viernes, 7 de junio de 2013

Víctimas de la comida rápida

La idea de Compliance (EUA, 2012), escrita y dirigida por Craig Zobel, es excelente, no así su desarrollo. Sandra (Ann Dowd), la gerente de un restaurante de comida rápida, ChickWich, recibe una llamada de un policía, el oficial Daniels (Pat Healy), quien le dice que una de sus empleadas, Becky (Dreama Walker), robó dinero de un cliente y este último ha presentado una denuncia. La película es la historia de cómo la joven es sometida a un trato cada vez más vejatorio por parte de sus empleadores para encontrar el botín del robo, todo ello por instrucciones del supuesto polizonte.
Es decir, un buen número de adultos obedece las cada vez más extrañas instrucciones de un desconocido… No, todavía peor: las órdenes dictadas por la voz de un desconocido, simplemente porque este dice ser un policía. Así que hay que obedecerlo, aunque ello implique desvestir a la joven, inspeccionarla hasta el último rincón y, el colmo, abusar sexualmente de ella.
Semejante historia precisa una verosimilitud a prueba de balas y ese es precisamente el problema: no hay tal, a pesar de que Zobel se apoya en oportunos letreros que nos aclaran que lo que vemos está basado en una historia real. Y no solo eso, sino que en Estados Unidos se han registrado setenta casos semejantes, agregan.
Aunque pase todos los días: Zobel puede mandar poner todos los letreros aclaratorios que quiera, lo cierto es que exige demasiado de los espectadores. Es lo mismo si la increíble historia que tiene lugar en la pantalla está inspirada en sucesos reales (igual se puede tratar de un tic borgiano de Zobel, a la manera de Fargo, de los hermanos Coen, aunque finalmente no es el caso). Lo importante es la ilusión de verdad, que lo que ocurre parezca real aunque en realidad no lo sea. Y no lo parece.
Sin embargo, desde el primer momento, Zobel intenta sentar los precedentes que habrían permitido que una persona inocente sea sometida a semejante humillación. Cuando la película empieza nos enteramos de que Sandra, la gerente, está preocupada porque uno de sus empleados (no sabemos quién) dejó la puerta de un congelador abierta. ¿El resultado? Pérdidas por 1,500 dólares.
Además, se avecina una tragedia en el imperio de la comida rápida, porque por otro error del personal el restaurante no tiene suficientes pepinillos ni tocino. Por si fuera poco, se dice que el inspector de la zona se dispone a hacerles una visita.
Es decir, la obediencia de Sandra se explicaría, al menos en parte, por su nerviosismo a propósito de las explicaciones que tendría qué dar a la cadena por sus errores al frente del negocio.
En otro diálogo nos enteramos de que Becky tiene problemas económicos y no puede permitirse perder el empleo. Por eso, se supone, habría aceptado de forma tan sumisa que la interrogaran.
Los defensores de la cinta, como el crítico norteamericano Roger Ebert (quien le dio tres estrellas de cuatro como calificación), esgrimen argumentos de orden psicológico relacionados con nuestra sumisión como especie ante la autoridad (o la aparente autoridad). Ebert de hecho cita los estudios de un científico, Stanley Milgram.
La pregunta de Ebert tal vez no sea del todo inoportuna: ¿qué habríamos hecho nosotros en semejante contexto? Sin duda Compliance es susceptible de convertirse en el centro de un debate interesante, siempre y cuando los espectadores resistan la falta de carácter de sus personajes. Una vez escuché de un director de cine lo siguiente: no me gusta cuando una historia depende demasiado de la falta de inteligencia de sus personajes. Compliance se viene abajo como ficción de no ser por la mansedumbre de quienes en ella intervienen. Compliance, al fin y al cabo, se traduce como “conformidad”.  
Sin embargo, el desempeño del elenco es notable, igual que el riesgo que ha corrido su director al llevar a la pantalla una historia sensacionalista que puede vender periódicos pero que como ficción poco tiene que aportarnos. Tal vez el error está en el formato y un documental habría sido un medio mucho más idóneo para contar una historia acerca de la facilidad con que determinados personajes asumen, según su carácter, el rol de víctimas o el de victimarios.
Acaso lo mejor de la película sea su lectura como síntoma: una sociedad marcada por la apremiante necesidad de comida rápida, pero que se toma su tiempo cuando se trata de abusar de un inocente.
Una nota curiosa: en España, Compliance se estrenó en el Festival de Sitges, dedicado al terror, como bien lo saben los lectores de este semanario. Tiene sentido.     
    


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