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sábado, 3 de agosto de 2013

Ciencia ficción de Timothy Cavendish

“Mientras que mi amplia experiencia como editor me ha hecho despreciar flashbacks y flash forwards y todos esos engaños trucados, creo que si usted, querido lector, puede ser paciente por un momento, se dará cuenta de que hay un método para este cuento de locura”, dice el editor Timothy Cavendish (Jim Broadbent) al principio de Cloud Atlas (Alemania| EUA| Hong Kong| Singapur, 2012), dirigida por los hermanos Lana y Andy Wachowski en colaboración con Tom Tykwer y basada en una novela de David Mitchell.
Cavendish tiene razón: lo que en un principio parece una narrativa compleja luego se revela tan clara como efectiva, porque se trata de seis historias de amor y libertad que tienen lugar en diversas épocas.
Efectiva porque su objetivo, reivindicar la teoría de que “todo está relacionado con todo”,  como en las religiones monoteístas, está ilustrado a la perfección. Otra cosa es que semejante idea sea falsa (si todo está conectado, ¿cómo acceder al conocimiento?). Pero ya sabemos que para eso está la ficción cinematográfica: para construir mitos.  
Y es precisamente ahí donde radica la máxima debilidad de Cloud Atlas, que pretende ofrecernos el secreto de la vida en clave new age: una ideología que nada tiene de novedoso.  Tal vez por eso la película no ha tenido el impacto que se esperaba, porque funciona como una suerte de réplica de la película emblemática de los Wachowski: Matrix.
Sin embargo, Cloud Atlas es un espectáculo que alcanza a salvar sus obviedades gracias a la confección de ciertos pasajes y la forma en la cual estos se entrelazan, en parte gracias a que los mismos actores interpretan diversos personajes a lo largo del tiempo, en un ejercicio no solo de caracterización sino, a veces, de travestismo.
Alguien habla de una puerta metafórica en una escena del siglo 22 y de inmediato vemos una puerta que se abre. El recurso se repite una y otra vez, con saltos entre siglos. En otras ocasiones, el nexo entre las épocas es menos evidente y requiere una gran atención.
En el siglo XIX, Adam Ewing (Jim Sturgess) visita una isla del Pacífico para arreglar un negocio y luego volver a su casa en Norteamérica, mientras intenta sobrevivir en un barco. En 1936, el músico Robert Frobisher (Ben Wishaw) trabaja para un compositor aprovechado, Vyvyan Arys (Jim Broadbent), mientras lee el diario de Ewing. En 1973, en San Francisco (hogar de Ewing), la periodista Luisa Rey (Halle Berry) investiga una conspiración en torno de un proyecto de energía nuclear y es lectora providencial de las cartas de Frobisher a su amante.
A su vez, la historia de Rey sirve de inspiración para un manuscrito que, en 2012,  Cavendish lee camino a su gran aventura en un “hotel” de campo. La proeza que el editor está por vivir luego es adaptada al cine y disfrutada por la pobre empleada Sonmi-451 (Doona Bae) en el 2144,  venerada como una diosa por el aldeano Zachry (Tom Hanks) en “el invierno 106 después de la Caída”, año 2321.
Cabe también la posibilidad de que todo sea una invención de alguno de los personajes. En uno de sus diálogos, Frobisher le dice a su empleador que para componer su pieza imaginó que se conocían en diferentes épocas. El mismo Vyvyan tiene un sueño que involucra a Sonmi-451.
Sin embargo, me parece que la película bien puede ser producto de algo más concreto que la clarividencia de un compositor: la escritura de Cavendish, sobre todo porque el pasaje de Luisa Rey es demasiado esquemático e inverosímil, de ahí que se ajuste a las convenciones de una (mala) novela policiaca. O bien, ¿en la redacción de qué trabaja Cavendish hacia el final de la película? Lo anterior explicaría el carácter derivativo de ciertos pasajes, como la ya mencionada semejanza entre la aventura de Sonmi-451, Matrix, la animación asiática y el cyberpunk.
El “cuento de locura” (tale of Madness) bien puede ser una novela cuya osada mezcla genérica de aventura, drama de época, cine negro y ciencia ficción vemos en pantalla. Todo ello sin olvidar la comedia de humor negro en la cual toma parte (se supone) el mismo Cavendish. Timothy Cavendish, autor de ciencia ficción.




domingo, 18 de noviembre de 2012

Noviazgo con un monstruo

En 2006, los directores Jonathan Dayton y Valerie Faris debutaron con el largometraje Pequeña Miss Sunshine, reivindicación de la familia frente a ciertas hipocresías de la sociedad norteamericana, representada esta última por el concurso infantil de belleza del título. Todo ello mostrado en clave de comedia aunque con momentos muy dramáticos.
Ahora, en 2012, la pareja regresa después de una ausencia acaso demasiado prolongada para las exigencias de la industria. No parece casual, por lo tanto, que Ruby, la chica de mis sueños (Ruby Sparks, EUA, 2012) sea una comedia romántica acerca del bloqueo de escritor, centrada en Calvin Weir-Fields (Paul Dano), joven novelista sometido al estrés de superar su exitoso debut.
Como vive atormentado por su éxito (paradojas de la industria editorial norteamericana) y por el rompimiento con su pareja, su terapista le pide que escriba un texto que, gracias al renovado entusiasmo de Calvin, se vuelve el ansiado avance acerca de su nueva novela. En ella, un personaje de ficción, Ruby Sparks, se convierte en la mujer soñada por Calvin. Las cosas se complican cuando el personaje aparece milagrosamente en la casa de Calvin como una muchacha de carne y hueso cuya conducta puede ser modificada por su novio/ constructor, Calvin, con apenas escribir unas líneas en la novela.
La actriz Zoe Kazan interpreta a Ruby y además escribe el guión de una película que, de entrada, nos pone en un problema, porque supone la introducción de un elemento sobrenatural, un personaje de ficción encarnado, en una película que en principio había partido de un contexto “realista”.
La película, de hecho, explota un problema fundamental: cómo hacer que un personaje se comporte no como lo que es (una construcción literaria) sino como una persona. De ahí vienen las dichas (y las desgracias) de Calvin.
En Ruby, la chica de mis sueños, ocurre un milagro, pero sus autores suponen que podemos obviar ese detalle y, en cambio, concentrarnos en lo que supone la adaptación de un personaje ficticio en la sociedad de las personas.
En este último sentido, la cinta pone de manifiesto, con inteligencia, los problemas de pareja típicos de la comedia romántica y que tanto hemos comentado en esta columna. Pero esos clásicos líos están cifrados por una nueva variante: ¿qué pasaría si se pudiera cambiar, como por arte de magia, el carácter de una novia?
Nada que reprochar, desde esa perspectiva, a la película, que a pesar de ser una comedia muestra con especial patetismo lo que ocurriría en el caso de que el control sobre la pareja pudiera radicalizarse.
Sin embargo, al mismo tiempo la película supone un desafío a las convenciones de la ficción. ¿Cómo se puede aceptar el milagro así, sin más? Y aquí quien no haya visto la película puede dejar de leer, porque nos disponemos a revelar ciertos detalles de la historia.
Luego de las primeras dudas, el hermano de Calvin, Harry (Chris Messina), queda fascinado por el origen de Ruby. Pero, ¿de verdad una persona puede aceptar, sin enloquecer, la encarnación de un personaje? La actitud de Harry es tan imprudente como inverosímil, porque al final le da la bienvenida al monstruo: ¿qué otra cosa es un personaje encarnado sino una criatura monstruosa? Pienso en un precedente, “Calíope” (1990), el cómic de Neil Gaiman incluido en The Sandman: Dream Country acerca de la relación entre un escritor bloqueado y la musa verdadera de la poesía.
En La rosa púrpura del Cairo (1985), por ejemplo, Woody Allen lleva a cabo una operación similar, pero todo ello en el contexto de una de sus comedias delirantes, en las cuales puede permitirse que un personaje de película abandone la pantalla y tenga un romance con una de las espectadoras.
Ruby Sparks no es una comedia delirante: la revelación del secreto del origen de la chica tendría consecuencias catastróficas, suponemos, mientras que en la cinta de Allen el problema es un mero asunto de logística de Hollywood. Antes de participar en lo sobrenatural, Allen se enmarca en el absurdo.
Las contradicciones llegan al culmen cuando Calvin le “ordena” a su novia que no salga de la habitación: para ello simplemente tiene que escribirlo en la novela. Acto seguido, la salida queda bloqueada por una barrera invisible que la chica no puede atravesar. Un detalle grotesco que tendríamos que aceptar por la supuesta libertad sin límites de la ficción.
Con todo y eso, Dayton y Faris han hecho una película muy arriesgada que a pesar de sus problemas no deja de ser una reflexión en ocasiones muy acertada acerca de la vida en pareja.