sábado, 30 de noviembre de 2013

Salud pública a precio de guerra futurista

La teoría del cine de autor, que defiende la recurrencia de determinadas características en las películas de un cineasta, se confirma con creces en el caso de Elysium (EUA, 2013), de Neill Blomkamp. Como se recordará, este realizador sudafricano llamó poderosamente la atención con su anterior película, Distrito 9 (2009), acerca de una colonia de extraterrestres afincada nada menos que en la Sudáfrica contemporánea y su convivencia (nada pacífica) con los humanos; una suerte de referencia al apartheid que además funcionaba como comedia delirante y película de acción. En Elysium, Blomkamp confirma su interés por ambientar sus películas en zonas de conflicto, en este caso una futurista Los Ángeles.
Estamos ante una película acerca de la decadencia de la Tierra que llega en un año en el cual este tipo de relatos ha abundado. Ya antes comentamos en este espacio Oblivion (con Tom Cruise) y hace poco se estrenó con poca fortuna comercial Después de la Tierra, protagonizada por la familia de Will Smith. Por lo demás, la distopía es una de las constantes del cine de ciencia ficción, con numerosos ejemplos que seguramente el lector recordará: El planeta de los simios, Mad Max... Los días del planeta están contados y el futuro necesariamente será nefasto, todavía más desigual y violento que el actual.
En ese sentido, la premisa de Elysium no es del todo novedosa. La Tierra está devastada por el desastre ecológico y las clases altas han emigrado a un satélite artificial que se encuentra en la órbita terrestre, llamado precisamente Elysium, donde el aire es limpio y las enfermedades degenerativas y los daños corporales más drásticos son curados por máquinas milagrosas; en esto último radicaría la nota de “innovación” que se pide en estos casos. En cambio, en la Tierra impera la enfermedad y la muerte, de ahí que emigrar hasta el satélite (ilegalmente, desde luego) es el sueño de muchos.
Max (Matt Damon) es un excriminal que ahora se gana la vida honestamente como empleado de una fábrica. Pero, por un accidente, se verá obligado a retomar sus viejas actividades, para tratar de llegar hasta el ansiado satélite y cumplir con una misión casi imposible.
Es decir, de nuevo hay una reivindicación revolucionaria contra los poderosos, porque la ciencia ficción pone de manifiesto, acaso con más frecuencia que ningún otro tipo de historia, las fricciones entre el Estado, la llamada “sociedad civil” (en este caso armada hasta los dientes) y un conjunto de aristócratas.
Sociedad robotizada en todos los sentidos, el gobierno de Elysium supone una fragilidad que será aprovechada por sus oponentes, con Max a la cabeza de una guerra que Blomkamp presenta con el virtuosismo que ya había demostrado en la citada Distrito 9. Cineastas de acción hay muchos y muy buenos, pero con poca frecuencia nos encontramos con uno que se preocupe por el dibujo de los personajes, así como por conocer sus motivaciones, que en el caso de Max son explícitas de sobra. Pero, no ocurre lo mismo con los villanos, producto de cierto maniqueísmo.
Jodie Foster saca adelante el papel de la secretaria de defensa, lo cual incluye un alegato a favor de la mano dura y el trabajo sucio, con una crítica a la doble moral de los gobiernos que desean mantener los privilegios de las clases altas pero sin violencia alguna. En varios casos, veremos cómo la política recurre a la violencia para mantener el orden en Elysium, eso sí, con planos de su rostro tal vez algo afligido. Hago el mal pero con cara triste.
Sin embargo, el otro villano, Kruger (Sharlto Copley) es quien se lleva las palmas. Protagonista de Distrito 9, Copley confirma sus dotes para la comedia, aunque se trate del retorcido sentido del humor de un sicario, que será el principal oponente de Max.
El guion de Blomkamp, sin embargo, desaprovecha algunas de sus propuestas, como el hecho de que la fábrica donde los proletarios trabajan sin ninguna garantía se dedica al ensamblaje de los mismos robots que luego reprimirán a la población. Una debilidad del sistema que nadie parece notar.
No obstante, Elysium se disfruta como un entretenimiento que se muestra capaz de sobrellevar sus limitaciones, que en todo caso parecen ser las propias de una ciencia ficción tan cruel como complaciente con su público, ansioso de redención (aunque sea en el futuro). Que tome nota Obama para su reforma de la salud pública.


2 comentarios:

  1. Hola, Manuel, hace rato no me daba una vuelta por aquí. Estoy de acuerdo contigo, la película es disfrutable. No obstante, considero que fue el hecho de que el director hace muy evidente su intensión redentora lo que viene a restarle méritos al filme.

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  2. Hola, Rafael. Efectivamente, puede resultar chocante el deseo de conciliar una situación tan desesperada con la redención final, que no sé si llamar final feliz; en esas cosas pesa el contexto, supongo, el cine de Hollywood, con estrellas incluidas y la aparente necesidad de esa industria por proporcionarles cierto bienestar a sus espectadores. Mira este enlace, está curioso: http://www.jornada.unam.mx/2014/02/13/espectaculos/a08n1esp. Saludos y date la vuelta más seguido.

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