películas anteriores, Entre copas (Sideways, 2004), el actor interpreta en esta ocasión a un hombre intachable con vocación de mártir que, irónicamente, termina muy comprometido cuando se le ocurre cometer algún desliz. Miles, el experto bebedor de vino que Giamatti interpreta para Entre copas es despreciado por el amor de su vida cuando ésta se entera de que su pretendiente solapa las infidelidades de un amigo; ahora, en Win Win, el abogado tiene que lidiar con la posibilidad de que Kyle se entere de que está estafando al abuelo Leo.
El protagonista de Entre copas era un novelista frustrado quien se ganaba la vida como profesor en una escuela. En Win Win, Mike es un abogado al frente de un bufete que se desmorona, mientras que su gran pasión es la lucha grecorromana. Es el entrenador de un equipo juvenil que nunca gana, mismo que es redimido con la presencia del prodigioso joven Kyle, quien resulta un luchador experto. Así, el director Thomas McCarthy tiene el mérito de aprovechar, con éxito, las virtudes de un deporte que en el cine ha tenido una presencia muy esporádica. Las secuencias que nos muestran el ascenso del equipo de lucha no son para nada una concesión, sino que son constitutivas de la historia de la película, sobre todo en la medida en que sirven para definir el carácter de Kyle, quien no duda en definir el deporte como una forma más de sobrevivencia.
En otras películas como, digamos, la saga del Karate Kid, el problema es vencer a rivales de excepción, cosa que en Win Win Kyle tiene más que resuelta. Lo que importa es ver cómo los personajes resuelven problemas de la vida cotidiana, lejos de las epifanías de gloria personal contra los demonios interiores que son tan comunes en el cine de deportes.
El otro hallazgo de la película es Terry (Bobby Cannavale), el amigo de Mike, quien con su desfachatez sirve de perfecto contrapunto a la seriedad del entrenador. Lo mejor: la escena de la lucha improvisada frente a la casa, durante la cual Terry reclama su papel de réferi para mantenerse a salvo. De nuevo es como si Terry fuera como el pícaro compañero de aventuras que Thomas Haden Church interpretó para Entre copas.
Amy Ryan interpreta a Jackie, la esposa de Mike y su mejor escena involucra el interés del personaje por Jon Bon Jovi, el héroe local (la película está ambientada en New Providence, un pueblo de Nueva Jersey, el hogar del cantante). En general, el desempeño del elenco es excelente.
A propósito de música, en Win Win hay detalles como la canción metalera que el equipo de lucha libre usa para entrar “a escena”. Y, algo muy importante, la inclusión en la banda sonora de una composición del grupo norteamericano The National, quien en la secuencia final de créditos interpreta la balada “Think You Can Win”. 
Cine “familiar”, podría decirse, con abundantes elementos de comedia en una película que tiene alguna escena terrible (la pelea con la madre o el peligro que se cierne sobre el abogado). Sin embargo, estamos ante la curiosa aventura de un perdedor al que a veces las cosas le salen bien.


domingo, 4 de septiembre de 2011

El melodrama y los castores sí combinan

El títere que redime a un empresario. Mi otro yo/ El castor (The Beaver, EUA| Emiratos Árabes Unidos, 2011), es la más reciente película como directora de la norteamericana Jodie Foster, célebre por su papel de la agente del FBI Clarice Starling en El silencio de los inocentes (1991), por la cual recibió el Oscar a la mejor actriz. Foster, una figura cada vez menos dada a aparecer delante y frente a la cámara, nos presenta ahora su tercer largometraje como realizadora, después de su debut en 1991 con Mentes que brillan, aquel drama acerca de los sufrimientos de un sensible niño genio y sus dificultades para integrarse.
Mi otro yo también nos cuenta la historia de otro personaje marginado. Walter Black (Mel Gibson) es un empresario casi en la ruina y en depresión, quien vive aislado de su familia, su esposa Meredith (interpretada también por Foster) y sus dos hijos: un adolescente, Porter (Anton Yelchin) y el pequeño Henry (Riley Thomas Stewart). Para salir de su mutismo, Black tendrá la idea de usar un muñeco de ventrílocuo para comunicarse con su familia y empleados.
Mi otro yo ha estado rodeada del morbo propio de una cinta protagonizada nada menos que por un actor señalado como alcohólico, racista y maltratador de mujeres, en otros tiempos (no hace mucho) una súper estrella de Hollywood, ahora un paria. El relato, además, representa un reto para la verosimilitud, porque sin duda a ciertos espectadores no les parecerá creíble que un hombre sea controlado por un animal de peluche. Es decir, llega un momento en que el títere parece ser Black y no el castor. Así lo dice el crítico norteamericano Roger Ebert, quien expresa sus reparos hacia la propuesta principal del film (pueden ver su crítica en rogerebert.com).
La idea de un muñeco que sirve de terapia psicológica no es del todo ajena a la tradición fílmica. En una película muy distinta, ¿Qué pasa con Bob? (1991), de Frank Oz, aparecía un psiquiatra afecto a usar los muñecos de ventrílocuo para tratar de mejorar la comunicación con sus hijos. Claro, la cinta de Oz era una comedia que no tenía que enfrentarse a los problemas de este trabajo de Foster, a medio camino entre Gente como uno (1980), aquel melodrama de Robert Redford en su momento muy apreciado y el completo delirio de, pongamos, El club de la pelea y su protagonista esquizofrénico.
En efecto, Mi otro yo se salva de ser el enésimo melodrama acerca de una familia disfuncional por medio de la intervención de un elemento, el muñeco, que puede redimir la película o arruinarla. La parte más complicada es precisamente cuando el castor deja de ser sólo un simpático juguete que hace las delicias de los niños y se convierte en otra cosa, que no diremos. Mi otro yo, entonces, está en el filo de la navaja.
Lo mejor de la película está en la interacción de Gibson/ el castor con su hijo más pequeño. El niño parece ser el único capaz de lidiar con la extraña manía de Walter, convertido en un animal constructor, de ahí que la relación entre ambos sirva para canalizar la locura paterna, que así queda convertida en juego generoso con un infante.
Cuando el protagonista se convierte en una celebridad gracias a su extraña historia de éxito, la crítica no se deja esperar, cuando se nos muestra a una multitud entusiasmada con los logros de un muñeco y el hombre que está bajo sus órdenes, caso antológico de superación personal que aparece en las portadas de las revistas y en la televisión. 
La nueva película de Foster es un fracaso si se piensa que insiste en los viejos chantajes sentimentales que le han dado fama al melodrama. No obstante, es un éxito al hacer intervenir en una película de esas intenciones un elemento tan discordante, porque pareciera que la suerte de una familia (o dos, si se piensa en el romance del hijo con una compañera de escuela) depende de un juguete que interviene en la historia por azar y que al final tiene tanto peso como cualquiera de los otros personajes.
Atención a la ironía final del muñeco de feria, que aparece justo cuando los críticos dicen que en la película priva la concesión. 

domingo, 3 de abril de 2011

'Liberales', pero no tanto



Lo primero que hay que destacar de Los chicos están bien (The Kids Are All Right, EUA, 2010), película de Lisa Cholodenko, es que aborda un tema de gran actualidad: los problemas de los llamados “matrimonios” homosexuales y las familias que se forman en el seno de estos. La acción de la película se desarrolla en Los Ángeles, California, ciudad de fama “liberal”, donde vive la familia formada por una pareja de lesbianas, Jules (Julianne Moore) y la ginecóloga Nic (Annette Bening). Ambas quedaron embarazadas por medio de inseminación artificial, gracias a lo cual ahora son las madres de Joni (Mia Wasikowska) y Láser (Josh Hutcherson).
La familia entra en crisis en el momento en que aparece el donante del esperma con el cual Jules y Nic quedaron embarazadas. La atención (la fascinación, habría que decir) de los hijos y de una de las madres hacia Paul (Mark Ruffalo), quien resulta ser un seductor, provocará la discordia en casa, con dramáticas consecuencias.
En La jaula de las locas (Francia| Italia, 1978), de Edouard Molinaro, las situaciones cómicas se derivaban de algo que, comparado con la situación de Los chicos están bien, parecería un anacronismo: la vida del dueño de un club de travestis se ve trastornada cuando su hijo está próximo a casarse. Una noche, cuando la novia del muchacho y sus padres vienen a cenar, entra en escena la amante del empresario: el neurótico travesti estrella del club.
Si se contrastan ambas películas, parece que en Los Ángeles del presente no hay motivo de vergüenza para los jóvenes personajes de la película, quienes viven en un país donde no hay por qué esconderse (como ocurría en La jaula de las locas). No obstante, pronto se comprueba que no todo marcha tan bien como parece y que la familia de la película está expuesta a otros problemas que la ponen en riesgo.
En otras películas, como El silencio de Oliver (Hollow Reed, Reino Unido| Alemania| España, 1996), de Angela Pope, el tema es el derecho a la adopción por parte de parejas homosexuales: un hombre casado y padre de un niño, se declara homosexual y se divorcia de su esposa. La nueva pareja de su ex mujer resulta ser un maltratador que golpea a su hijastro. Solamente cuando la violencia doméstica es evidente, la ley le otorga la custodia al padre, antes señalado por tener un amante.
De nuevo, una situación como esa parece impensable en Los chicos están bien. Así que esta última parece ser el resultado de una evolución que habría dejado problemas como los señalados atrás, en la historia de la “Humanidad”. Sin embargo, más bien han quedado atrás, por el momento, en la historia del cine.
(Se avisa al lector enamorado de las tramas que a continuación se revelarán detalles del final de la película.)
Sin embargo, llama la atención que la película impacte a muchos espectadores por su final, cuando Paul es expulsado precisamente por ser el detonante de los problemas de la familia. A fin de cuentas, la familia “disfuncional”, como se le llama comúnmente, está obligada a ser conservadora para sobrevivir. Pareciera que el sentido de la película radica precisamente en su reivindicación de la familia tradicional. No faltará quien diga que un logro de la “izquierda”, como es el “matrimonio” homosexual, ha sido saboteado por la “derecha”, representada, obviamente por la familia tradicional. Sin embargo, eso más que nada muestra la pobreza conceptual de términos como “conservadora” y “progresista” aplicados a la familia, porque es obvio que ésta, por más progresista que se pretenda, está obligada a mantener ciertas estructuras para perseverar en el ser.
Es decir, tanto para los matrimonios comunes de la vida cotidiana, como para la unión civil homosexual de la película, es importante tener continuidad, al menos por lo general. De ahí que en la expulsión final del donante seductor del paraíso de la tolerancia esté no el defecto, sino simplemente la coherencia de la película: lo contrario habría sido simplemente una concesión a las fantasías de los espectadores armonistas.