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lunes, 18 de marzo de 2013

Aventura en la isla de los precoces

El cineasta norteamericano Wes Anderson ha forjado su fama por medio de la representación de la edad adulta bajo la forma de la puerilidad, con personajes que se comportan de forma extravagante a pesar de que ya no tienen edad para ello.
En esta ocasión, en Un reino bajo la luna (Moonrise Kingdom, EUA, 2012), los protagonistas son dos adolescentes, casi niños, Suzy (Kara Hayward) y Sam (Jared Gilman), quienes escapan de sus casas con la idea de vivir en un idílico lugar del campo.
Así, como lo indica el crítico mexicano Leonardo García Tsao (“Los favoritos de la luna”, La Jornada, 9 de diciembre de 2012), ahora el proceso es a la inversa y asistimos a la aventura de un par de jóvenes precoces que se comportan como si fueran adultos, en un mundo donde, por si fuera poco, padres y autoridades tampoco ofrecen una garantía de orden y seguridad.
La película se mantiene en un tono de comedia que le da uniformidad, de nuevo con el agua como catalizador de alguna eventual tragedia, como ocurría en Viaje a Darjeeling (2007), uno de los trabajos anteriores de Anderson; sin embargo, en esta ocasión y a pesar de ciertos elementos dramáticos, la cinta se mantiene en un tono de comedia que rara vez se pierde.
Estamos lejos del desconsuelo de Los 400 golpes (1959), de François Truffaut, por citar el caso de una película emblemática acerca de la infancia, porque Anderson se cuida de proteger a sus pequeños personajes de un peligro mayor. El director ha filmado una crónica acerca de un par de jóvenes marginales en trance de enfrentarse con el resto del mundo, en una isla hipotética ambientada en la década de los sesenta.
Lo más llamativo de la cinta es la forma en que el director y su colaborador, el guionista Roman Coppola, se las arreglan para darle a cada uno de los objetos de la película una función, como puede verse en los planos en los cuales puede apreciarse a detalle el más variado inventario de curiosidades, como una bolsa para el gato y un aditamento para abrir las tiendas de campaña sin importar que estén cerradas por dentro.
De lo mejor la idea de hacer de Suzy una lectora de fantasía heroica y otros libros para jóvenes, aunque lo más curioso es que todos los títulos que la muchacha lleva consigo no existen y provienen de la imaginación de los guionistas; además, la idea de unos héroes literarios emancipados combina perfectamente con la aventura de los precoces, de la misma forma que los peligros de la película hay que interpretarlos en la línea de un relato infantil (que no infantilizado) que exorcizaría cualquier problema de consecuencias irreversibles.
Salta la vista la importancia que Anderson le da a los personajes secundarios, que aquí corren a cargo de actores como el habitual Bill Murray (aparece en otros filmes de Anderson) o la infalible Tilda Swinton, quien de nuevo confirma su capacidad para hacer de villana, como la malvada Reina Blanca del hielo de la serie Narnia, aunque en esta ocasión se trata de una fría burócrata, llamada Servicios Sociales, nada menos, quien no se toca el pecho para enviar huérfanos al orfanato. Edward Norton, por su parte, encarna a la perfección la mezcla de estoicismo y bondad que destila el jefe de los exploradores que interpreta. 
Sin embargo, el más beneficiado es Bruce Willis, con su papel de un resignado y pacífico oficial de policía, en las antípodas de su John McClane de la saga Duro de matar. Ser rescatado por Bruce Willis es un lujo que la película no se ahorra, en una suerte de chiste prodigioso que no desperdicia, como es obvio, los antecedentes del actor como héroe de acción.
La escena inicial, con la explicación del rol de cada uno de los instrumentos musicales en una sinfonía, prefigura la película que Anderson quisiera: una donde la intervención de los más variados personajes tiene un objetivo que a nuestro parecer acaba por cumplirse.


martes, 18 de octubre de 2011

Javier tiene una relación complicada

Qué pena tu vida (Chile, 2010), de Nicolás López, es una comedia romántica acerca de las consecuencias del rompimiento entre Javier (Ariel Levy), un publicista y Sofía (Lucy Cominetti), quien empieza una nueva relación con el cantante pop de moda. La confidente del primero es Ángela (Andrea Velasco), su amiga de la infancia, quien tiene que escuchar los lamentos del joven y apoyarlo.
Qué pena tu vida cuenta la historia de las aventuras de Javier, quien está de regreso entre los solteros para confirmar una vez más que en las películas de este tipo el ligue nocturno es el camino más corto hacia el delirio.
De esa forma, la película recorre un camino que ya ha sido surcado hasta el hartazgo por el cine norteamericano, como puede verse en películas como Cuando Harry encontró a Sally (1989) y tantas otras, acerca de los desencuentros entre una pareja que finalmente descubre que el amor está al alcance de la mano y cuando se sufre es solo por necedad. Lo mismo puede decirse de películas más recientes, como Amigos con derechos (2011), con Natalie Portman y Ashton Kutcher.
Acaso sea Nora Ephron, guionista de Cuando Harry encontró a Sally, directora de Algo para recordar (Sleepless in Seattle, 1993), una de las principales artífices de este tipo de películas, en un cine como el norteamericano, con una nómina de actores como Gary Grant, Audrey Hepburn, Katharine Hepburn e incluso Marilyn Monroe,  quienes en algún momento de sus carreras probaron fortuna (y ganaron celebridad) con la comedia romántica.
Una cinematografía, la norteamericana, que además tiene en su haber algunas de las mejores películas de Woody Allen, que fácilmente podrían inscribirse en este subgénero, ya sea para criticarlo o llevarlo hasta el límite, como ocurre en Annie Hall, Manhattan o Hannah y sus hermanas. 
Así, la cinta de López recurre a una tradición trasmutada en fórmula ya muy conocida pero que no parece dar señales de cansancio, toda vez que su trabajo ha sido un éxito de taquilla en su país y ya cuenta con una secuela, Qué pena tu boda, del mismo director. Qué pena tu vida no tiene mayor misterio en tanto que recurre a un homenaje (al plagio, dirán otros) como estrategia tanto narrativa como de mercadotecnia.
Sin embargo, una de las aportaciones de la película, digamos, está en el acento que pone a propósito de la influencia de las redes sociales en el romance del siglo XXI: “¿Cómo te  desconectas de alguien si siempre estás conectado?”, dice su eslogan. Las nuevas tecnologías y la forma en la cual condicionan la forma en que las parejas se conocen e interactúan, como en su momento ocurrió con Tienes un e-m@il (1998), con Meg Ryan y Tom Hanks. O bien, 40 días y 40 noches, con Josh Hartnett.
El otro logro de la cinta es la elección de un elenco que viene a pedir de boca para la puesta en escena de los ciberdramas posteriores al facebook y al Twitter, en una sociedad donde Steve Jobs tiene más poder de convocatoria entre la gente que cualquiera de los recientes premios Nobel de medicina.
Levy logra encarnar muy bien al perdedor computarizado y, para mayor ironía, solitario. Y a veces, cuando tiene compañía, más le valdría estar solo, como lo prueba una de las mejores escenas de la cinta, con Úrsula (Ignacia Allamand), la rubia “nazi” que no soporta a los “down”.
La película podrá parecer frívola para el criterio de algunos, en una América hispana donde el mayor elogio para una película de este tipo es decir “no parece mexicana”, o chilena, acostumbrados como estamos a la telenovela más vulgar como nuestro principal producto de exportación.
No obstante, hay que reconocer la habilidad de López para proponer una ciudad, Santiago, como escenario para el romance de cine, con esas escenas que resaltan su arquitectura, sus parques, su belleza nocturna y su gente.
Su gente, sobre todo: la madre, por ejemplo (excelente Claudia Celedón), o el barman (Nicolás Martínez) que le propone a su amigo un juego carcelario que no es de homosexuales, aunque lo parezca.
Qué pena tu vida tal vez no tenga el prestigio del drama y otros géneros más respetados entre nosotros, pero eso no implica que tenga que pedir disculpas por su ligereza.

lunes, 3 de octubre de 2011

El triunfo del gran perdedor

Win Win. Ganamos todos (Win Win, EUA, 2011), de Thomas McCarthy, cuenta la historia de Mike (Paul Giamatti), un abogado con serios problemas económicos. Así, desesperado, descubre que puede conseguir un dinero extra si se compromete con el gobierno a cuidar de uno de sus clientes, Leo (Burt Young), un hombre rico con problemas de demencia senil. Sin embargo, como Mike está muy ocupado, no tiene pensado cumplir con todas las consecuencias del trato, al mismo tiempo que toma las precauciones para evitar que el gobierno se entere.
Un día aparece en el pueblo el joven Kyle (Alex Shaffer), nieto de Leo. El chico tiene una pésima relación con su madre, Cindy (Melanie Lynskey), quien pronto también llegará para amenazar la estabilidad que Kyle ha logrado bajo el cobijo de la familia de Mike. Todo eso mientras Cindy amenaza con denunciar los malos manejos del abogado.
El primer mérito de Win Win está en la elección de Paul Giamatti para el rol protagónico. Igual que en una de sus películas anteriores, Entre copas (Sideways, 2004), el actor interpreta en esta ocasión a un hombre intachable con vocación de mártir que, irónicamente, termina muy comprometido cuando se le ocurre cometer algún desliz. Miles, el experto bebedor de vino que Giamatti interpreta para Entre copas es despreciado por el amor de su vida cuando ésta se entera de que su pretendiente solapa las infidelidades de un amigo; ahora, en Win Win, el abogado tiene que lidiar con la posibilidad de que Kyle se entere de que está estafando al abuelo Leo.
El protagonista de Entre copas era un novelista frustrado quien se ganaba la vida como profesor en una escuela. En Win Win, Mike es un abogado al frente de un bufete que se desmorona, mientras que su gran pasión es la lucha grecorromana. Es el entrenador de un equipo juvenil que nunca gana, mismo que es redimido con la presencia del prodigioso joven Kyle, quien resulta un luchador experto. Así, el director Thomas McCarthy tiene el mérito de aprovechar, con éxito, las virtudes de un deporte que en el cine ha tenido una presencia muy esporádica. Las secuencias que nos muestran el ascenso del equipo de lucha no son para nada una concesión, sino que son constitutivas de la historia de la película, sobre todo en la medida en que sirven para definir el carácter de Kyle, quien no duda en definir el deporte como una forma más de sobrevivencia.
En otras películas como, digamos, la saga del Karate Kid, el problema es vencer a rivales de excepción, cosa que en Win Win Kyle tiene más que resuelta. Lo que importa es ver cómo los personajes resuelven problemas de la vida cotidiana, lejos de las epifanías de gloria personal contra los demonios interiores que son tan comunes en el cine de deportes.
El otro hallazgo de la película es Terry (Bobby Cannavale), el amigo de Mike, quien con su desfachatez sirve de perfecto contrapunto a la seriedad del entrenador. Lo mejor: la escena de la lucha improvisada frente a la casa, durante la cual Terry reclama su papel de réferi para mantenerse a salvo. De nuevo es como si Terry fuera como el pícaro compañero de aventuras que Thomas Haden Church interpretó para Entre copas.
Amy Ryan interpreta a Jackie, la esposa de Mike y su mejor escena involucra el interés del personaje por Jon Bon Jovi, el héroe local (la película está ambientada en New Providence, un pueblo de Nueva Jersey, el hogar del cantante). En general, el desempeño del elenco es excelente.
A propósito de música, en Win Win hay detalles como la canción metalera que el equipo de lucha libre usa para entrar “a escena”. Y, algo muy importante, la inclusión en la banda sonora de una composición del grupo norteamericano The National, quien en la secuencia final de créditos interpreta la balada “Think You Can Win”. 
Cine “familiar”, podría decirse, con abundantes elementos de comedia en una película que tiene alguna escena terrible (la pelea con la madre o el peligro que se cierne sobre el abogado). Sin embargo, estamos ante la curiosa aventura de un perdedor al que a veces las cosas le salen bien.


domingo, 21 de agosto de 2011

Hall Pass



Pase libre/ Carta blanca (Hall Pass, EUA, 2011), de los hermanos Bobby y Peter Farrelly, con una amplia trayectoria en la comedia de brocha gorda, humor negro y escatología, aunque con frecuencia también muy efectiva e ingeniosa: Locos por Mary, Amor ciego, Irene y yo y mi otro yo... Originalmente los Farrelly contaban las cuitas de amor de hombre solteros, pero con el tiempo han evolucionado hasta la comedia de personajes alrededor de los cuarenta, quienes tratan de mantener viva la llama del amor conyugal. Ese es el caso de Hall Pass, en la cual un par de hombres casados y con hijos, pero con fantasías sexuales que los hacen añorar su época de soltería, recibe un "hall pass" (un permiso para tener aventuras con otras mujeres) de sus esposas, para ver si así los hombres inquietos se tranquilizan un poco y pueden seguir adelante con sus matrimonios. Obviamente, del experimento los personajes saldrán fortalecidos.
Los Farrelly seguramente serán criticados nuevamente por su insistencia en los fluidos corporales como herramienta de comicidad, aunque al mismo tiempo su mirada, ácida y poco complaciente del norteamericano común, tiene mucho que ofrecer.


domingo, 3 de abril de 2011

'Liberales', pero no tanto



Lo primero que hay que destacar de Los chicos están bien (The Kids Are All Right, EUA, 2010), película de Lisa Cholodenko, es que aborda un tema de gran actualidad: los problemas de los llamados “matrimonios” homosexuales y las familias que se forman en el seno de estos. La acción de la película se desarrolla en Los Ángeles, California, ciudad de fama “liberal”, donde vive la familia formada por una pareja de lesbianas, Jules (Julianne Moore) y la ginecóloga Nic (Annette Bening). Ambas quedaron embarazadas por medio de inseminación artificial, gracias a lo cual ahora son las madres de Joni (Mia Wasikowska) y Láser (Josh Hutcherson).
La familia entra en crisis en el momento en que aparece el donante del esperma con el cual Jules y Nic quedaron embarazadas. La atención (la fascinación, habría que decir) de los hijos y de una de las madres hacia Paul (Mark Ruffalo), quien resulta ser un seductor, provocará la discordia en casa, con dramáticas consecuencias.
En La jaula de las locas (Francia| Italia, 1978), de Edouard Molinaro, las situaciones cómicas se derivaban de algo que, comparado con la situación de Los chicos están bien, parecería un anacronismo: la vida del dueño de un club de travestis se ve trastornada cuando su hijo está próximo a casarse. Una noche, cuando la novia del muchacho y sus padres vienen a cenar, entra en escena la amante del empresario: el neurótico travesti estrella del club.
Si se contrastan ambas películas, parece que en Los Ángeles del presente no hay motivo de vergüenza para los jóvenes personajes de la película, quienes viven en un país donde no hay por qué esconderse (como ocurría en La jaula de las locas). No obstante, pronto se comprueba que no todo marcha tan bien como parece y que la familia de la película está expuesta a otros problemas que la ponen en riesgo.
En otras películas, como El silencio de Oliver (Hollow Reed, Reino Unido| Alemania| España, 1996), de Angela Pope, el tema es el derecho a la adopción por parte de parejas homosexuales: un hombre casado y padre de un niño, se declara homosexual y se divorcia de su esposa. La nueva pareja de su ex mujer resulta ser un maltratador que golpea a su hijastro. Solamente cuando la violencia doméstica es evidente, la ley le otorga la custodia al padre, antes señalado por tener un amante.
De nuevo, una situación como esa parece impensable en Los chicos están bien. Así que esta última parece ser el resultado de una evolución que habría dejado problemas como los señalados atrás, en la historia de la “Humanidad”. Sin embargo, más bien han quedado atrás, por el momento, en la historia del cine.
(Se avisa al lector enamorado de las tramas que a continuación se revelarán detalles del final de la película.)
Sin embargo, llama la atención que la película impacte a muchos espectadores por su final, cuando Paul es expulsado precisamente por ser el detonante de los problemas de la familia. A fin de cuentas, la familia “disfuncional”, como se le llama comúnmente, está obligada a ser conservadora para sobrevivir. Pareciera que el sentido de la película radica precisamente en su reivindicación de la familia tradicional. No faltará quien diga que un logro de la “izquierda”, como es el “matrimonio” homosexual, ha sido saboteado por la “derecha”, representada, obviamente por la familia tradicional. Sin embargo, eso más que nada muestra la pobreza conceptual de términos como “conservadora” y “progresista” aplicados a la familia, porque es obvio que ésta, por más progresista que se pretenda, está obligada a mantener ciertas estructuras para perseverar en el ser.
Es decir, tanto para los matrimonios comunes de la vida cotidiana, como para la unión civil homosexual de la película, es importante tener continuidad, al menos por lo general. De ahí que en la expulsión final del donante seductor del paraíso de la tolerancia esté no el defecto, sino simplemente la coherencia de la película: lo contrario habría sido simplemente una concesión a las fantasías de los espectadores armonistas.