domingo, 25 de marzo de 2012

Misterio regular en Nueva York

Ciertamente, el personaje principal de Tan fuerte y tan cerca (Extremely Loud and Incredibly Close, EUA, 2011), de Stephen Daldry, el niño Oskar (Thomas Horn), no es para nada accesible. Javier Ocaña, crítico de cine de El País, no se detiene al momento de decir que Oskar es “insoportable” y “casi abofeteable” (edición del 15/marzo/2012). Mientras, Luis Martínez, de El Mundo, rechaza la película por su sentimentalismo (10/02/2012), así como la idea de que éste debe ser reconocido como una de las formas de arte más sublime.
El reto del director era mayúsculo: filmar una película sobre el 11 de septiembre en Nueva York centrada no tanto en los atentados, como lo hizo Oliver Stone hace unos años, sino en el efecto que tienen éstos en una familia.
El tema, obviamente muy delicado, ponía a prueba el talento de este realizador, que en el pasado estuvo al frente de cintas muy elogiadas, como Billy Elliot, Las horas y El lector.
Oskar, un niño extremadamente inteligente pero que padece un síndrome que anula sus habilidades sociales, pierde a un ser muy querido en la tragedia de las Torres Gemelas. Al quedarse sin su compañero de juegos más comprensivo, el niño emprende una búsqueda por la ciudad, con el objetivo de aclarar un misterio, luego de lo cual espera obtener una explicación para la violencia tan absurda que acaba de sufrir. El síndrome, decíamos, hace que el niño diga todo lo que piensa y demande muchísima atención de quienes lo rodean.
Hay quien ha comparado a Oskar con Sheldon, el famoso personaje de The Big Bang Theory, el científico pedante que desprecia el bajo nivel intelectual de sus amigos, pero que al mismo tiempo sufre numerosos equívocos por su torpeza al momento de convivir.
Quienes buscan un personaje entrañable tal vez se equivocan de película. Y decimos tal vez porque habrá quien diga que Oskar es una maravilla. Cuando los hermanos se encuentran (Rain Man), por ejemplo, logró conmover a las multitudes con la historia de un autista que, en efecto, resultaba muy chocante para su cuidador, aunque muy simpático por sus ocurrencias. Si conquistar el corazón de la gente era su objetivo, Tan fuerte y tan cerca es un fracaso. Hay que decir que las masas, como las llaman, son caprichosas y pretender satisfacerlas es una labor titánica a la altura de Hollywood, desde luego.
En nuestra opinión, la gran apuesta de la película es plantearnos un misterio. Y en ese sentido, el resultado es decepcionante. Nada más anticlimático que la escena en la cual el espectador por fin descubre la utilidad del objeto que intriga al niño.
En cambio (y en eso coindicen los mismos críticos que denuestan la película y a su protagonista), el gran mérito lo tiene el personaje de Max von Sydow, el actor de Bergman que en esta ocasión se luce una vez más. En ese sentido, puede decirse que Daldry no se va sin dejarnos al menos un carácter memorable, como ya había ocurrido en el caso de su niño bailarín, Billy Elliot, las mujeres atormentadas de Las horas (sobre todo en el caso de la Virginia Woolf de Nicole Kidman) y la interpretada por Kate Winslet en El lector.
Se ha dicho que pretender filmar imágenes supuestamente poéticas a partir de las escenas de muerte y caos del 11-S es tramposo e inapropiado. ¿De veras? Pocos muertos han sido más humillados por las teorías más conspiranoicas que quienes fallecieron en las Torres Gemelas, en esa jornada de sangre que todos recordamos. Hay quienes en el más repulsivo de los delirios, se han atrevido a negar la existencia de los pasajeros de uno de los aviones implicados.
Así que no entendemos qué daño pueda significar que un niño construya un diorama con la imagen de un hombre que salta de las torres. Es más, de esa forma, cuando nos muestran los objetos que el niño ha construido, es cómo el personaje se redime y se muestra de verdad ingenioso.
La película es una adaptación de la novela de Jonathan Safran Foer, cuya literatura ya había sido llevada al cine con éxito en el caso de Todo está iluminado.

domingo, 18 de marzo de 2012

La madurez es para mediocres

Adultos jóvenes (Young Adult, EUA, 2011), de Jason Reitman, el director de Juno, es una película cuya temática a estas alturas ya es típica de los últimos años, cuando la visión más bien amarga de la vida adulta como una etapa de mínimas retribuciones cada vez es más común en la comedia romántica norteamericana, aún en sus manifestaciones más vulgares.
Véase, por ejemplo, Pase libre (Hall Pass), de los hermanos Farrelly, cuyo impulso cómico está alimentado por el patetismo de sus personajes, hombres casados que pretenden escapar de la rutina de sus vidas por medio de hipotéticas aventuras con jovencitas. Obviamente, las consecuencias de semejante objetivo resultan ridículas.
Estamos ante la crisis de los cuarentones convertida en asunto prioritario, como también ocurre en La boda de mi mejor amiga (Bridesmaids), en las antípodas de series de televisión como Modern Family, por ejemplo, que pone en el centro de la atención a familias lo suficientemente exitosas como para soslayar sus problemas cotidianos, nunca demasiado graves.
Así, 2011 fue el año de la burla a costillas del adulto fracasado que lucha por recuperar la estabilidad familiar  al mismo tiempo que se desengaña de las supuestas ventajas de las relaciones sin compromiso (como en Crazy Stupid Love).
Sin embargo, la principal apuesta de Adultos jóvenes, a diferencia de los otros filmes citados, es renunciar a la moraleja (al “moralismo”, dirán algunos) para en cambio mostrar el empecinamiento de su personaje principal en su renuncia al ideal de las mayorías que a ella le resultan mediocres: la casa en los suburbios, el trabajo estable, la pareja, los niños (“los bebés son aburridos”).
La alternativa a esa trampa en que se ha convertido la existencia del otrora joven despreocupado y moderno, está encarnada en una belleza rubia y displicente, incapaz de conmoverse con la desgracia ajena pero que al mismo tiempo se concibe, a pesar de la evidencia, como una persona por encima de los límites del adulto provinciano. 
Mavis Gary (Charlize Theron) se gana la vida como escritora fantasma, alguien que redacta libros que son firmados por otros, en este caso una saga para adolescentes venida a menos (algo que luego da pie a un chiste sobre Crepúsculo). Así, sus aventuras en su pueblo natal, a donde vuelve para recuperar lo que según ella le pertenece (su antiguo novio, ahora casado y con un bebé), están acompañadas por la lectura en voz en off de la última historia de la serie. En ese paralelismo están algunos de los mejores momentos de la película, con la hilarante autocomplacencia del personaje principal. 
Interludios musicales a cargo de Teenage Fanclub y “The Concept”, una canción que parece escrita para el personaje. Luego, sesiones de manicura y salón de belleza para dejar impecable a una persona que previamente habíamos visto en su caótico departamento. Mavis se engaña por medio de rituales de consumismo y un pasado que se adivina menos glorioso de lo que parece, pero nadie la enfrenta.
La excepción es Matt (Patton Oswalt), de la misma generación de Mavis y que en aquellos años sufrió una experiencia muy violenta; pero el guión de Diablo Cody (quien también colaboró en Juno con Reitman) no se detiene al momento de ridiculizar la desgracia de Matt, para quien no hay “violencia de género” que valga.
Roto y lúcido, Matt recuerda a otro personaje de otro contexto muy distinto, elenano Tyrion Lannister de la saga novelística Canción de fuego y hielo (interpretado en su adaptación televisiva, Juego de tronos, por Peter Dinklage). Y a quienes la comparación les parezca forzada, que reparen en las figuras de acción que Matt construye con devoción.
Otro de los personajes, el príncipe azul convertido en papá, Buddy Slade, es interpretado por Patrick Wilson, que en el pasado encarnó a un personaje en una situación parecida en Juegos secretos (Little Children).
Con humildad, la película renuncia a dar lecciones de vida y en cambio se regodea en alimentar el cinismo de su personaje, cuando lo rescata de las situaciones más humillantes por medio de una sabiduría muy cruel en la cual apenas hay sitio para privilegiar a unos pocos.

viernes, 16 de marzo de 2012

El tigre extinto que acecha

El primer gran acierto de The Hunter (“El cazador”, Australia, 2011), película de Daniel Nettheim, es recuperar para su historia el tilacino, también conocido como tigre de Tasmania, un marsupial carnívoro oficialmente extinto desde los años treintas.
Sin embargo, como lo sabe cualquier afecto a los documentales del National Geographic, hay testimonios de personas que aseguran haber visto este misterioso animal. A partir de la novela homónima de Julia Leight, The Hunter se aprovecha de esos rumores para construir una película de aventuras que echa mano además de polémicas ecologistas, lo cual da como resultado un filme en el cual las relaciones entre los personajes están cifradas por un misterioso animal tutelar cuya influencia es mayor de la que se cree.
Martin David (Willem Dafoe) es un cazador que recibe una encomienda de una poderosa  empresa: obtener los restos del último tilacino. Para ello se transporta a Tasmania, donde bajo otra identidad (se hace pasar por científico) tendrá que enfrentarse con el recelo de los lugareños, al mismo tiempo que se relaciona con un grupo de ambientalistas.
Desde las primeras escenas, cuando vemos los artículos de limpieza perfectamente alineados, sabemos que el personaje se distingue por su disciplina, la misma que le impide interesarse por los atractivos turísticos de la ciudad. O bien, el ritual de sus morosos baños de tina.
En Tasmania, el cazador, experto en arrebatar la vida, se verá en la encrucijada de tener que defenderla. Los leñadores del pueblo necesitan trabajar, pero los ecologistas no están de acuerdo con la tala del bosque, que protegen. Así, el protagonista llega a un pueblo tan hostil como dividido.
El animalismo, ideología actualmente muy poderosa, está detrás de buena parte de la película, con momentos de mera propaganda en favor de los jipis ambientalistas, en detrimento de los bárbaros que han cometido el pecado de ser leñadores, tan extravagantes que son afectos a comer. A pesar de eso, la historia apuesta por la redención en una escena definitiva por el enfrentamiento entre el cazador y una de sus presas.
El talento de Nettheim queda patente en una de las mejores escenas de la película, ambientada con la canción de Bruce Springsteen, “I’m on Fire”, con la dicha de la mujer, al final trastocada.
O bien, en la dirección de actores. Sorprende lo que el realizador ha logrado con la niña, Sass (Morgana Davies) la hija del explorador perdido, y su hermano, el niño mudo, Bike (Finn Woodlock), quienes protagonizan algunos de los mejores momentos. Así, The Hunter también es un drama acerca de la familia que se sueña feliz, acaso de una forma apenas ilusoria, como en ese día de campo.
Sin embargo, el tilacino no es un mero pretexto para darle trascendencia a un drama que no excluye la anécdota amorosa, con un pretendiente que trata a la mujer con abnegación.
Desde los dibujos infantiles, que decoran el muro, el tigre de Tasmania se revela como una figura capaz de intervenir en el destino de todos los personajes, aunque algunos de ellos simplemente desconozcan su existencia. Por el tilacino se mata y en él, señor del bosque, está la clave.
El tilacino de The Hunter se nos muestra así como un remedo de aquellos animales del paleolítico inmortalizados en las cavernas a manera de pinturas rupestres. Bestias veneradas como dioses, como explica el filósofo español Gustavo Bueno en su teoría de la religión.
De acuerdo con esa clasificación, The Hunter sería un caso de cine religioso primario, como ocurre en Tiburón (1975), de Steven Spielberg y El oso (1988), de Jean-Jacques Annaud. El animal es temido, venerado y también se busca su derrota.
Sin embargo, a diferencia de sus predecesoras, en The Hunter estamos ante el último tilacino, la especie de la cual todos hablan, un dios agonizante y que tiene entre sus buscadores a sus auténticos devotos. De lo mejor de 2011.

domingo, 11 de marzo de 2012

Más allá de la de nota roja

Kill List (Reino Unido, 2011), de Ben Wheatley, es una historia enigmática como pocas, desde el momento en que hay que esperar varios minutos antes de que se revele cuál es la ocupación de los personajes centrales, una pareja de amigos en cuya interacción radica una de las claves de la película: Peter Bradshaw, de The Guardian, explica que los protagonistas, Jay (Neil Maskell) y Gal (Michael Smiley), funcionan a la manera de un dueto cómico y que en ello está la mayor virtud de la cinta.
El prólogo de la película nos muestra los detalles de la vida doméstica de Jay, con su esposa, Shel (MyAnna Buring), que lo riñe a cada rato porque está desempleado. El otro integrante de la familia es Sam (Harry Simpson), el hijo de ambos. De esa forma, Kill List se revela como una violenta vertiente del drama doméstico, con una estética que recuerda los programas de telerrealidad (el reality show desde hace años tan en boga), que se ocupan precisamente de mostrar las intimidades de la familia disfuncional del presente.
Dosis generosas de humor negro y mucho misterio, como decíamos, con alusiones a un último y al parecer desastroso trabajo en Kiev cuya naturaleza no se aclara. O bien, la participación de varios personajes que, se sugiere, no son lo que parecen o bien se comportan de forma por demás absurda. ¿Alguien puede dar las gracias cuando están a punto de dispararle?
Hay además escenas cuya relación con la verdad es ambigua. El protagonista, inmerso en una violencia que lo desborda y que no es capaz de entender, tiene visiones que no se pueden señalar de inmediato como falsas. La imagen de la mujer, por ejemplo, afuera del hotel, quien levanta un brazo para saludar. Pareciera que estamos ante un sueño pero no se puede juzgar con exactitud.
Luego, cuando finalmente el espectador sabe a qué se refiere la lista del título, las acciones se llevan a cabo con una brutalidad propia del naturalismo. Otras veces, el dolor se sugiere por medio del audio, la tortura que otros ven pero que nosotros sólo escuchamos sin poder precisar lo que ocurre. Y así, de repente, el plano de un arco iris al fondo.
El terror aquí viene producido por varios factores aunque sobre todo por la cercanía de los terribles acontecimientos que se muestran, reconocibles en cualquier recuento de la nota roja de hoy. Sin embargo, la película tiene más de una sorpresa reservada y no se queda en la mera crónica de varios asesinatos. 
Además del mérito de sus actores, el principal logro de Kill List es la forma en la cual sugiere que hay una maldad inconmensurable en el mundo y que hay muchas formas en que un personaje puede alcanzar su particular redención.
Una vez que la verdad (la escabrosa verdad) se descubre, en retrospectiva puede entenderse que desde muy temprano comienza a sugerirse la anomalía de la cinta. El juego en el jardín, por ejemplo, que de esa forma deja de ser inocente.
O la discusión de Jay con un grupo de fanáticos religiosos, muy apropiada si se tiene en cuenta el final. La sorpresiva conclusión hace sospechar la existencia de relaciones entre los personajes que hasta el momento parecían ya resueltas, pero que en realidad no son para nada claras.
El espectador mexicano encontrará en esta película inglesa la violencia y la muerte que se ha vuelto cotidiana en México desde hace unos años. Pareciera extraño que el cine de terror asuma la vertiente sobrenatural (con frecuencia de forma muy vulgar) y pretenda asustar a los espectadores, muchas veces con éxito, por medio de trucos baratos que sin embargo inspiran el respeto de algunos. Ahí está El rito, por ejemplo, con su reivindicación del satanismo a décadas de El exorcista. ¿Por qué recurrir a espíritus malignos cuando ya la realidad es tan corrupta y fatal?
A su manera, Kill List parece contestar esa pregunta: detrás de la violencia puede haber cosas todavía más peligrosas y retorcidas, más allá de lo policiaco aunque todavía en este mundo que se vuelve cada vez más inaprensible.
Ganadora del Meliès d’Argent a la Mejor película europea en el Festival de Sitges 2011.

lunes, 5 de marzo de 2012

Problemas familiares en Hawái

Los espectadores familiarizados con el cine del norteamericano Alexander Payne verán Los descendientes (The descendants, EUA, 2011), como el desarrollo lógico que la filmografía de este director sugiere: la construcción de un conjunto de personajes masculinos al momento de enfrentarse con las diversas formas de la crisis vital.
Las criaturas masculinas de Payne adquieren diversas apariencias, aunque todas ellas con algo en común: en sus años de madurez se descubren en desventaja, traicionados. Puede ser que se encuentren en franca decadencia, como el anciano interpretado por Jack Nicholson en Las confesiones del Sr. Schmidt (2002), víctima del exceso de tiempo libre en una sociedad que lo desecha apenas se retira.
O bien, el personaje puede ser como el escritor fracasado de Entre copas (2004), interpretado por Paul Giamatti, quien durante una excursión por los viñedos californianos (el vino es una de sus pasiones) sueña con una compensación no demasiado tardía para su maltrecha vida amorosa.
El papel de ese varón enfrentado con un reto que necesariamente lo rebasa ahora corre a cargo nada menos que de George Clooney, cuyo perfil de galán maduro ha sido más que exaltado a lo largo de varios momentos de su filmografía.
Los descendientes es una cinta que apuesta precisamente por la opción contraria, pero de una forma que no sorprende al tratarse de una película de Payne, quien después de todo ya se había encargado de reducir a cenizas la sonrisa sardónica y triunfal de Nicholson para hacer de él un viejo vulnerable.
Nada que ver con el Clooney que ha llegado a ser héroe de acción en películas como en La gran estafa. Matt King, el protagonista de Los descendientes, está más cerca de otro trabajo de Clooney, Michael Clayton, aquel abogado venido a menos quien, a pesar de sus problemas, tiene la fuerza para enfrentarse con una poderosa compañía. Por eso King, a pesar de algunos precedentes que lo anuncian, es inédito en la filmografía de Clooney, quien encarna a un padre atribulado y que lucha por educar a sus hijas al mismo tiempo que trata de superar la deslealtad de un ser muy querido.
En ese detalle (la deconstrucción de Clooney como galán, podría decirse), está uno de los méritos de la cinta. El otro es la forma en la cual el guión vincula a los personajes con la tierra de los ancestros (como se indica en el título).
Es como si las tribulaciones de una de las hijas de King, una adolescente conflictiva que trata de dejar las drogas, estuvieran conectadas con los viejos pobladores de alguna isla hawaiana, inmortalizados en las fotos familiares que se nos muestran mientras el protagonista nos describe sus genealogías. Esos antepasados, omnipresentes (como lo demuestra la decisión final de King), contribuyen a darle densidad a la historia.  
O bien, el partido que se saca de la naturaleza no sólo como falso paraíso en las primeras imágenes, sino también como metáfora de la familia (islas desperdigadas).
De esa forma, Los descendientes desborda la simple historia de intrigas familiares que la superficie de su argumento parecía anunciar, aunque desde luego no desecha del todo esta última, como puede verse en la aventura de la búsqueda del amante desconocido. 
En los filmes previos que comentábamos, Payne recurrió a la película de camino (road movie, como dicen en EUA), con el sr. Schmidt durante sus vacaciones forzosas, de la misma manera que la pareja de amigos recorría el campo de Entre copas. En Los descendientes, los personajes también emprenden un viaje, vuelos a través del archipiélago y alguna excursión a un paisaje tan sobrecogedor como simbólico.
Finalmente, es en su sentido del humor, cada vez más acabado, donde el director confirma de nuevo una de sus virtudes. Humor en momentos difíciles, no sólo como bálsamo sino como recordatorio de lo absurdo de ciertas situaciones.
Para el recuerdo queda la imagen de la niña traviesa que se mide la ropa de su hermana. O el amigo incómodo, quien está ahí para representar la torpeza de cierto cine juvenil norteamericano, aunque luego dará una sorpresa.
Los descendientes bien puede convertirse este domingo, al final de la ceremonia del Óscar, en la mejor película del ámbito comercial norteamericano.(Publicada originalmente en el periódico mexicano Primera Plana el viernes previo a la entrega del Óscar)