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viernes, 11 de mayo de 2012

Ellos el fin de semana

Weekend (Reino Unido, 2011), de Andrew Haigh, es una película acerca de la relación entre dos homosexuales, quienes se conocen de forma casual en un club nocturno y a lo largo de los días siguientes, el fin de semana del título, conviven de una forma dramáticamente fugaz que sin embargo no tiene la levedad de la aventura de una sola noche.
El gran riesgo de la película no está en las escenas de sexo (episódicas y no muy explícitas), porque para la pareja tiene más de subversiva la idea de un beso en público. En cambio, se apuesta por una película muy dialogada, muy teatral en ese sentido, en la cual los personajes llevan hasta el límite sus discusiones acerca de la felicidad, por ejemplo.
Uno de los temas más llamativos de sus pláticas es aquel que tiene que ver con la forma en la cual los heterosexuales hablan abiertamente de sus aventuras sexuales en público, mientras los gays no tienen esa libertad porque de inmediato son censurados, se dice. Glen (Chris New), el extrovertido de la relación, defiende que los homosexuales hablen libremente de sus experiencias, mientras que Russell (Tom Cullen), es mucho más reservado.
Por lo anterior, la forma en la cual hay ciertos prejuicios alrededor de los homosexuales (“mientras no se metan conmigo”, dice la gente, con indulgencia), creemos que no se puede encapsular la orientación de los personajes centrales y pretender, como hace la plana mayor de la crítica del orbe, que la película sea una historia de amor universal y asexuado.
“Tanto si eres hombre o mujer, gay o heterosexual, es seguro que Weekend te mostrará (y de forma profunda) aspectos de tu propia vida y amores”, dice Jonathan Romney, de The Independent.
Por su parte, Peter Bradshaw, de The Guardian, dice que Weekend “tiene algo urgente que decir tanto al público gay como al heterosexual acerca de las oportunidades en nuestras vidas”.
“Sexy, provocativa, fascinante e intratable en ocasiones, debería apelar a cualquier persona cuya curiosidad por alguien nuevo les ha hecho cuestionarse su identidad”, agrega Ben Walters, de Time Out. “Homosexual o heterosexual, si no te ves a ti mismo en esta película, necesitas conseguirte una vida”, dice con entusiasmo David Edelstein, de New York Magazine.
“Algunos aspectos tienen que ver con la homosexualidad, pero esta no es una ‘película gay’. Muchos se pueden identificar con Russel y Glen”, afirma Roger Ebert, del Chicago Sun Times
Y sí, sin duda cualquiera que se ha visto en una situación parecida a la de la película (la pasión y la fugacidad de un romance impregnado de una supuesta trascendencia), podrá identificarse o sentir simpatía por los personajes. Sin embargo, nos parece que el drama de Glen y Russell no puede sin más homologarse al del personaje promedio de la comedia romántica al uso, o bien verse como una actualización más del arquetipo de Romeo y Julieta, como la consabida pareja que tiene que enfrentarse a variados obstáculos en una sociedad hostil.
Desde las primeras escenas, queda claro que Russell se plantea su papel en la ciudad. En una reunión, se le pregunta su opinión acerca de que una desnudista anime la despedida de soltero de un amigo. No sabemos la respuesta.
Luego, hay una escena que recuerda Filadelfia, con el personaje de Tom Hanks como el incómodo testigo de una charla acerca de sexo. O bien, en la fiesta de su ahijada, la hija de su mejor amigo. La incomodidad del personaje, ese estar ausente, no es como la de cualquier enamorado, uno de tantos.
Weekend plantea el amor homosexual como un desafío, salir del clóset en una ciudad inglesa, Nottingham, donde al parece no es raro que la gente insulte a las parejas de este tipo. Voces groseras que se escuchan, anónimas, porque los rostros nunca se muestran, como si la ciudad misma gritara.
A lo anterior hay que agregar la forma en la cual Haigh, el director, resuelve las escenas, como en el plano del departamento iluminado, mientras empieza a escucharse una canción, “I Wanna Go To Marz”, de John Grant.  O bien, en la ironía con que se plantea el encuentro en la estación de trenes, como en tantas películas. Pero no con los protagonistas de ésta, que están ahí para reventar lo habitual y plantear otras reglas del juego. 


Posdata: la película cobra un renovado interés por las declaraciones del Presidente de los Estados Unidos, quien acaba de manifestarse a favor del llamado matrimonio homosexual, para algunos el probable fiel de la balanza electoral en ese país.

domingo, 11 de marzo de 2012

Más allá de la de nota roja

Kill List (Reino Unido, 2011), de Ben Wheatley, es una historia enigmática como pocas, desde el momento en que hay que esperar varios minutos antes de que se revele cuál es la ocupación de los personajes centrales, una pareja de amigos en cuya interacción radica una de las claves de la película: Peter Bradshaw, de The Guardian, explica que los protagonistas, Jay (Neil Maskell) y Gal (Michael Smiley), funcionan a la manera de un dueto cómico y que en ello está la mayor virtud de la cinta.
El prólogo de la película nos muestra los detalles de la vida doméstica de Jay, con su esposa, Shel (MyAnna Buring), que lo riñe a cada rato porque está desempleado. El otro integrante de la familia es Sam (Harry Simpson), el hijo de ambos. De esa forma, Kill List se revela como una violenta vertiente del drama doméstico, con una estética que recuerda los programas de telerrealidad (el reality show desde hace años tan en boga), que se ocupan precisamente de mostrar las intimidades de la familia disfuncional del presente.
Dosis generosas de humor negro y mucho misterio, como decíamos, con alusiones a un último y al parecer desastroso trabajo en Kiev cuya naturaleza no se aclara. O bien, la participación de varios personajes que, se sugiere, no son lo que parecen o bien se comportan de forma por demás absurda. ¿Alguien puede dar las gracias cuando están a punto de dispararle?
Hay además escenas cuya relación con la verdad es ambigua. El protagonista, inmerso en una violencia que lo desborda y que no es capaz de entender, tiene visiones que no se pueden señalar de inmediato como falsas. La imagen de la mujer, por ejemplo, afuera del hotel, quien levanta un brazo para saludar. Pareciera que estamos ante un sueño pero no se puede juzgar con exactitud.
Luego, cuando finalmente el espectador sabe a qué se refiere la lista del título, las acciones se llevan a cabo con una brutalidad propia del naturalismo. Otras veces, el dolor se sugiere por medio del audio, la tortura que otros ven pero que nosotros sólo escuchamos sin poder precisar lo que ocurre. Y así, de repente, el plano de un arco iris al fondo.
El terror aquí viene producido por varios factores aunque sobre todo por la cercanía de los terribles acontecimientos que se muestran, reconocibles en cualquier recuento de la nota roja de hoy. Sin embargo, la película tiene más de una sorpresa reservada y no se queda en la mera crónica de varios asesinatos. 
Además del mérito de sus actores, el principal logro de Kill List es la forma en la cual sugiere que hay una maldad inconmensurable en el mundo y que hay muchas formas en que un personaje puede alcanzar su particular redención.
Una vez que la verdad (la escabrosa verdad) se descubre, en retrospectiva puede entenderse que desde muy temprano comienza a sugerirse la anomalía de la cinta. El juego en el jardín, por ejemplo, que de esa forma deja de ser inocente.
O la discusión de Jay con un grupo de fanáticos religiosos, muy apropiada si se tiene en cuenta el final. La sorpresiva conclusión hace sospechar la existencia de relaciones entre los personajes que hasta el momento parecían ya resueltas, pero que en realidad no son para nada claras.
El espectador mexicano encontrará en esta película inglesa la violencia y la muerte que se ha vuelto cotidiana en México desde hace unos años. Pareciera extraño que el cine de terror asuma la vertiente sobrenatural (con frecuencia de forma muy vulgar) y pretenda asustar a los espectadores, muchas veces con éxito, por medio de trucos baratos que sin embargo inspiran el respeto de algunos. Ahí está El rito, por ejemplo, con su reivindicación del satanismo a décadas de El exorcista. ¿Por qué recurrir a espíritus malignos cuando ya la realidad es tan corrupta y fatal?
A su manera, Kill List parece contestar esa pregunta: detrás de la violencia puede haber cosas todavía más peligrosas y retorcidas, más allá de lo policiaco aunque todavía en este mundo que se vuelve cada vez más inaprensible.
Ganadora del Meliès d’Argent a la Mejor película europea en el Festival de Sitges 2011.

viernes, 24 de febrero de 2012

A las riendas de una guerra con sentido

Está de moda decir que algo es “épico” con cierta ligereza, nada más porque sí. “Epic fail”, dicen los jóvenes cuando algo sale mal, aunque lo hagan desde contextos aburguesados que nada tienen que ver con los encontronazos militares que precisamente inspiraron a la poesía épica o las gestas de los héroes.
Así que Steven Spielberg acaba de recordarnos el significado de esa palabra con una película que, como es su costumbre, apela a una producción impecable para contar una historia que tiene que ver con el apego a la tierra y la familia, en este caso amenazada por la guerra.
A muchos de sus críticos, sobre todo fuera de Norteamérica, les cansa ese “discurso” de Spielberg que juzgan grandilocuente y patriotero. En Salvando al soldado Ryan, los militares, hombres sencillos que han dejado a sus familias para ir a la guerra, ponen en riesgo sus vidas en nombre de valores que otros juzgan absurdos. Los soldados de Cara de guerra, de Kubrick, por ejemplo, van con el cinismo por delante para sobrevivir. Cineastas distintos, ideas diferentes. Sin embargo, los dos arman hasta los dientes a sus soldados.
A pesar de ese rechazo ideológico que a veces despierta, Spielberg se mantiene fiel a su manera de entender el cine. Porque al parecer el problema no es que reivindique “valores familiares”, sino que no sea el Terrence Malick de lafallida aunque elogiada El árbol de lavida.
Caballo de guerra (War Horse, EUA, 2011), confirma lo anterior. A partir de la “novela para niños” de Michael Morpurgo y la adaptación teatral de ésta, Spielberg cuenta la historia de un caballo, Joey y los distintos dueños que tendrá entre Inglaterra y Francia, cuando el animal se vuelve un participante más de la Primera Guerra Mundial. De esa forma, el espectador será testigo de las aventuras del caballo y las personas que se encargan de su cuidado. Todas ellas nobles, curiosamente.
Como estamos ante una épica, Spielberg nos ahorra los detalles de aquella guerra, como las trincheras y sus ratas, o la explícita carnicería que no tuvo problema alguno en filmar para las escenas iniciales de Salvando al soldado Ryan. Hay escenas muy crueles, pero en esos momentos siempre hay alguien “humanista” que llega al rescate, como en el accidente con los alambres de púas. Ese humanismo es el que está detrás de la charla entre el alemán y el inglés en el frente, por ejemplo.
Pero al margen de esas escenas, acaso ingenuas o solamente improbables (la agudeza en política no es lo suyo, como lo dejó claro en Munich), la grandeza de Spielberg está en su habilidad como orquestador de imágenes como la carrera del caballo por el campo de batalla, la irrupción del tanque, las bombas y los destellos de las bombas.
Se ha acusado a Spielberg (y a su amigo y colaborador George Lucas) de saber poco del mundo. En cambio, el norteamericano ha sabido compensar su poca “vagancia” con el apoyo de un elenco muy competente para encarnar a personajes que serán puestos a la dura prueba de representar el dolor de la guerra sin caer en excesos. En ese sentido es de elogiar el papel del actor francés Niels Arestrup, quien hace el papel del abuelo.
La multiplicidad de historias no llega a ser excesiva y los caballos nunca pasan a ser meramente secundarios, aunque ese tampoco es el papel de las personas que intervienen en la historia.
Así como The Artist (que comentábamos aquí la semana pasada) reivindica el cine mudo pormedio de una historia acerca de su decadencia, Spielberg hace un elogio de ciertas instituciones caducas por medio de la confrontación de éstas con la tecnología en ascenso. Así queda claro en esos planos de las metralletas y la caballería, o el ya citado tanque.
Algo semejante ocurría precisamente entre los guerreros escoceses de Corazón valiente, de Mel Gibson, quienes enfrentaban a los caballos con lanzas. O bien, en el elogio que hace Peter Jackson de los caballos de Rohan (por cierto, capaces de vencer las lanzas) en la saga El señor de los anillos.
Un conflicto bélico arrebata cosas, como nos muestran, pero los personajes de Spielberg creen que es importante participar. La guerratiene sentido, pues. Por eso mismo se le censurará, aunque también será alabado.