sábado, 19 de noviembre de 2011

Dar la vida por el barrio bravo


Ganadora de la Mejor banda sonora original, del Premio Especial del Jurado, del Gran Premio del Público El Periódico de Cataluña y del Premio de la Crítica José Luis Guarner, la película Attack the Block (Reino Unido| Francia, 2011), debut del director británico Joe Cornish, fue una de las películas más comentadas del Festival de Sitges.
Su historia puede resumirse como sigue: la invasión extraterrestre en un barrio del sur de Londres, defendido por una pandilla de adolescentes, quienes se atrincheran en su edificio de departamentos para sobrevivir. La apuesta principal radica en la interacción entre los personajes, quienes se comunican en el habla popular londinense, lo cual consigue un efecto cómico. O bien, las escenas de acción que tienen lugar cuando extraterrestres y pandilleros se enfrentan en un combate que no tiene poco de desigual.
Cornish es nada menos que el guionista de la reciente película de Steven Spielberg, la adaptación de las aventuras de Tintín, el famoso personaje de historieta. A su favor puede decirse que se detiene en el dibujo de los personajes, que no son meras caricaturas, sobre todo en el caso del líder de la banda, Moses (John Boyega), un quinceañero de rostro endurecido que recuerda a Denzel Washington. Es precisamente el orgullo del joven (quien no se deja amedrentar por la “humillación” de un extraterrestre) lo que da pie a todo el conflicto.
También hay que mencionar a Pest (Alex Esmail), un blanco que se comporta como negro y que a veces funciona como comparsa cómica de Moses. La pandilla resulta ser un grupo en el cual no cualquiera tiene cabida, como puede verse cuando otro joven blanco, Brewis (Luke Treadaway), trata de convivir con los reyes de la cuadra.
Pest y el resto de los integrantes del grupo siguen ciegamente a su líder, en una suerte de cohesión muy firme frente a los extraterrestres y quien sea, aunque se trate de un traficante local o el mismo gobierno, que aquí es representado como una fuerza opresora más, incapaz de tratar con tino a los jóvenes infractores, de ahí que estos busquen su revancha y ni se planteen pedir ayuda a la policía.
Cornish plantea el conflicto como si se tratara de un juego, al mismo tiempo que deja claro que los errores tienen graves consecuencias, a veces mortales, como queda claro con la caída de más de un personaje importante. Un juego que también puede redimir.
Sin embargo, lo más brillante de la película es esa forma en la cual se presenta a los personajes como arraigados en un barrio que será todo lo hostil que se quiera, pero que es amado por los pandilleros, como sabemos por ese diálogo entre la enfermera Sam (Jodie Whittaker) y sus nuevos “amigos”. Lo anterior ocurre en la mejor tradición de Los Guerreros (The Warriors, 1979), aquella película de Walter Hill que nos mostraba la accidentada peregrinación de la pandilla del título desde el Parque Central de Nueva York hasta su querida Coney Island.
Los pandilleros de Cornish son más jóvenes pero eso no impide su desencanto. En una de las escenas, sin embargo, con apenas un vistazo a una habitación juvenil (que parece la de un niño, con un edredón del Hombre Araña), el director nos muestra con sutileza la clave de la personalidad de uno de los personajes.
El actor Nick Frost, uno de los protagonistas de El desesperar de los muertos (Shaun of the Dead, 2004) tiene a su cargo varias escenas cómicas como Ron, el aficionado al canal de documentales. No se queda atrás Jumayn Hunter, quien interpreta a Hi-Hatz, el jefe gansteril: la escena en la cual conduce con imprudencia mientras escucha un himno rapero no tiene desperdicio.
En cuanto a los extraterrestres, hay que decir que tienen un diseño original, lo cual no es poco después de décadas de películas de ciencia ficción con alienígenas en el elenco. Lo anterior aunque no esté claro cómo semejantes bestias, en apariencia salvajes, pueden viajar por el espacio, como ha dicho con acierto el crítico norteamericano RogerEbert.





sábado, 12 de noviembre de 2011

El virus destruye la ciudad

Contagio (Contagion, EUA| Emiratos Árabes Unidos, 2011), del norteamericano Steven Soderbergh, cuenta la historia de la pandemia provocada por el surgimiento de un nuevo virus, capaz de provocar la muerte en días. Como no se dispone de la vacuna en poco tiempo se eleva la mortandad en todo el orbe. Así, conocemos las vidas de diversos personajes, afectados por la enfermedad y los esfuerzos del gobierno de los Estados Unidos para tratar de encontrar una cura.
El 6 y 7 de octubre se presentó en el Festival de Sitges, dedicado al cine fantástico y de terror, esta película de Soderberg, quien hace ya varios años, en 1989, debutó en otro festival, el de Cannes, con Sexo, mentiras y video (1989), ganadora de la Palma de Oro. Como se sabe, desde entonces este director ha tenido una de las evoluciones más radicales de la industria, además con notable éxito: de ser el realizador de una película de bajo presupuesto, muchos diálogos y actores poco conocidos (es decir, de cine independiente, como se dice) pasó a convertirse en el responsable de cintas como La gran estafa y secuelas, proyecto con estrellas como George Clooney y Brad Pitt en el elenco. Lo mismo pasa en Contagio, plagada de rostros famosos, aunque de acuerdo con los preceptos del cine de autor Soderbergh repite con Matt Damon, que ya había actuado para él antes.
Soderbergh es tan polifacético que sus trabajos pueden abordar los problemas del narcotráfico en México (Traffic), adaptar una novela de ciencia ficción (Solaris), o bien hacer un recuento biográfico de un icono de la revolución cubana (Che, el argentino). Contagio no hace sino confirmar lo anterior y rehuir el encasillamiento, ahora por medio de un filme apocalíptico y muy actual, como se sabe en el mundo posterior a la enfermedad de las vacas locas, el virus AH1N1  y la gripe aviar.
Así, inscrita, si se quiere, en el cine de terror (lo decimos por su programación en un festival dedicado a ese y otros géneros), la película empieza por desmarcarse de la tendencia actual y se aleja de cualquier referente sobrenatural, como la variante zombi, ahora tan en boga.
En Contagio no hay zombis originados por la radiación de un satélite, como en el clásico de George Romero La noche de los muertos vivientes. Recientemente hablamos en estas páginas de El planeta de los simios-(R)evolución, donde también hay un peligroso virus. Los “infectados” de Exterminio (28 days) eran las víctimas de un virus liberado accidentalmente por un grupo animalista, pero Contagio está mucho más cerca de Epidemia (Outbreak, 1995), de Wolfgang Petersen, estrenada durante el auge en los medios del virus del ébola.
Además, en Contagio hay mucha más atención a los personajes y sus problemas familiares, sobre todo en el caso de Damon y su hija adolescente, en medio de un romance en plena epidemia. En ese sentido, Contagio rescata para el drama una historia de sobrevivencia que se había vuelto exclusiva del cine de terror al uso.
Sin embargo, creemos que la insistencia de Soderbergh en mostrar ciudades enormes, en las cuales el virus se antoja casi imposible de detectar, se debe a que se pone el énfasis en la ciudad como plataforma estatal por excelencia. “Los chinos no negocian con terroristas”, dice uno de los personajes, cuando se enfatiza que la nacionalidad de las personas y su clase social juegan un papel muy importante en el acceso a medicamentos. Lo anterior ocurre en un mundo falsamente posmoderno, donde se vende la ideología de un ciudadano globalizado que puede prescindir de estructuras estatales y de fronteras, como se escucha en la retórica de múltiples “indignados”. O bien, otro mito: la sociedad de la información en la era de la emergencia del Internet, que en la película tiene a un difusor de rumores como “profeta”.   
Más que explotar de forma oportunista la paranoia del cinéfilo, Soderbergh ha filmado, con su habitual solvencia, un alarde técnico acerca de la destrucción de las ciudades, todas en permanente conflicto.


jueves, 3 de noviembre de 2011

El fantasma es una lámpara


Del 6 al 16 de octubre se llevó a cabo el Sitges 2011, 44 Festival Internacional de Cinema Fantàstic de Catalunya, festival español dedicado al cine de género del orbe. La semana pasada comentábamos Red State, la ganadora del premio principal. Ahora toca comentar una película que no gozó del reconocimiento de la anterior, a pesar de que es una verdadera lección de cómo filmar una película de fantasmas sin recurrir a las trampas de siempre.
Durante décadas, debido a la imposición como modelos de películas de terror simplemente deleznables (como El exorcista), se ha pensado que desde la fantasía se puede filmar cualquier cosa. Así, no importa que sea simplemente imposible que el cuello de un ser humano gire 360 grados: si la película es de terror estamos ante un truco válido y el cuello de una niña poseída no tiene porqué responder a las leyes de la física, porque el diablo lo vuelve irrompible.
En Biutiful, por ejemplo, el director Alejandro González Iñárritu no tiene reparo en alternar escenas “realistas” (los bajos fondos de la Barcelona reciente) con apariciones súbitas de fantasmas, como si se pudiera saltar arbitrariamente de un registro a otro, sin la más mínima transición.
Biutiful comienza como una película “realista”, decíamos, con Javier Bardem que habla con su hija en un contexto muy cotidiano pero, de repente, nos instala en el otro mundo, en el más allá, que es visto como un lugar nevado donde los muertos se encuentran y conversan, en lo que parece ser la puerta de entrada al paraíso, como se insinúa.
Otra cosa sería haber empezado la película con la escena del paisaje nevado: de esa forma, el espectador habría sido puesto en situación desde el principio, para luego permitirse, ya con otras condiciones, harto distintas, la propuesta de una historia sobrenatural donde vivos y muertos se enfrentan entre sí. Es decir, del paraíso hasta la tierra, pero no al revés.
Como queda claro en películas como La noche del demonio (Insidious, 2010), de James Wan, al fantasma le es dado aparecer de pronto, en un contexto cotidiano, porque si al director le place el aparecido puede estar al lado de los vivos cuando quiera.
En cambio, películas como Los otros (2001), de Alejandro Amenábar, entienden que debe haber una mínima transición. En Los otros vemos a los fantasmas desde el primer momento, no aparecen bruscamente como figuras gaseosas que se solidifican para aterrar.
El 15 de octubre se exhibió en Sitges Eternity (Tee Rak, Tailandia, 2010), de Sivaroj Kongsakul, cinta hablada en tailandés que nos cuenta una historia de amor necesariamente nostálgica.
El fantasma aparece en las primeras escenas, bajo la forma de un motociclista que deambula por el campo solitario. Pero el espectador no sabe que está ante un fantasma y de ahí la exasperación del público de Sitges. El hombre deambula por caminos desolados y por una casa que abandonada. Y rompe a llorar. En el río, se recuesta en una barca y de pronto alguien lo llama: “Wit… Wit”. Desaparece del encuadre y vemos aparecer otra balsa, tripulada por Koi, quien lo llama: “Wit… Wit”. Ahora estamos en el pasado, cuando Wit vivía y pasaba un fin de semana en el campo con su prometida, Koi. Wit sale del agua, más joven y bromista, ajeno al dolor de estar muerto y lejos de Koi.
Hay escenas de la vida cotidiana de los novios, que comen, limpian un poco, hacen turismo: visitan un templo y un lugar donde las parejas se juran amor eterno. En un cementerio, Wit llora.
Luego hay un corte, una elipsis de años y ahora Koi es mayor, con hijos grandes. Wit ha muerto.  Es la cotidianeidad de la viuda, una profesora que enseña poemas de amor a sus alumnos. En algún lugar está la moto abandonada de Wit. El fantasma se manifiesta de la forma más sutil: una lámpara que se enciende, como si se tratara de una falla, de una jugada extraña de un aparato caprichoso.
El fantasma no es la excepción en Eternity: al contrario, es la regla, porque reclama su sitio como el primero para luego ceder espacio a los vivos. Ahí está la lección de Sivaroj Kongsakul y su respeto al público.