viernes, 31 de mayo de 2013

Malsana imaginación adulta

La caza (Jagten, Dinamarca, 2012), de Thomas Vinterberg, cuenta la historia del profesor de un jardín de niños, Lucas (Mads Mikkelsen), quien es acusado de abusar sexualmente de una de sus alumnas, para colmo hija de su mejor amigo.
En un contexto idealizado, la Dinamarca modélica del Estado de bienestar, bien afianzada con uñas y dientes en el mito de Europa, la cinta critica los métodos (completamente inapropiados) de las autoridades escolares, quienes más pronto que tarde se encargan de difamar al profesor en medio de una sociedad dizque tolerante, pero en la cual no tarda en aparecer una violencia brutal como escarmiento.
Así, en el pueblo donde tienen lugar los hechos, la caza es el rito de paso mediante el cual los niños se vuelven hombres, porque cuando un joven obtiene su licencia de cazador se celebra una ceremonia para dejar constancia de su paso hasta la vida adulta.
Cuando Lucas se convierte en un apestado que ni siquiera puede comprar víveres en el supermercado del lugar (so pena de recibir una paliza del carnicero), queda claro que estamos ante la presa de una cacería llevada a cabo por sus compañeros de trabajo y por sus conciudadanos, a cual más listo para hacerle daño y de esa forma dejar claro que todos están dispuestos a luchar contra el monstruo.
La caza es la historia de lahumillación pública de un inocente en una sociedad donde no parece haber alternativas para otra cosa que no sea el linchamiento como medida de prevención.
En el pasado, como integrante de la promoción de directores Dogma 95, que pretendió caracterizarse como un movimiento de vanguardia, Vinterberg abordó un tema parecido en su película La celebración (1998), solo que en esta el abuso sexual sí había ocurrido, mientras que en La caza el profesor Lucas no tiene culpa, ya lo hemos dicho.
Vinterberg muestra la facilidad con la que la broma infantil de una niña de kínder se puede convertir en la sentencia de muerte de un adulto, cuando la directora de la escuela no sabe cómo actuar y decide, literalmente, huir, no sin antes dar la voz de alarma (por si acaso) contra el degenerado. Todo ello en un país elogiado por su educación, pero donde a las primeras de cambio al señalado le apedrean la casa. Ah, pero eso sí, en la escuelita hay una “hora de la fruta”. Muy saludable, claro que sí. Acaso el mejor lugar para señalar el surgimiento de la maldad es ese hermoso sitio de casas perfectas en medio del bosque de los ciervos.
Llama la atención que para interpretar al pobre hombre que va a convertirse en el paria del lugar se haya elegido a Mikkelsen, ahora conocido por su papel de asesino antropófago en la serie de televisión Hannibal (2013-), de Bryan Fuller, en la cual el actor interpreta al sofisticado psiquiatra afecto a la carne humana que hace décadas se hizo famoso gracias a la interpretación de Anthony Hopkins en El silencio de los inocentes. Antes, Mikkelsen había encarnado al temible villano Le Chiffre de Casino Royale, de la saga 007. Sin embargo, a pesar de esos registros, Mikkelsen es aquí una víctima con apenas unos aliados.
Vinterberg deja de lado cualquier extravagancia, como sí ocurría con la cámara en mano de La celebración o esa suerte de western delirante que se llamó Querida Wendy, acerca del peligroso juego de un grupo de jóvenes enamorados de las armas como vía de emancipación.
Las armas, se supone, son para las personas maduras, como lo deja claro el epílogo de la cinta. Al menos esa es la idea pero también hay un afán de ajusticiamiento que persigue con tenacidad al protagonista. Además de la engañosa belleza del pueblo, Vinterberg aprovecha el simbolismo de la Navidad, presentada como fiesta de la confrontación antes que de la armonía.  
Se discute mucho si el arte tiene una función didáctica y las respuestas por lo general tienen qué ver con un consumidor hedónico que no está dispuesta a asumir ningún compromiso. Sin embargo, nos parece evidente que La caza advierte de los peligros que subyacen no en la fantasía de los niños, sino en el morbo de los adultos. Aquí y en Dinamarca.


viernes, 24 de mayo de 2013

Motocicleta al pasado

Cruce de caminos (The Place Beyond the Pines, EUA, 2012), dirigida por Derek Cianfrance, es la historia de Luke (el ubicuo Ryan Gosling), un motociclista acróbata quien decide dedicarse a robar bancos para recuperar a su familia.
Ese al menos es el arranque de un drama con elementos de thriller policiaco y de acción que luego toma otros derroteros, de forma cada vez más sorpresiva. En esos virajes inesperados, como las peligrosas carreras en motocicleta del personaje central, radican los aciertos de esta cinta, con frecuencia imprevisible.
En estas páginas comentamos en su momento el anterior largometraje de Cianfrance, Triste San Valentín. Una historia de amor (Blue Valentine, 2010), acerca del amor fallido de una pareja norteamericana, también con Gosling en uno de los papeles protagónicos. Una película acerca de la estruendosa caída del amor romántico, idea que también aparece en Cruce de caminos.
Cuando Luke, convertido en criminal, tiene que enfrentarse con la policía, la película da uno de sus giros: se convierte en la historia de Avery (Bradley Cooper), policía novato quien tiene que enfrentarse con la corrupción de la institución de la cual forma parte. Todo un subgénero que incluye cintas como Asuntos sucios (Internal Affairs, 1990), de Mike Figgis, Tierra de policías (Cop Land, 1997), de James Mangold o bien Los infiltrados (The Departed, 2006), de Martin Scorsese, por citar ejemplos muy comentados en su momento.
Historias de policías corruptos agrupados en torno a los intereses de una mafia, combatida por un hombre tan heroico como solitario. Sin embargo, la película de Cianfrance es el replanteamiento de esa premisa, cuando el personaje al cual le correspondería el papel de héroe sin tacha tiene también otros intereses.
La película cubre un arco de quince años y en su tercer acto nos da cuenta del ascenso de un político corrupto y la forma en la cual su vida converge con los personajes que hemos conocido previamente. Hay un vistazo a dos generaciones de norteamericanos y la forma en la cual problemas estrictamente familiares o muy cotidianos (el padre ausente, la disputa por los hijos, algún alumno problema) tienen también una trascendencia mucho más amplia.
De acuerdo con la cinta de Cianfrance los problemas de la juventud remiten al pasado y con patetismo el director nos muestra cómo la vida de un joven, Jason (Dane Dehaan), está condicionada por las obras de gente que ya ha ni siquiera vive.
En su libro Etnología y utopía. Respuesta a la pregunta: ¿Qué es la Etnología? (1971), el filósofo español Gustavo Bueno nos ofrece la siguiente sistematización: el pasado es la clase de acontecimientos que nos influyen, pero sin que pueda haber reciprocidad de nuestra parte. En cambio, quienes intervienen en el presente se influyen mutuamente. Por lo tanto, nosotros influimos con nuestros actos en el futuro, pero las personas inmersas en él ya no podrán afectarnos, aunque sí gozar o sufrir por lo que hemos hecho.
Como puede verse, Cruce de caminos es la representación de lo anterior, con un personaje cuyos actos criminales van a condicionar el presente y el futuro de otras personas. El muerto cambia la vida de la gente pero esta ya no puede interactuar con quien ha fallecido.
El cine de Alejandro González Iñárritu, por ejemplo, es el ejemplo actual por excelencia de un cine del presente, porque nos muestra cómo convergen las vidas de diversos personajes, quienes interactúan entre sí; todo ello por medio de un accidente automovilístico que, a su pesar, los reúne.
Las carreteras y los caminos, las calles de la ciudad, van a jugar en Cianfrance el papel de metáforas del ciclo vital de unos personajes que no siempre van a entender por qué viven determinada aventura.
Caminos en el bosque para que el mafioso ajuste cuentas con el rebelde. Calles de la ciudad para que el conductor escape de sus perseguidores. Bicicleta de adolescente que remite a la moto de las viejas hazañas. Carretera para convertirse en motociclista en una suerte de homenaje. Una imagen desgastada, si se quiere (la vida como encrucijada), pero que The Place Beyond the Pines asumirá coherentemente de principio a fin.


sábado, 18 de mayo de 2013

Romanticismo aterrizado

Amor y letras (Liberal Arts, EUA, 2012, la segunda película de Josh Radnor como escritor y director, luego de su debut Happythankyoumoreplease (2010), insiste en los temas que lo han hecho famoso como actor, particularmente gracias a la desigual serie de televisión que protagoniza desde hace años, How I Met Your Mother.
Sin embargo, lo que en este popular programa es mera extravagancia alrededor de las relaciones amorosas, en su más reciente filme se convierte en oportuna crítica de ciertas élites (literarias, en este caso), en una tradición que lo conecta con el mejor Woody Allen; todo ello con el agregado de que el cine de Radnor tiene la ventaja de no ser catalogado de inmediato como de índole intelectual (léase pretenciosa).
Radnor deja de lado el humor delirante que lo ha hecho famoso en favor de una comedia romántica entendida como crítica de lo supuestamente intocable: el humanismo, la cultura, el arte y la literatura; palabras capaces de contagiar con su prestigio a quienes las usan y que la película se atreve a poner en entredicho.
En Amor y letras, Radnor interpreta a Jesse, un empleado que regresa hasta su idealizada universidad de Ohio para homenajear a un ex profesor. Sumido en la nostalgia de sus años como estudiante de letras, Jesse, de 35, conoce a Zibby (Elizabeth Olsen), una atractiva alumna con la cual comparte el amor por la literatura pero que es 16 años menor que él.
Además de seguir las desventuras amorosas de Jesse, la película se centra en la posibilidad del cinismo como forma de afrontar las carencias de los literatos, incapaces de combinar lo aprendido en las aulas con su desempeño en el mundo, con frecuencia deficiente. En semejante escenario, los personajes se debaten entre la ingenuidad y la amargura, cuando no en el intento de suicidio, con todo y referencia a la obra de un escritor de muerte trágica como David Foster Wallace y su novela La broma infinita.
Casi por nada Jesse es el encargado de las admisiones en una universidad de Nueva York, por lo que está al tanto de los más variados impulsos y malentendidos alrededor de la educación universitaria, como queda claro desde la primera escena.
Sin embargo, Amor y letras es una comedia que hacia el final ofrece una solución, pertinente o no, ya se verá, a propósito de una de las grandes contradicciones de quienes se dedican al estudio de las letras: el descubrimiento de que con frecuencia la personalidad de los estudiosos de la más bella literatura está marcada por la misantropía y la represión del sentimentalismo que cierta narrativa tanto reivindica. Como lo dice uno de los personajes: “Pon una armadura alrededor de ese empalagoso corazoncito tuyo”.
Un tono de comedia que no renuncia a la densidad de las ideas, a veces con mayor tino que muchos críticos literarios. En un pasaje, Jesse conversa con un joven acerca de la utilidad de la literatura: dicen que leemos para combatir la soledad, explica, pero leer te puede dejar sin vida social, agrega. Esa es una de las claves de la película, la principal preocupación de Jesse: ¿con quién comparte su vida el literato? Con los libros, dirán algunos.
Eternamente comprometidos (The Five-Year Engagement), de Nicholas Stoller, que ya comentamos en su momento en estas páginas, también abordaba los problemas internos de la academia norteamericana. La cinta de Stoller se ocupaba del gremio de los psicólogos, que en los literatos de Amor y letras encontraría sin duda un filón inagotable. Otro de los juegos de la cinta: el guía de Jesse en los misterios del campus es un joven con gorro peruano interpretado por un galán de adolescentes, Zac Efron.
El filme se burla de los tópicos y asume la consabida dificultad de los literatos para encontrar un trabajo, aunque como decíamos no se queda en ello y aporta una solución al vértigo del protagonista durante su viaje al pasado: el amor a la literatura encuentra su culmen cuando es una forma más de la pasión amorosa, como queda claro en la decisión final de Jesse.
Habrá quien critique el afán “conservador” de la película, al mostrar las tribulaciones de un personaje que se niega el placer de estar con quien más lo tienta. Es lo que implica hacer una película con rasgos de romanticismo aterrizado y no autodestructivo.


jueves, 9 de mayo de 2013

Enorme gesta, héroe diminuto

El mérito de Peter Jackson como adaptador de las novelas de Tolkien no es menor, sobre todo si se piensa en el estilo plagado de digresiones del autor inglés, como lo saben los lectores de El Señor de los Anillos (1954-55), su obra maestra.
Además, en una época supuestamente herida por el cinismo de la confusa posmodernidad, una novela de caballería planteada como aventura trascendental y solemne tendría que estar condenada al fracaso. Como se sabe, con su versión de la trilogía, Jackson ganó todos los honores.
Algo parecido puede decirse de El Hobbit (1937), en la cual el gran enfrentamiento con el dragón Smaug, por ejemplo, se dilata todo lo posible, con detalles de sus anteriores estropicios.  
Estamos de nuevo ante el elogio de la criatura débil, el hobbit, que logra superar sus carencias para convertirse en una figura heroica cuyo ideal es la tranquilidad rutinaria del hogar. Así, Jackson ha acometido la historia de cómo el joven Bilbo Bolsón (Martin Freeman) se hizo del anillo que todos recuerdan, al tiempo que se unió a la gesta de los enanos para recuperar su tesoro.
Se ha criticado la decisión de Jackson, más mercantil que artística, nos dicen, de hacer una trilogía también con El Hobbit, cuando su extensión no parecía justificarlo (el libro tiene 310 páginas en mi edición). A la vista tengo el volumen de Guerra y paz, de Tolstói, que llega hasta 1,175, mientras que la versión cinematográfica de King Vidor es de “apenas” poco más de 2.40 horas. La versión animada de El Hobbit, de 1977, de solo 77 minutos, parece dar la razón a los críticos.
Sin embargo, Jackson ha decidido tomarse su tiempo y, como no puede ser de otra forma, hacer un buen negocio. Sin embargo, como siempre ocurre, hay pasajes que la película enriquece, al mismo tiempo que demerita otros. Lo prudente de tal decisión se sabrá cuando el proyecto se haya exhibido en su totalidad, en 2014.  
La clave de El Hobbit aparece muy pronto, en las primeras páginas del libro: los Bolsón son considerados respetables en su Comarca porque “nunca tenían una aventura ni hacían algo inesperado”. La película se encarga de poner a Bilbo Bolsón precisamente en las antípodas, de la forma más abrupta: al principio de forma cómica, con los enanos en su casa, pero luego dramáticamente, cuando el hobbit se enfrenta con el peligro.
Dicho lo anterior hay que decir que a pesar de las críticas, El Hobbit: Un viaje inesperado (The Hobbit: An Unexpected Journey, EUA| Nueva Zelanda, 2012), es una película de aventuras excelsa, con escenas de batalla cuya construcción nos recuerda la facultad de Jackson para organizar complicadas coreografías. Compárese El Hobbit con la versión televisiva de Juego de tronos, por ejemplo y la maestría de Jackson para la acción salta a la vista… aunque sin sangre, lo cual es ridículo (pero comercial).
Estupenda también es la recreación del enfrentamiento por el reino enano de Moria entre Thorin (Richard Armitage) y el orco blanco Azog (Manu Bennett), “el más vil de toda su raza”. Otra vez, como en aquella escena de La Comunidad del anillo, la escena del héroe que mutila la mano su enemigo (precedente de Star Wars).
Sin embargo, cosa curiosa, las mejores escenas de acción son aquellas en las cuales los enanos huyen, como en la carrera hasta el Camino Escondido, cuando los orcos y sus lobos wargos persiguen a Thorin y sus hombres.  
Otra muestra es la persecución en la cueva. Gandalf (Ian McKellen) y los enanos se enfrentan con los trasgos del Gran Goblin en lo profundo de las Montañas Nubladas, una secuencia que está entre lo mejor de la película. Daniel Krauze, en su texto para el blog de Letras Libres, es de una opinión muy distinta, hay que decirlo (ver “The Hobbit”, En pantalla, 20 de diciembre de 2012).
Es notable como Jackson se solaza en la fealdad de los villanos (pura estética de lo grotesco), como el temible orco Azog y su brazo mutilado pero, sobre todo, el Gran Goblin (Barry Humphries), con su papada enrojecida; no hay que olvidar a los numerosos trasgos colmilludos y orejones que lo acompañan.
Se ha criticado la tendencia de Jackson a resolver escenas por medio de la intervención divina (deus ex machina), como si a los personajes los salvara la campana a cada rato. Sin embargo, en la novela, las águilas gigantes tienen una estructura jerárquica y militar, desde que son guiadas por el Señor de las Águilas, custodiado por sus guardianes, cosa que Jackson no se molesta en aclarar; de la misma forma, los lobos son reducidos a meras bestias para transporte. En fin, mucho de qué hablar y apenas vamos por el sexto capítulo del libro. Ya veremos.