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jueves, 23 de julio de 2026

Paul Atreides desciende de Agamenón

¿Paul Atreides es descendiente de Agamenón, rey de Micenas? ¿Atreides viene de Atreo, el padre de Agamenón, el atrida? Al primero que se lo escuché fue a Diego Ruzzarin, quien comentó la primera película de Villeneuve en su canal, pero pensé que no era una idea original de Frank Herbert sino de su hijo Brian y de Kevin J. Anderson, quienes continuaron con la escritura de la serie luego de la muerte de su creador. Pero ahora en X lo confirma la escritora Aglaia Berlutti, quien dice que esa genealogía se menciona en dos de las seis novelas que Herbert padre publicó: Hijos de Dune (1976) y Dios emperador de Dune (1981), tercera y cuarta de la serie, respectivamente. 
En efecto, en Hijos de Dune hay fragmentos como este: Alia, hija de Leto Atreides (el personaje de Anya Taylor-Joy en las películas de Villeneuve, escucha las voces de sus antepasados. Uno de ellos dice: “—¡Yo, tu antepasado Agamenón, solicito audiencia!” (95). Otro ejemplo de la misma novela: Ghanima, hija de Paul, dice: “Los Atreides nos remontamos a Agamenón, y sabemos qué hay en nuestra sangre” (462). Así que confirmado: Paul Atreides desciende de Agamenón y, por lo tanto, es un atrida. 


jueves, 26 de mayo de 2022

Cronenberg en el videoclub


Este video es una maravilla. Cómo disfruté ver a uno de mis cineastas más admirados, el canadiense David Cronenberg, hablar acerca de películas como Star Wars o Total Recall. La primera vez que vi una entrevista con Cronenberg... Mejor dicho, conocí a Cronenberg en un programa de la televisión mexicana, Estrellas de los 80's, una producción de Televisa en el que intervenían los artistas juveniles de la época. El show tenía además alguna cápsula de cine, así que un buen sábado ahí apareció un pequeño reportaje acerca de La mosca; debió ser en 1986, año de estreno de la película. La cosa es que salía Cronenberg durante el rodaje, comentando los pormenores de la cinta. Han pasado unos añitos desde entonces y Cronenberg es casi un director octogenario. 

Me gustó sobre todo el relato de sus años infantiles, cuando descubrió La Strada de Fellini, o su deslumbramiento con Brigitte Bardot. También me gustó mucho su comentario acerca de Altered States, que tuve la oportunidad de volver a ver hace poco. No miento si digo que las películas de este señor están conectadas con las mejores experiencias de mi vida, por eso tiene un significado especial ver a una persona, que considero un maestro, hablar con naturalidad, como cualquier hijo de vecino, de las películas que lo marcaron. No se lo pierdan. 


 

domingo, 4 de febrero de 2018

La región salvaje

La región salvaje (México| Dinamarca| Francia| Alemania| Noruega| Suecia, 2016), de Amat Escalante. La historia de la influencia (benefactora y atroz) que un monstruo tentacular extraterrestre tiene entre un conjunto de personajes, que habitan una ciudad de la provincia mexicana. Desafiante película acerca de la aventura (nunca mejor dicho) que una joven madre y esposa frustrada, Alejandra (Ruth Ramos), tiene con la criatura en cuestión, misma que una pareja de científicos mantiene oculta en una cabaña del bosque. Hasta ahí llegan varios personajes para probar las artes amatorias del monstruo, mismo que resulta ser mucho mejor amante que Ángel (Jesús Meza), el marido golpeador y alcohólico de Alejandra, un tipo que para colmo es homosexual de clóset. Y esa es la gran ironía de la cinta y a la vez su gran alegato: cómo un monstruoso alien puede ser una influencia mucho más positiva para la vida de una joven mujer mexicana, víctima de maltratos y sumida en el hastío. La historia de los personajes es de lo más común, aunque es en el trasfondo, la explicación detrás de las muertes y la violencia, donde está lo novedoso, una osada película erótica que lleva hasta el límite la cercanía, tantas veces tratada, entre el erotismo y la muerte.  Se ha comparado la película con Posesión, la delirante película de horror de Andrzej Zulawski, donde también hay una mujer que emprende una relación con una misteriosa criatura. No obstante, no hay mayor misterio: Escalante dedica la película al director balcánico, sí, aunque su película es mucho menos críptica; por el contrario, es transparente en su propuesta: mostrar ese México violento donde los machos juegan al homosexual pasivo y detentan una feroz homofobia, al mismo tiempo que marginan y humillan a sus mujeres. Sin embargo, la película se rebela contra la idea de un monstruo-dios providencial y justiciero, porque la criatura parece replicar ciertas conductas humanas que nos llevan a una conclusión brutal: puede que el éxtasis sí caiga del cielo, pero con él viene también la destrucción y el dolor de todos los días.

sábado, 30 de noviembre de 2013

Salud pública a precio de guerra futurista

La teoría del cine de autor, que defiende la recurrencia de determinadas características en las películas de un cineasta, se confirma con creces en el caso de Elysium (EUA, 2013), de Neill Blomkamp. Como se recordará, este realizador sudafricano llamó poderosamente la atención con su anterior película, Distrito 9 (2009), acerca de una colonia de extraterrestres afincada nada menos que en la Sudáfrica contemporánea y su convivencia (nada pacífica) con los humanos; una suerte de referencia al apartheid que además funcionaba como comedia delirante y película de acción. En Elysium, Blomkamp confirma su interés por ambientar sus películas en zonas de conflicto, en este caso una futurista Los Ángeles.
Estamos ante una película acerca de la decadencia de la Tierra que llega en un año en el cual este tipo de relatos ha abundado. Ya antes comentamos en este espacio Oblivion (con Tom Cruise) y hace poco se estrenó con poca fortuna comercial Después de la Tierra, protagonizada por la familia de Will Smith. Por lo demás, la distopía es una de las constantes del cine de ciencia ficción, con numerosos ejemplos que seguramente el lector recordará: El planeta de los simios, Mad Max... Los días del planeta están contados y el futuro necesariamente será nefasto, todavía más desigual y violento que el actual.
En ese sentido, la premisa de Elysium no es del todo novedosa. La Tierra está devastada por el desastre ecológico y las clases altas han emigrado a un satélite artificial que se encuentra en la órbita terrestre, llamado precisamente Elysium, donde el aire es limpio y las enfermedades degenerativas y los daños corporales más drásticos son curados por máquinas milagrosas; en esto último radicaría la nota de “innovación” que se pide en estos casos. En cambio, en la Tierra impera la enfermedad y la muerte, de ahí que emigrar hasta el satélite (ilegalmente, desde luego) es el sueño de muchos.
Max (Matt Damon) es un excriminal que ahora se gana la vida honestamente como empleado de una fábrica. Pero, por un accidente, se verá obligado a retomar sus viejas actividades, para tratar de llegar hasta el ansiado satélite y cumplir con una misión casi imposible.
Es decir, de nuevo hay una reivindicación revolucionaria contra los poderosos, porque la ciencia ficción pone de manifiesto, acaso con más frecuencia que ningún otro tipo de historia, las fricciones entre el Estado, la llamada “sociedad civil” (en este caso armada hasta los dientes) y un conjunto de aristócratas.
Sociedad robotizada en todos los sentidos, el gobierno de Elysium supone una fragilidad que será aprovechada por sus oponentes, con Max a la cabeza de una guerra que Blomkamp presenta con el virtuosismo que ya había demostrado en la citada Distrito 9. Cineastas de acción hay muchos y muy buenos, pero con poca frecuencia nos encontramos con uno que se preocupe por el dibujo de los personajes, así como por conocer sus motivaciones, que en el caso de Max son explícitas de sobra. Pero, no ocurre lo mismo con los villanos, producto de cierto maniqueísmo.
Jodie Foster saca adelante el papel de la secretaria de defensa, lo cual incluye un alegato a favor de la mano dura y el trabajo sucio, con una crítica a la doble moral de los gobiernos que desean mantener los privilegios de las clases altas pero sin violencia alguna. En varios casos, veremos cómo la política recurre a la violencia para mantener el orden en Elysium, eso sí, con planos de su rostro tal vez algo afligido. Hago el mal pero con cara triste.
Sin embargo, el otro villano, Kruger (Sharlto Copley) es quien se lleva las palmas. Protagonista de Distrito 9, Copley confirma sus dotes para la comedia, aunque se trate del retorcido sentido del humor de un sicario, que será el principal oponente de Max.
El guion de Blomkamp, sin embargo, desaprovecha algunas de sus propuestas, como el hecho de que la fábrica donde los proletarios trabajan sin ninguna garantía se dedica al ensamblaje de los mismos robots que luego reprimirán a la población. Una debilidad del sistema que nadie parece notar.
No obstante, Elysium se disfruta como un entretenimiento que se muestra capaz de sobrellevar sus limitaciones, que en todo caso parecen ser las propias de una ciencia ficción tan cruel como complaciente con su público, ansioso de redención (aunque sea en el futuro). Que tome nota Obama para su reforma de la salud pública.


sábado, 3 de agosto de 2013

Ciencia ficción de Timothy Cavendish

“Mientras que mi amplia experiencia como editor me ha hecho despreciar flashbacks y flash forwards y todos esos engaños trucados, creo que si usted, querido lector, puede ser paciente por un momento, se dará cuenta de que hay un método para este cuento de locura”, dice el editor Timothy Cavendish (Jim Broadbent) al principio de Cloud Atlas (Alemania| EUA| Hong Kong| Singapur, 2012), dirigida por los hermanos Lana y Andy Wachowski en colaboración con Tom Tykwer y basada en una novela de David Mitchell.
Cavendish tiene razón: lo que en un principio parece una narrativa compleja luego se revela tan clara como efectiva, porque se trata de seis historias de amor y libertad que tienen lugar en diversas épocas.
Efectiva porque su objetivo, reivindicar la teoría de que “todo está relacionado con todo”,  como en las religiones monoteístas, está ilustrado a la perfección. Otra cosa es que semejante idea sea falsa (si todo está conectado, ¿cómo acceder al conocimiento?). Pero ya sabemos que para eso está la ficción cinematográfica: para construir mitos.  
Y es precisamente ahí donde radica la máxima debilidad de Cloud Atlas, que pretende ofrecernos el secreto de la vida en clave new age: una ideología que nada tiene de novedoso.  Tal vez por eso la película no ha tenido el impacto que se esperaba, porque funciona como una suerte de réplica de la película emblemática de los Wachowski: Matrix.
Sin embargo, Cloud Atlas es un espectáculo que alcanza a salvar sus obviedades gracias a la confección de ciertos pasajes y la forma en la cual estos se entrelazan, en parte gracias a que los mismos actores interpretan diversos personajes a lo largo del tiempo, en un ejercicio no solo de caracterización sino, a veces, de travestismo.
Alguien habla de una puerta metafórica en una escena del siglo 22 y de inmediato vemos una puerta que se abre. El recurso se repite una y otra vez, con saltos entre siglos. En otras ocasiones, el nexo entre las épocas es menos evidente y requiere una gran atención.
En el siglo XIX, Adam Ewing (Jim Sturgess) visita una isla del Pacífico para arreglar un negocio y luego volver a su casa en Norteamérica, mientras intenta sobrevivir en un barco. En 1936, el músico Robert Frobisher (Ben Wishaw) trabaja para un compositor aprovechado, Vyvyan Arys (Jim Broadbent), mientras lee el diario de Ewing. En 1973, en San Francisco (hogar de Ewing), la periodista Luisa Rey (Halle Berry) investiga una conspiración en torno de un proyecto de energía nuclear y es lectora providencial de las cartas de Frobisher a su amante.
A su vez, la historia de Rey sirve de inspiración para un manuscrito que, en 2012,  Cavendish lee camino a su gran aventura en un “hotel” de campo. La proeza que el editor está por vivir luego es adaptada al cine y disfrutada por la pobre empleada Sonmi-451 (Doona Bae) en el 2144,  venerada como una diosa por el aldeano Zachry (Tom Hanks) en “el invierno 106 después de la Caída”, año 2321.
Cabe también la posibilidad de que todo sea una invención de alguno de los personajes. En uno de sus diálogos, Frobisher le dice a su empleador que para componer su pieza imaginó que se conocían en diferentes épocas. El mismo Vyvyan tiene un sueño que involucra a Sonmi-451.
Sin embargo, me parece que la película bien puede ser producto de algo más concreto que la clarividencia de un compositor: la escritura de Cavendish, sobre todo porque el pasaje de Luisa Rey es demasiado esquemático e inverosímil, de ahí que se ajuste a las convenciones de una (mala) novela policiaca. O bien, ¿en la redacción de qué trabaja Cavendish hacia el final de la película? Lo anterior explicaría el carácter derivativo de ciertos pasajes, como la ya mencionada semejanza entre la aventura de Sonmi-451, Matrix, la animación asiática y el cyberpunk.
El “cuento de locura” (tale of Madness) bien puede ser una novela cuya osada mezcla genérica de aventura, drama de época, cine negro y ciencia ficción vemos en pantalla. Todo ello sin olvidar la comedia de humor negro en la cual toma parte (se supone) el mismo Cavendish. Timothy Cavendish, autor de ciencia ficción.




jueves, 9 de mayo de 2013

Heroísmo de la copia

Derivativa y solemne, Oblivion: El Tiempo del Olvido (Oblivion, EUA, 2013), de Joseph Kosinski, se salva de ser el mero vehículo de lucimiento de su estrella, Tom Cruise, gracias a que hacia el final asume con humildad (quién lo iba a decir, cuando estamos ante un actor tan ególatra en una producción millonaria más) las limitaciones del personaje heroico alrededor del cual se teje toda la intriga futurista de la cinta.
En el año 2077, luego de una guerra entre los terrestres y los alienígenas que dio como resultado la victoria de los primeros pero con un alto precio (la devastación del planeta), los únicos habitantes son dos técnicos, Jack Harper (Cruise) y su asistente Victoria (Andrea Riseborough), quienes se encargan de supervisar la extracción de los últimos recursos naturales para que más tarde sean transportados a una luna de Saturno, donde esperan reunirse con el resto de los sobrevivientes de la hecatombe.
Sin embargo, Harper tiene sueños recurrentes con una hermosa mujer (Olga Kurylenko), quien lo acompaña en una visita a un New York en plenitud. El curioso trabajador investigará varias pistas, hasta que descubra que la versión de sus superiores acerca de los extraterrestres tal vez no sea del todo cierta.
Un análisis superficial del filme deja al descubierto que estamos ante una película que no oculta sus influencias. El crítico de Letras Libres, Juan Patricio Riveroll, ya se ha encargado de señalar una de ellas en su texto Oblivion y The Matrix (blog En pantalla, 11 de abril de 2013). Habría que agregar Moon (2009), de Duncan Jones, donde también vemos a un hombre común rebasado por los intereses de una entidad superior: una corporación malvada, la rebelión de las máquinas, en fin...  Jordi Costa, de El País, clasifica la película como un producto del género Tom Cruise (“La Tierra permanece”, 12 de abril), antes que de ciencia ficción.
Es en la unión de ambas carencias, curiosamente, que para nosotros está el aporte de Oblivion, a pesar o, mejor dicho, gracias a la aparatosa presencia de Cruise. Una marca más que un actor, sí, pero cuya presencia ha estado ligada a películas de ciencia ficción desde nuestro punto de vista muy acertadas o por lo menos atractivas, como la adaptación de Steven Spielberg del cuento de Philip K. Dick que dio lugar a Sentencia previa: Minority Report.   
O la participación de Cruise en los refritos de Vanilla Sky y de La guerra de los mundos. Es decir, Cruise podrá ser una estrella vinculada a lo más predecible del cine comercial estadounidense, aunque su interés en la ciencia ficción no es meramente anecdótico. Tal vez habría que explicar lo anterior a raíz de los vínculos entre la cienciología y la obra narrativa de su fundador, L. Ron Hubbard.
Oblivion se salva de ser todavía más derivativa gracias a que se estrena meses antes que Después de la tierra, de M. Night Shyamalan, así como Elysium, de Neill Blomkamp,  cintas de ciencia ficción que también abordan el problema de una Tierra futurista.
A pesar de su condición de correcto derivado, decíamos que el aporte de Oblivion está en la forma en que evidencia que su personaje (y aquí el lector que aprecie el suspenso puede dejar de leer) es solo un número más, un clon en la línea de producción, un medio para que una inteligencia superior con apariencia de diamante oscuro conquiste la Tierra y la explote hasta dejarla literalmente seca. Todo ello por más que esté encarnado por un actor de éxito como Cruise.
Es decir, algo parecido a lo que ocurre en Matrix, sí. Pero si en esta los hermanos Wachowski nunca asumen por completo la nimiedad de Neo, el último de una serie de mesías que han fracaso en su enfrentamiento con las máquinas (como lo sugiere un pasaje de la confusa trilogía), en Oblivion el director Joseph Kosinski hace que el triunfo final sea acreditado no al héroe original, destruido hace décadas, sino a uno de sus clones, que se sacrifica precisamente porque comprende que es una copia y por lo tanto se considera desechable. En cambio, Neo muere y no tiene sustituto. Es el triunfo del mito contrapuesto al heroísmo de la copia.


lunes, 18 de febrero de 2013

Aventura espacial en Persia

El tercer largometraje como director de Ben Affleck es un thriller político ambientado en el Irán de la crisis de los rehenes de 1979, cuando los empleados de la Embajada de EUA en ese país son retenidos por los partidarios del régimen del ayatolá Jomeini. Seis de ellos logran escapar y esconderse, mientras en las calles las hordas de fanáticos ejecutan norteamericanos. Pero los atribulados burócratas no pueden salir del país.
Desde la CIA se barajan varias formas de sacarlos, hasta que se impone la más extravagante de ellas: fingir que los fugitivos forman parte del equipo de una película norteamericana de ciencia ficción que busca aprovechar las locaciones de Irán. Por más inverosímil que parezca, la cinta además está inspirada en un caso real, desclasificado en 1997. Como es de suponerse, el filme explota la emoción que supone tratar de burlar la férrea seguridad de los iraníes.
Lo mejor de Argo es la forma en que logra que materiales en apariencia muy disímbolos, como la ciencia ficción y el thriller acerca de un conflicto diplomático, puedan ser convergentes, en una suerte de mezcla genérica que no se percibe ni como forzada ni contradictoria. Tomas aéreas de Teherán de hecho parecen confirmar que la ciudad se asemeja a un paisaje futurista, como en ese plano de la impresionante Torre Azadi, el símbolo del lugar.  
Se ha dicho que la absurda película que los norteamericanos se proponen filmar en locaciones de Irán es una mala copia de La guerra delas galaxias. Pero lo que ocurre en Argo es de mucho más interés que la trama de las cintas de George Lucas.
Los materiales de la ciencia ficción son mundanos y de ahí que con frecuencia se aproveche este género para criticar el totalitarismo, como pasa en Los juegos del hambre, por ejemplo. En cambio, Argo no tiene que echar mano necesariamente de una distopía, al mismo tiempo que enriquece el thriller de intriga política con el imaginario de una ficción científica que además tiene tintes del imaginario de la Edad media, como en la ya citada saga de Lucas o en Flash Gordon, como queda claro desde la secuencia de créditos.  
Se ha comentado que la representación de Irán como un país incivilizado no es casual, en el contexto de una eventual guerra con los EE.UU., lo que recuerda esos textos del español Román Gubern a propósito de la avalancha de cine bélico y de espionaje después de los atentados del 11-S, una agenda cinematográfica que según el historiador estaba acordada con los productores de Hollywood y el gobierno (ver “La guerra audiovisual de Bush”, en El País, edición del 22 de febrero de 2003). De esa forma, una película como Argo sería una suerte de propaganda a favor de la intervención norteamericana en Irán. 
Sin embargo, lo que esas críticas no toman en cuenta es que, en efecto, el régimen de los ayatolas es irracional, como puede verse en las mismas películas de los cineastas iraníes, ejemplarmente en Una separación (2011), de Asghar Farhadi, distinguida con el Oscar a mejor película extranjera, una denuncia de los desastrosos efectos del islam en la sociedad. Otra cosa es que desde la confundida izquierda indefinida se reivindiquen revueltas religiosas como la primavera árabe. Y el que duda de lo anterior, ¿qué espera para mudarse a Irán?
El peligro que corren los personajes además está balanceado con escenas cómicas, protagonizadas por el maquillista John Chambers (John Goodman) y el productor Lester Siegel (Alan Arkin), quienes se encargan de los preparativos para fingir que filman una película.  
Pocas eran las expectativas a propósito de Ben Affleck, un actor con una trayectoria más bien pobre, caracterizada por los típicos papeles de galán. Sin embargo, los elogios que recibió por su debut como director, Desapareció una noche (Gone Baby Gone, 2007), ahora son confirmados por una película que no se agota en su condición de aventura.
Leonardo García Tsao ha criticado  que Argo es un thriller convencional que reproduce todos los lugares comunes de las películas de ese tipo (ver “Expertos en el engaño”, La Jornada, edición 17 de noviembre de 2012), lo cual bien puede ser una debilidad de la cinta. Semejante es el reparo de Javier Ocaña (“La política como farsa”, El País, 26 de octubre de 2012).
Pero eso no implica que la mezcla genérica que venimos describiendo sea poco efectiva. De principio a fin la cinta asume su condición de entretenimiento, pero que no se permite ser del todo vacuo. Otra cosa es que no esté a la altura de sus modelos, como Los tres días del Cóndor (1975), de Sydney Pollack. Por el momento tal vez eso sea pedir demasiado.