miércoles, 5 de septiembre de 2012

Mentira política contra el renegado

El legado de Bourne (The Bourne Legacy, EUA, 2012), de Tony Gilroy, es la cuarta entrega de la saga que en el pasado estuvo protagonizada por Matt Damon, entre 2002 y 2007. De hecho El legado… se desarrolla más o menos al mismo tiempo que la tercera parte, Bourne: El ultimátum, en la cual el proyecto del Departamento de Defensa de los EE.UU. para la formación de asesinos internacionales es evidenciado. Así, en El legado de Bourne atestiguamos el intento de un grupo de funcionarios del gobierno en cuestión para ocultar las pruebas de sus manejos.
Evidencia ambulante de esas iniciativas militares es Aaron Cross (Jeremy Renner), uno de los agentes, de ahí que sus jefes quieran aniquilarlo. Esto no será fácil, porque el cuerpo de Cross ha sido transformado genéticamente, es un cyborg, de ahí que su fuerza e inteligencia sean superiores.
La saga Bourne parte de las novelas de Robert Ludlum, que en el cine alcanzaron su culmen bajo la dirección de Paul Greengrass, quien le dio a la serie el estilo, a veces documental, que las identifica; todo ello con los guiones de Gilroy, el actual director de la franquicia.
En la interpretación de Damon, Bourne se hizo famoso como un agente secreto trágico, que no tiene claro quién es; una crisis de identidad canalizada por la sobrevivencia y la venganza que pronto contagió a muchas otras películas, que se vieron forzadas a filmar la violencia al estilo Bourne.
En ese sentido hay que ver la evolución de James Bond con el actor Daniel Craig, la serie Venganza (Taken), con Liam Neeson, Sin salida (Abduction), Misión Imposible 3 y 4, así como Indomable (Haywire), todo ello posterior a Bourne. Héroes que no conspiran tanto y en cambio golpean mucho, como bien explica el periodista Toni García (“El futuro del espionaje ya está aquí”, El País, 15/agosto/2012). 
Nosotros agregaríamos a la lista El invitado (Safe House), con Denzel Washington, Desconocido (Unknown), también protagonizada  por Neeson y por último Cleanskin, con Sean Bean, que prueban la vigencia en taquilla de las historias acerca de las operaciones secretas de la CIA y otras agencias.
El espía que sabía demasiado (Tinker Tailor Soldier Spy, 2011), de Thomas Alfredson, contaba una historia de espías clásica, centrada en las fricciones entre las grandes potencias durante la Guerra fría. Si contrastamos esta con El legado de Bourne, veremos que sus diferencias son enormes, así como distintos son sus objetivos. Tony Gilroy contaba en Michael Clayton, su debut como director, el enfrentamiento entre una empresa millonaria (capaz del crimen con tal de defender uno de sus productos) y el abogado estoico del título, elementos que ahora incorpora en El legado con algunas variantes.
En El legado de Bourne el acento está puesto de nuevo en las proezas físicas de su protagonista durante la lucha cuerpo a cuerpo y en las persecuciones automovilísticas, así como en la búsqueda de una solución para los efectos secundarios de su tratamiento genético. Las pesquisas de Cross recuerdan al replicante Roy Batty de Blade Runner, quien busca a su creador, el Dr. Eldon Tyrell, para que prolongue su vida. En este caso, Cross acude ante el personaje de Rachel Weisz, quien en la película se convierte en su aliada después de una escena que incluye otra referencia cinematográfica; nos referimos a la escena entre el Kyle Reese y Sarah Connor en Terminator: “Ven conmigo si quieres vivir”.   
Si la semana pasada mencionábamos el caso del Batman de Nolan, carente de superpoderes aunque reivindicador del orden estatal por medio de la tecnología y el altruismo, la nueva entrega de Bourne remite a los intentos de un imperio por preservar su poder por medio de elementos propios de la ciencia ficción, como queda claro en la escena que sirve para presentar al enemigo que Cross enfrenta en Manila. Todo ello mientras el héroe trata de evitar ser procesado por el sistema como “daño colateral”.
Un imperio capaz de recubrir el globo con sus acciones y de imponer la mentira política, como queda claro en el discurso del villano, interpretado por Edward Norton. Con la crónica de ese dominio político la película confirma su condición de gran espectáculo, como queda claro en la escena del lobo, de la pelea en la cabaña o en la persecución por Manila. Las virtudes del héroe no hacen sino reafirmar la fortaleza de sus adversarios.

 

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