viernes, 24 de febrero de 2012

A las riendas de una guerra con sentido

Está de moda decir que algo es “épico” con cierta ligereza, nada más porque sí. “Epic fail”, dicen los jóvenes cuando algo sale mal, aunque lo hagan desde contextos aburguesados que nada tienen que ver con los encontronazos militares que precisamente inspiraron a la poesía épica o las gestas de los héroes.
Así que Steven Spielberg acaba de recordarnos el significado de esa palabra con una película que, como es su costumbre, apela a una producción impecable para contar una historia que tiene que ver con el apego a la tierra y la familia, en este caso amenazada por la guerra.
A muchos de sus críticos, sobre todo fuera de Norteamérica, les cansa ese “discurso” de Spielberg que juzgan grandilocuente y patriotero. En Salvando al soldado Ryan, los militares, hombres sencillos que han dejado a sus familias para ir a la guerra, ponen en riesgo sus vidas en nombre de valores que otros juzgan absurdos. Los soldados de Cara de guerra, de Kubrick, por ejemplo, van con el cinismo por delante para sobrevivir. Cineastas distintos, ideas diferentes. Sin embargo, los dos arman hasta los dientes a sus soldados.
A pesar de ese rechazo ideológico que a veces despierta, Spielberg se mantiene fiel a su manera de entender el cine. Porque al parecer el problema no es que reivindique “valores familiares”, sino que no sea el Terrence Malick de lafallida aunque elogiada El árbol de lavida.
Caballo de guerra (War Horse, EUA, 2011), confirma lo anterior. A partir de la “novela para niños” de Michael Morpurgo y la adaptación teatral de ésta, Spielberg cuenta la historia de un caballo, Joey y los distintos dueños que tendrá entre Inglaterra y Francia, cuando el animal se vuelve un participante más de la Primera Guerra Mundial. De esa forma, el espectador será testigo de las aventuras del caballo y las personas que se encargan de su cuidado. Todas ellas nobles, curiosamente.
Como estamos ante una épica, Spielberg nos ahorra los detalles de aquella guerra, como las trincheras y sus ratas, o la explícita carnicería que no tuvo problema alguno en filmar para las escenas iniciales de Salvando al soldado Ryan. Hay escenas muy crueles, pero en esos momentos siempre hay alguien “humanista” que llega al rescate, como en el accidente con los alambres de púas. Ese humanismo es el que está detrás de la charla entre el alemán y el inglés en el frente, por ejemplo.
Pero al margen de esas escenas, acaso ingenuas o solamente improbables (la agudeza en política no es lo suyo, como lo dejó claro en Munich), la grandeza de Spielberg está en su habilidad como orquestador de imágenes como la carrera del caballo por el campo de batalla, la irrupción del tanque, las bombas y los destellos de las bombas.
Se ha acusado a Spielberg (y a su amigo y colaborador George Lucas) de saber poco del mundo. En cambio, el norteamericano ha sabido compensar su poca “vagancia” con el apoyo de un elenco muy competente para encarnar a personajes que serán puestos a la dura prueba de representar el dolor de la guerra sin caer en excesos. En ese sentido es de elogiar el papel del actor francés Niels Arestrup, quien hace el papel del abuelo.
La multiplicidad de historias no llega a ser excesiva y los caballos nunca pasan a ser meramente secundarios, aunque ese tampoco es el papel de las personas que intervienen en la historia.
Así como The Artist (que comentábamos aquí la semana pasada) reivindica el cine mudo pormedio de una historia acerca de su decadencia, Spielberg hace un elogio de ciertas instituciones caducas por medio de la confrontación de éstas con la tecnología en ascenso. Así queda claro en esos planos de las metralletas y la caballería, o el ya citado tanque.
Algo semejante ocurría precisamente entre los guerreros escoceses de Corazón valiente, de Mel Gibson, quienes enfrentaban a los caballos con lanzas. O bien, en el elogio que hace Peter Jackson de los caballos de Rohan (por cierto, capaces de vencer las lanzas) en la saga El señor de los anillos.
Un conflicto bélico arrebata cosas, como nos muestran, pero los personajes de Spielberg creen que es importante participar. La guerratiene sentido, pues. Por eso mismo se le censurará, aunque también será alabado.

domingo, 19 de febrero de 2012

Silencio a la vieja usanza

Es una ironía que el cine sonoro, que hace décadas desplazó al cine mudo, ahora pierda la partida frente a una curiosidad, una película que es eso precisamente: muda. Desde luego, no es exacto decir que el cine sonoro pierde, porque nos referimos a que ha sido derrotado en festivales como Cannes, donde The Artist (“El artista”, Francia| Bélgica), de Michel Hazanavicius, la película que ahora comentamos, obtuvo el premio al mejor actor para su protagónico, Jean Dujardin, galardón que se llevó de nuevo en los Globos de Oro de este año, donde además fue premiada en la categoría de mejor película musical o comedia. Por lo mismo, es una de las favoritas para el Óscar.
Es decir, décadas después de que el cine mudo cayó en desuso por su mermada convocatoria en taquilla, una película muda y por si fuera poco en blanco y negro, se vuelve el centro de la atención. Y, para mayor ironía, el asunto de la película es la decadencia de una estrella del cine mudo, George Valentin (Dujardin), quien es desplazado por la llegada de las “habladas”. Por lo tanto, la película de Hazanavicius es un inteligente juego que desplaza a la “modernidad” del cine hablado por medio de la imitación de la reliquia.
El éxito de The Artist en realidad sólo nos recuerda que la idea de progreso es difícil de aplicar en el arte, donde una vieja tecnología puede cobrar actualidad nuevamente, como es el caso.
Son memorables los planos en que el director nos muestra a los personajes mientras suben y bajan escaleras, mientras los extras le dan dinamismo a las escenas. The Artist realmente parece una película muda y ahí está su gran acierto, en la recreación no sólo de una época, finales de los veintes, cuando se estrenó El cantante de jazz (1927), la primera película hablada, sino toda de una determinada forma de hacer cine, con el candor de aquellos años.
Sin embargo, vale la pena reflexionar acerca de la necesidad de filmar una película muda en 2011. ¿Para qué? Si de lo que se trata es de ganar premios con una jugada que revitaliza lo que se daba por muerto estamos ante un éxito incuestionable. Se ha dicho que The Artist es un homenaje al cine. ¿Y qué película no lo es, aún desde su más profunda mediocridad?
Lo mejor de The Artist es el desempeño de sus dos actores: el ya mencionado Dujardin, quien resume con simpatía a los galanes del viejo cine, y la belleza sencilla de Bérénice Bejo, quien hace el papel de una estrella en ascenso, la deslumbrante Peppy Miller. Dujardin expresa el dolor de saberse desplazado por medio de una risible película de aventuras (la escena de la arena movediza) o una secuencia muy dramática, como en el incendio. Hasta la presencia de un perro, Jack (Uggie), la mascota del actor, es aprovechada como un antídoto para excesos melodramáticos.
The Artist llega en un momento en el cual se revitalizan las viejas modas, el estilo “vintage”, nos dicen, con películas como la excelente Mildred Pierce, con Kate Winslet, o la serie Mad Men
Ya desde 2005, varios años antes de The Artist, la Sociedad Histórica H. P. Lovecraft, presentó unaversión de La llamada de Cthulhu (EUA), dirigida por Andrew Leman, un cortometraje de casi 50 minutos que adapta un cuento de Lovecraft escrito en 1926. Y las razones de los productores para hacer un filme silente se derivan de las características del cuento: no tiene diálogos y no trata de mostrar las relaciones entre diversos personajes. Además, se usó una tecnología llamada Mythoscope, una mezcla entre nuevos y viejos recursos.
Hasta entonces, en la era sonora, el cine mudo había sido un recurso del cual los cineastas echaban mano en momentos muy puntuales, como en Hable con ella (2002), de Almodóvar, que incluye un corto mudo, Amante menguante, como un detalle del humor erótico y afortunado de este director.
Por eso no deja de ser osado hacer todo un largometraje mudo de 100 minutos (la duración promedio de una cinta en nuestros días) una aventura que en este caso, como hemos dicho, ha sido coronada con la gloria dedicada a las viejas películas.

sábado, 11 de febrero de 2012

Detalles de la vida ilegal

La relación de los mexicanos con los Estados Unidos siempre ha estado marcada por el conflicto. EUA es interpretado con frecuencia como el país imperialista que ha sabido sacar la mejor parte de su cercanía con México, desde luego que en clave de explotación. O bien, es el modelo de sociedad organizada bajo ciertas pautas que a México le ha resultado imposible alcanzar.
Ciudades como Tijuana, Nogales y Hermosillo, particularmente en el caso de esta última, son construidas en base a la imitación de las ciudades estadounidenses. ¿Quién es capaz de negar que la máxima aspiración de algunos hermosillenses sea parecer gringo? Unos dirán que “no” con la chamarra tipo college puesta.
Lo cierto es que para bien o para mal la vecindad con los norteamericanos ha dado pie a cierto tipo de relaciones, que en 2010 alcanzaron un momento de especial crispación con las manifestaciones de los hispanos (que no “latinos”) avecindados en Norteamérica, cuando el gobierno de Arizona promovió su ley SB1070, orientada a un control más estricto de los ilegales.
De inmediato hubo marchas multitudinarias y se publicaron muchos artículos en la prensa, así como comentarios en contra en las redes sociales. En todos esos casos, ya sea por medio de la pancarta, el muro de facebook o el “twitt”, se denominaba a la iniciativa legal en cuestión como de “derecha”, “fascista” o “nazi”, ideologías que para efectos prácticos son lo mismo (como nos cuentan los ilustrados militantes de la izquierda progresista).
Semejantes discusiones podrían avivarse de nuevo ahora que el actor mexicano Demián Bichir ha sido nominado al Óscar a mejor actor protagónico por la cinta A Better Life (“Una vida mejor”, EUA, 2011), de Chris Weitz, en la cual interpreta a Carlos Galindo, un mexicano avecindado de forma ilegal en Los Angeles, donde trabaja como jardinero mientras trata de educar a Luis (José Julián) su hijo adolescente.
Sin embargo, la película no es para nada una apología del activismo de los hispanos ilegales, como puede verse en una de las escenas. “Nada”, dice Carlos cuando su hijo le pregunta acerca de la manifestación de hispanos que los personajes miran de lejos. Weitz ha filmado una cinta en la cual el inmigrante de origen mexicano aspira a ser uno más entre los estadounidenses, sin reivindicaciones políticas a favor de un México que encontraría precisamente en los mojados una forma de reapropiarse de antiguas posesiones.
El director, Chris Weitz, ha evolucionado desde productos típicos de la comedia juvenil como American Pie, a finales de los noventas, hasta la estupenda Un gran chico (2002), aquella cinta de Hugh Grant acerca de un adulto irresponsable que de repente se ve obligado a educar a un adolescente solitario. Por más que el contexto sea harto diferente, en la convivencia entre los muchachos de la escuela y la interacción entre padre e hijo, en A Better Life son innegables los ecos de aquel trabajo. Otra cosa muy distinta son proyectos alimenticios de Weitz como Luna nueva, de la saga Crepúsculo.
A Better Life es una película muy sencilla que no depara grandes sorpresas en su historia. La dureza de la vida para los ilegales en EUA es de sobra conocida, igual que el problema de las pandillas, que ya se ha expuesto en trabajos como Santana. ¿Americano yo? (1992).
El gran acierto de A Better Life está en los detalles: el pájaro que se acerca a tomar agua. En el jardín, el trabajador que cuida de las pequeñas plantas que nunca crecerán en su casa, porque son para las mansiones de los ricos. La vista de la ciudad desde lo alto de una palmera. El duelo de miradas entre los presos por una querida fotografía. La cara maltrecha del joven, que lo delata como un nuevo pandillero. O bien, el torso y los brazos limpios del muchacho en la escena en la cual se quita la camiseta. Escenas en las que el espectador saca sus conclusiones sin que medie ninguna explicación, porque sobra.
Es de destacar el reconocimiento a Bichir, quien igualmente podría haber sido nominado por su interpretación de Fidel Castro en Che, el argentino. En última instancia, parece que él sí podrá aspirar a una vida mejor.

sábado, 4 de febrero de 2012

Romántica persecución


La BMW produjo entre 2001 y 2002 The Hire, un conjunto de ocho cortometrajes que fueron distribuidos gratuitamente en Internet, dirigidos por famosos nombres de la industria como Ang Lee, Tony Scott, John Woo y protagonizados por Clive Owen, quien interpretaba a un misterioso chofer sin nombre, siempre a bordo de un vehículo de aquella compañía.
El Conductor estaba encargado de llevar hasta su destino a los personajes más variopintos,  desde una estrella pop hasta un líder religioso. Los viajes, como era de esperarse, estaban llenos de peligro y escenas de acción, planeadas especialmente para el lucimiento de la marca. 
De inmediato esos cortos inspiraron un largometraje construido con la misma fórmula: Transporter consagró a Jason Statham como un héroe capaz de rebelarse contra su supuesto individualismo para sacar la cara por las víctimas del crimen organizado, es decir, tan convencional como exitoso (lleva dos secuelas).
La base de Drive (EUA, 2011), la película que ahora nos ocupa, no es muy distinta, aunque la clave está en el tratamiento. Ryan Gosling interpreta a un personaje cuyo nombre no conocemos, llamado “Conductor” en los créditos finales, quien alquila sus servicios como chofer de ladrones. Así, el espectador atestigua el compromiso del chofer con su tarea, así como su posterior enamoramiento de una joven mesera, Irene (Carey Mulligan), en nombre de la cual parece capaz de todo.
Se ha dicho que la cinta es “un thriller hollywoodense de estilo ochentero” (Leonardo García Tsao, La Jornada, 23/mayo/2011). Sin embargo, por la perseverancia de su personaje protagónico, también recuerda a otro conductor, el Kowalski de Vanishing Point (Punto límite: cero, 1971), aquella película de Richard C. Sarafian cuyo guión, escrito por Guillermo Cabrera Infante, se encargaba de mostrar las secretas motivaciones de un veterano de Vietnam y ex piloto de carreras para desafiar a la policía durante una persecución fatal.  
En Drive, sin embargo, el guionista Hossein Amini, quien en el pasado trabajó con un material tan distinto como el drama de época Las alas de la paloma (en base a una novela nada menos que de Henry James), evita cualquier referencia al pasado del personaje, enigmático y salvador, al grado de que parece una puesta al día del príncipe azul de los viejos cuentos de hadas, ahora enfrentado a los criminales de Los Ángeles. El personaje apenas habla, solo conduce.
Drive es una de las películas más románticas de 2011. Así lo confirma, por ejemplo, la acertada elección de las canciones de su banda sonora. Primero, “Nightcall”, del músico francés Kavinsky, en la cual se escucha la voz de la cantante brasileña Lovefoxxx: “Hay algo dentro de ti/ Es difícil de explicar/ Todos hablan de ti, muchacho/ Pero tú sigues igual”. Un verdadero enigma de amor juvenil. O bien, el tema “A RealHero”, de la banda College y Electric Youth: “Un ser humano de verdad y un héroe real”, nos dicen. De esa forma se revela cuáles son los sentimientos de Irene y lo que el conductor significa para ella.
Las escenas de acción, muy impactantes, parecen más bien el medio para demostrarnos que, como se ha dicho, el personaje de Gosling desborda los límites porque tiene un objetivo muy claro que no descarta el sacrificio.
El culmen llega con la escena del bar, con el camerino de las bailarinas semidesnudas y el personaje frente a su rival. Hay un martillo, como en la cinta coreana Oldboy y otro objeto también muy significativo.
Gosling vuelve a salir exitoso con otra de sus caracterizaciones, primero con frialdad aunque luego hay detalles que nosdemuestran que no es una simple caricatura, como su mirada y un ligero temblor en los momentos más peligrosos. Al resto del elenco también hay que considerarlo, desde la dama joven en peligro hasta los villanos, Ron Perlman y sobre todo Albert Brooks
Marginada en las nominaciones a los premios Oscar, Drive fue ganadora en Cannes del premio al mejordirector para el danés Nicolas Winding Refn.