Buscar este blog

Mostrando entradas con la etiqueta inglaterra. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta inglaterra. Mostrar todas las entradas

domingo, 11 de marzo de 2012

Más allá de la de nota roja

Kill List (Reino Unido, 2011), de Ben Wheatley, es una historia enigmática como pocas, desde el momento en que hay que esperar varios minutos antes de que se revele cuál es la ocupación de los personajes centrales, una pareja de amigos en cuya interacción radica una de las claves de la película: Peter Bradshaw, de The Guardian, explica que los protagonistas, Jay (Neil Maskell) y Gal (Michael Smiley), funcionan a la manera de un dueto cómico y que en ello está la mayor virtud de la cinta.
El prólogo de la película nos muestra los detalles de la vida doméstica de Jay, con su esposa, Shel (MyAnna Buring), que lo riñe a cada rato porque está desempleado. El otro integrante de la familia es Sam (Harry Simpson), el hijo de ambos. De esa forma, Kill List se revela como una violenta vertiente del drama doméstico, con una estética que recuerda los programas de telerrealidad (el reality show desde hace años tan en boga), que se ocupan precisamente de mostrar las intimidades de la familia disfuncional del presente.
Dosis generosas de humor negro y mucho misterio, como decíamos, con alusiones a un último y al parecer desastroso trabajo en Kiev cuya naturaleza no se aclara. O bien, la participación de varios personajes que, se sugiere, no son lo que parecen o bien se comportan de forma por demás absurda. ¿Alguien puede dar las gracias cuando están a punto de dispararle?
Hay además escenas cuya relación con la verdad es ambigua. El protagonista, inmerso en una violencia que lo desborda y que no es capaz de entender, tiene visiones que no se pueden señalar de inmediato como falsas. La imagen de la mujer, por ejemplo, afuera del hotel, quien levanta un brazo para saludar. Pareciera que estamos ante un sueño pero no se puede juzgar con exactitud.
Luego, cuando finalmente el espectador sabe a qué se refiere la lista del título, las acciones se llevan a cabo con una brutalidad propia del naturalismo. Otras veces, el dolor se sugiere por medio del audio, la tortura que otros ven pero que nosotros sólo escuchamos sin poder precisar lo que ocurre. Y así, de repente, el plano de un arco iris al fondo.
El terror aquí viene producido por varios factores aunque sobre todo por la cercanía de los terribles acontecimientos que se muestran, reconocibles en cualquier recuento de la nota roja de hoy. Sin embargo, la película tiene más de una sorpresa reservada y no se queda en la mera crónica de varios asesinatos. 
Además del mérito de sus actores, el principal logro de Kill List es la forma en la cual sugiere que hay una maldad inconmensurable en el mundo y que hay muchas formas en que un personaje puede alcanzar su particular redención.
Una vez que la verdad (la escabrosa verdad) se descubre, en retrospectiva puede entenderse que desde muy temprano comienza a sugerirse la anomalía de la cinta. El juego en el jardín, por ejemplo, que de esa forma deja de ser inocente.
O la discusión de Jay con un grupo de fanáticos religiosos, muy apropiada si se tiene en cuenta el final. La sorpresiva conclusión hace sospechar la existencia de relaciones entre los personajes que hasta el momento parecían ya resueltas, pero que en realidad no son para nada claras.
El espectador mexicano encontrará en esta película inglesa la violencia y la muerte que se ha vuelto cotidiana en México desde hace unos años. Pareciera extraño que el cine de terror asuma la vertiente sobrenatural (con frecuencia de forma muy vulgar) y pretenda asustar a los espectadores, muchas veces con éxito, por medio de trucos baratos que sin embargo inspiran el respeto de algunos. Ahí está El rito, por ejemplo, con su reivindicación del satanismo a décadas de El exorcista. ¿Por qué recurrir a espíritus malignos cuando ya la realidad es tan corrupta y fatal?
A su manera, Kill List parece contestar esa pregunta: detrás de la violencia puede haber cosas todavía más peligrosas y retorcidas, más allá de lo policiaco aunque todavía en este mundo que se vuelve cada vez más inaprensible.
Ganadora del Meliès d’Argent a la Mejor película europea en el Festival de Sitges 2011.

sábado, 19 de noviembre de 2011

Dar la vida por el barrio bravo


Ganadora de la Mejor banda sonora original, del Premio Especial del Jurado, del Gran Premio del Público El Periódico de Cataluña y del Premio de la Crítica José Luis Guarner, la película Attack the Block (Reino Unido| Francia, 2011), debut del director británico Joe Cornish, fue una de las películas más comentadas del Festival de Sitges.
Su historia puede resumirse como sigue: la invasión extraterrestre en un barrio del sur de Londres, defendido por una pandilla de adolescentes, quienes se atrincheran en su edificio de departamentos para sobrevivir. La apuesta principal radica en la interacción entre los personajes, quienes se comunican en el habla popular londinense, lo cual consigue un efecto cómico. O bien, las escenas de acción que tienen lugar cuando extraterrestres y pandilleros se enfrentan en un combate que no tiene poco de desigual.
Cornish es nada menos que el guionista de la reciente película de Steven Spielberg, la adaptación de las aventuras de Tintín, el famoso personaje de historieta. A su favor puede decirse que se detiene en el dibujo de los personajes, que no son meras caricaturas, sobre todo en el caso del líder de la banda, Moses (John Boyega), un quinceañero de rostro endurecido que recuerda a Denzel Washington. Es precisamente el orgullo del joven (quien no se deja amedrentar por la “humillación” de un extraterrestre) lo que da pie a todo el conflicto.
También hay que mencionar a Pest (Alex Esmail), un blanco que se comporta como negro y que a veces funciona como comparsa cómica de Moses. La pandilla resulta ser un grupo en el cual no cualquiera tiene cabida, como puede verse cuando otro joven blanco, Brewis (Luke Treadaway), trata de convivir con los reyes de la cuadra.
Pest y el resto de los integrantes del grupo siguen ciegamente a su líder, en una suerte de cohesión muy firme frente a los extraterrestres y quien sea, aunque se trate de un traficante local o el mismo gobierno, que aquí es representado como una fuerza opresora más, incapaz de tratar con tino a los jóvenes infractores, de ahí que estos busquen su revancha y ni se planteen pedir ayuda a la policía.
Cornish plantea el conflicto como si se tratara de un juego, al mismo tiempo que deja claro que los errores tienen graves consecuencias, a veces mortales, como queda claro con la caída de más de un personaje importante. Un juego que también puede redimir.
Sin embargo, lo más brillante de la película es esa forma en la cual se presenta a los personajes como arraigados en un barrio que será todo lo hostil que se quiera, pero que es amado por los pandilleros, como sabemos por ese diálogo entre la enfermera Sam (Jodie Whittaker) y sus nuevos “amigos”. Lo anterior ocurre en la mejor tradición de Los Guerreros (The Warriors, 1979), aquella película de Walter Hill que nos mostraba la accidentada peregrinación de la pandilla del título desde el Parque Central de Nueva York hasta su querida Coney Island.
Los pandilleros de Cornish son más jóvenes pero eso no impide su desencanto. En una de las escenas, sin embargo, con apenas un vistazo a una habitación juvenil (que parece la de un niño, con un edredón del Hombre Araña), el director nos muestra con sutileza la clave de la personalidad de uno de los personajes.
El actor Nick Frost, uno de los protagonistas de El desesperar de los muertos (Shaun of the Dead, 2004) tiene a su cargo varias escenas cómicas como Ron, el aficionado al canal de documentales. No se queda atrás Jumayn Hunter, quien interpreta a Hi-Hatz, el jefe gansteril: la escena en la cual conduce con imprudencia mientras escucha un himno rapero no tiene desperdicio.
En cuanto a los extraterrestres, hay que decir que tienen un diseño original, lo cual no es poco después de décadas de películas de ciencia ficción con alienígenas en el elenco. Lo anterior aunque no esté claro cómo semejantes bestias, en apariencia salvajes, pueden viajar por el espacio, como ha dicho con acierto el crítico norteamericano RogerEbert.