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domingo, 19 de febrero de 2012

Silencio a la vieja usanza

Es una ironía que el cine sonoro, que hace décadas desplazó al cine mudo, ahora pierda la partida frente a una curiosidad, una película que es eso precisamente: muda. Desde luego, no es exacto decir que el cine sonoro pierde, porque nos referimos a que ha sido derrotado en festivales como Cannes, donde The Artist (“El artista”, Francia| Bélgica), de Michel Hazanavicius, la película que ahora comentamos, obtuvo el premio al mejor actor para su protagónico, Jean Dujardin, galardón que se llevó de nuevo en los Globos de Oro de este año, donde además fue premiada en la categoría de mejor película musical o comedia. Por lo mismo, es una de las favoritas para el Óscar.
Es decir, décadas después de que el cine mudo cayó en desuso por su mermada convocatoria en taquilla, una película muda y por si fuera poco en blanco y negro, se vuelve el centro de la atención. Y, para mayor ironía, el asunto de la película es la decadencia de una estrella del cine mudo, George Valentin (Dujardin), quien es desplazado por la llegada de las “habladas”. Por lo tanto, la película de Hazanavicius es un inteligente juego que desplaza a la “modernidad” del cine hablado por medio de la imitación de la reliquia.
El éxito de The Artist en realidad sólo nos recuerda que la idea de progreso es difícil de aplicar en el arte, donde una vieja tecnología puede cobrar actualidad nuevamente, como es el caso.
Son memorables los planos en que el director nos muestra a los personajes mientras suben y bajan escaleras, mientras los extras le dan dinamismo a las escenas. The Artist realmente parece una película muda y ahí está su gran acierto, en la recreación no sólo de una época, finales de los veintes, cuando se estrenó El cantante de jazz (1927), la primera película hablada, sino toda de una determinada forma de hacer cine, con el candor de aquellos años.
Sin embargo, vale la pena reflexionar acerca de la necesidad de filmar una película muda en 2011. ¿Para qué? Si de lo que se trata es de ganar premios con una jugada que revitaliza lo que se daba por muerto estamos ante un éxito incuestionable. Se ha dicho que The Artist es un homenaje al cine. ¿Y qué película no lo es, aún desde su más profunda mediocridad?
Lo mejor de The Artist es el desempeño de sus dos actores: el ya mencionado Dujardin, quien resume con simpatía a los galanes del viejo cine, y la belleza sencilla de Bérénice Bejo, quien hace el papel de una estrella en ascenso, la deslumbrante Peppy Miller. Dujardin expresa el dolor de saberse desplazado por medio de una risible película de aventuras (la escena de la arena movediza) o una secuencia muy dramática, como en el incendio. Hasta la presencia de un perro, Jack (Uggie), la mascota del actor, es aprovechada como un antídoto para excesos melodramáticos.
The Artist llega en un momento en el cual se revitalizan las viejas modas, el estilo “vintage”, nos dicen, con películas como la excelente Mildred Pierce, con Kate Winslet, o la serie Mad Men
Ya desde 2005, varios años antes de The Artist, la Sociedad Histórica H. P. Lovecraft, presentó unaversión de La llamada de Cthulhu (EUA), dirigida por Andrew Leman, un cortometraje de casi 50 minutos que adapta un cuento de Lovecraft escrito en 1926. Y las razones de los productores para hacer un filme silente se derivan de las características del cuento: no tiene diálogos y no trata de mostrar las relaciones entre diversos personajes. Además, se usó una tecnología llamada Mythoscope, una mezcla entre nuevos y viejos recursos.
Hasta entonces, en la era sonora, el cine mudo había sido un recurso del cual los cineastas echaban mano en momentos muy puntuales, como en Hable con ella (2002), de Almodóvar, que incluye un corto mudo, Amante menguante, como un detalle del humor erótico y afortunado de este director.
Por eso no deja de ser osado hacer todo un largometraje mudo de 100 minutos (la duración promedio de una cinta en nuestros días) una aventura que en este caso, como hemos dicho, ha sido coronada con la gloria dedicada a las viejas películas.

martes, 13 de diciembre de 2011

La boda del fin del mundo


En 1998, los grandes estudios cinematográficos dieron muestra de su sentido de la oportunidad cuando aprovecharon la paranoia alrededor del cambio de siglo con el estreno de un par de películas acerca del fin del mundo, comerciales donde las haya: Armaggedon e Impacto profundo. En ambas, un meteoro gigantesco amenazaba con impactarse con la Tierra, con las consecuencias de rigor.
Dotadas de efectos especiales impecables y de una concepción más bien delirante de la ciencia, ambas más bien eran dramas sin mayores pretensiones y que apenas se salvaban de la rutina del cine de desastres, que cada cierto tiempo la industria se encarga de revisitar con mayor o menor fortuna, como decíamos hace unas semanas en este mismo espacio a propósito de Contagio.
Tampoco parece casual que este año dos de las películas que competían por la Palma de Oro en el Festival de Cannes, El árbol de la vida, de Terrence Malick (que ya hemos comentado) y la que ahora  nos ocupa, Melancolía (Melancholia, Dinamarca| Suecia| Francia| Alemania, 2011), de Lars von Trier, compartan esas imágenes del cosmos y nuestro planeta ambientadas con música clásica, Wagner en el caso de este último.
El drama de nuestros tiempos parece estar interesado en resaltar la escala “cosmológica” desde la cual hay que interpretar las vidas de sus personajes, ciertamente empequeñecidos al lado de la grandeza imprevisible del espacio exterior, como ocurre en otras películas de las cuales nos hemos ocupado este año, como la estupenda Another Earth.
Melancolía cuenta la historia de dos hermanas, Justine (Kirsten Dunst) y Claire (Charlotte Gainsbourg), con motivo de la accidentada boda de la primera, quien parece tener un problema psicológico. Eso o es clarividente. Ya desde las primeras secuencias, vemos que un planeta gigantesco se aproxima peligrosamente a la Tierra. La segunda parte de la película nos informa de las consecuencias que provocará ese misterioso planeta, llamado precisamente Melancolía.
A lo largo de su filmografía, el director danés Lars von Trier se ha encargado de forjar una trayectoria a medio camino entre la innovación en terrenos dramáticos y la extravagancia, como lo evidencian cintas como Rompiendo las olas (1996), el musical Bailando en la oscuridad o bien el juego entre la apariencia y la verdad de Dogville. O el cine de “terror” en Anticristo.
En todas las anteriores, además, se cumple una de las constantes de su cine: la presencia de una mujer que se enfrenta a la violencia de una sociedad hostil, a veces de forma fatal. En Melancolía se regresa al tema de la mujer enloquecida aunque visionaria, como en Rompiendo las olas o Anticristo, ahora en el contexto de una familia acaudalada y destruida, completamente insolidaria, capaz del glamur más acabado pero incapaz de apoyarse, ni siquiera en la víspera del aparente fin del mundo.
Así, von Trier recupera un ambiente, la familia corrupta, que ya había explorado en La celebración (1998) otro director danés ThomasVinterberg, compañero de von Trier en la promoción de cineastas “de vanguardia” Dogma 95.
Las escenas oníricas del inicio, filmadas en cámara lenta, ceden el paso a unas imágenes más “documentales”, con cortes bruscos de edición, la crónica de la boda y la amenaza del desastre. También en Bailando en la oscuridad había más de un tratamiento visual, para diferenciar entre la vida cotidiana del personaje interpretado por Björk y sus fantasías musicales. Como se recordará, también en Anticristo hay una obertura con música clásica, con una escena filmada en blanco y negro y cámara lenta.
Con su actuación, premiada en el Festival de Cannes, Kirsten Dunst consigue mostrar la evolución de su personaje, atrapado entre la dulzura, la depresión y arrebatos de lucidez. El gran acierto de la película es mostrar los efectos de una hecatombe exclusivamente en una familia acomodada, al contrario de lo que ocurre en el cine de desastres, que trata de abarcar personajes de todas las clases sociales y culturas. Con ironía, la cinta parece subrayar que tal vez lo mejor sea el fin, ante un conjunto de personajes tan retorcido.
Mucho mejor que Anticristo, que nunca se define con certeza para salir al paso de su ambición, Melancolía conjuga ese afán experimental que siempre ha distinguido a von Trier de una forma mucho más eficaz, a salvo de sus bien conocidas y no siempre bien coronadas pretensiones.