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lunes, 10 de julio de 2023

martes, 20 de diciembre de 2022

Con todo y hueso


Hasta los huesos
(Bones and All, Italia| EUA) 2022) de Luca Guadagnino. La película se cae al final, sí, aunque antes hay momentos de genuino terror. El género le queda bien a Guadagnino, me parece, a juzgar por los resultados de esta y de su controversial Suspiria. El maligno (2018). El filme tiene una conclusión que se la juega al todo por el todo y funciona a medias porque, si bien para ese entonces el espectador ya conoce a los personajes y por lo tanto es relevante lo que les pueda ocurrir, la escena culmen es demasiado sentimental. Los personajes importan, eso sí, en gran parte por la interacción entre Timothée Chalamet y Taylor Russell, esta última el verdadero centro de la historia. A todo esto, si el lector no lo sabe, esta es una historia acerca de amantes sacamantecas y caníbales, un asunto que ya ha sido abordado en antecesoras más célebres; de ahí que tal vez esta cinta no aguante esa odiosa comparación. 

¿Y cuáles son esos momentos de terror genuino que decíamos al principio? Por ejemplo, la aparición del actor Michael Stuhlbarg, quien interpretó al padre comprensivo de Call me by your name; olvídese el espectador de ese amable señor, porque este... Desde luego, no podemos dejar de mencionar a Mark Rylance, el gran villano, aunque su personaje decepcione un poco al final por razones que no revelaré.

Ahora, esta en realidad es una película en la que se plantea el viejo dilema de las cintas de vampiros con ética, en la línea de nuestro amigo Louis de Pointe du Lac: ¿qué comer? O más bien: ¿a quién comerse? La solución ya nos la habían dado en Afflicted (2013), de Derek Lee y Clif Prowse, en la que el monstruo hasta ofrecía un servicio a la comunidad y sin hacer tanto drama. Por último, para los interesados en el tema, recomiendo Antropologías del miedo. Vampiros, sacamantecas, locos, enterrados vivos y otras pesadillas de la razón (2008), editado por Gerardo Fernández Juárez y José Manuel Pedrosa. 



jueves, 30 de septiembre de 2021

La Biblia malinterpretada

 

Misa de medianoche (Midnight Mass, Canadá | EUA, 2021) de Mike Flanagan. Si empezamos por lo malo hay una falla que salta a la vista (y al oído): los personajes hablan demasiado. Desde luego, no soy el primero en decirlo. Hay diálogos muy largos que a veces carecen de interés, sobre todo aquellos entre Erin Green (Kate Siegel) y Riley Flynn (Zach Gilford), cuando están en la casa de la primera y conversan acerca de la muerte. No pasa lo mismo con los sermones del padre Paul (Hamish Linklater), que se reproducen íntegros aunque estos sí le dan trascendencia a la historia, porque parecen (y son) un llamado a las armas. Es decir, se entiende la intención de que los personajes se expliquen con detalle, con una libertad inusitada, pero eso al final lastra la serie en ciertos casos. 

(A continuación se revelan detalles de la trama)

Flanagan, un especialista en el género, sabe que el monstruo (porque lo hay) debe permanecer oculto al principio, aunque los mejores momentos de este, curiosamente, son aquellos en los que se prodiga y lo vemos con claridad, mientras se demora en el cuello de sus víctimas, goloso. Esas escenas son repugnantes y funcionan de maravilla para entender el apetito malsano del monstruo (nunca se pronuncia la palabra vampiro en la serie), que se abandona a su placer, a veces sin importarle que le disparen. 

Sin embargo, el monstruo más terrible es un personaje femenino, Bev Keane (Samantha Sloyan), que recuerda a la terrible señora Carmody de Marcia Gay Harden en Sobre-Natural (The Mist, 2007) de Frank Darabont. Hay que ver cómo interpreta esta señora la Biblia a su conveniencia, para justificar el asesinato y el vampirismo. 

Pariente cercana de La hora del vampiro (Salem's Lot, 1979) de Tobe Hopper, la serie se ubica en esa modalidad del terror que tiene lugar en los pueblos norteamericanos (en este caso una isla), para alimentar una mitología cada vez más robusta. 

domingo, 18 de febrero de 2018

Still/ Born


Still/Born (Canadá, 2017), de Brandon Christensen. Mary (Christie Burke) pierde a uno de sus gemelos durante el parto, lo cual le provoca un severo trauma con el cual tiene que lidiar, al mismo tiempo que trata de cuidar a su nuevo hijo, Adam, y adaptarse a la vida en una nueva casa. Pronto, la mujer sospecha que su bebé es acosado por una suerte de demonio ladrón de niños; no ayuda que su esposo, como es obvio, no le cree y tiene que ausentarse por varios días debido a cuestiones de trabajo. En la soledad de su hogar, cada vez más amenazante, Mary tiene que enfrentarse con un fenómeno que desafía su cordura. Película de horror que juega a convertir lo sobrenatural en una suerte de consecuencia del estrés posparto, como ocurre en cintas modélicas como El bebé de Rosemary. Still/ Born está impregnada de ambigüedad y misterio y hay en ella varios momentos de genuino terror, como en la escena de la bañera o en el plano del ducto de ventilación y lo que oculta. No tiene concesiones y sigue con crueldad la decadencia de su personaje central, quien no puede distinguir la lucidez de la locura. Lo que puede reprochársele es su toma de partido en la escena final, cuando trata de reivindicar lo que antes había cuestionado: la salud mental de una heroína quien, en sus mejores momentos, tendía a confundirse con la villana.    

domingo, 11 de agosto de 2013

Sombra alargada del exorcista

Los aficionados al gore seguramente aprobarán la nueva versión de Posesión infernal (Evil Dead, EUA, 2013), de Fede Álvarez, variante que se toma muchas libertades con respecto a la original de 1981 dirigida por Sam Raimi. Y tendrán razón: la película ostenta su importante cuota de sangre, mutilaciones y quemaduras de tercer grado, con unos efectos especiales que aportan aunque sea un poco de realismo ahí donde solo hay delirio, la enésima película de posesiones satánicas.
La historia de Posesión infernal es en extremo sencilla y en sentido estricto sus cimientos son idénticos a los de la comedia negra de terror sobrenatural que la inspiró: un grupo de jóvenes se refugia por unos días en una vieja cabaña en el campo, donde son acosados por unos hiperviolentos demonios del bosque.
La primera gran diferencia entre el original y la copia persigue la verosimilitud, de la cual la primera se desenfadaba con decisión: los jóvenes de la nueva versión están en la cabaña para acompañar a una de ellos, la drogadicta Mia (Jane Levy), en una más de sus ceremonias de supuesta desintoxicación.
El detalle no es gratuito: cuando el maligno se manifieste, bajo la forma de un doble, los amigos de Mia y su hermano David (Shiloh Fernandez) asumirán que lo que la joven dice haber visto (“¡Hay algo en el bosque!”) responde a las alucinaciones producto de su síndrome de abstinencia.    
Como se ve, la nueva versión persigue la verosimilitud a toda máquina y trata de imprimir una lógica al conjunto que, insistimos, en la de 1981 estaba por completo ausente con el mayor de los descaros, algo por lo que Raimi fue ungido en los sepulcros blanqueados del cine de culto.
A diferencia de su predecesora, el demonio de Álvarez responde a las imágenes judeocristianas al uso. El libro por medio del cual uno de los jóvenes invoca al espíritu tiene ilustraciones que prefiguran la historia y también explican cómo “solucionar” tanto lío. En cambio, Raimi no se detenía a dar ese tipo explicaciones, que luego resultan inútiles, porque al final en la cinta de Álvarez los jóvenes son poseídos sin apego a ninguna regla previamente establecida.
Los problemas de escritura del guión son evidentes. “Algo se quemó aquí”, dice uno de los personajes, y a continuación vemos la imagen de la chica poseída que, en las primeras escenas, efectivamente vimos arder. Un detalle de información innecesaria a menos que se piense que el espectador es tonto. ¿Lo es? 
O bien, la falta de inteligencia de los personajes, que a las primeras de cambio alteran lo que a todas luces parece ser la escena de un crimen. ¿Y quién se opone a esto? La loca a la cual nadie escucha, desde luego. Otras veces el guiño también es obvio pero no del todo gratuito: el cuchillo eléctrico que corta la pieza de carne y que prefigura los cuerpos rebanados por la sierra.
No podemos reprocharle a uno de los personajes que no sea supersticioso y que desobedezca la recomendación escrita en el libro: “Deja este libro”, dice claramente un mensaje escrito con letras rojas; tomar en cuenta la advertencia sería ceder a la posibilidad de la existencia del demonio. Pero, al fin y al cabo, lo que sí podemos decir es preguntar: ¿qué negocios tiene el personaje (profesor de secundaria, además) con un libro de brujería? ¿En manos de quién está la educación de los adolescentes norteamericanos?
El uruguayo Álvarez, que llamó la atención gracias a su corto de robots gigantes que destruían Montevideo, ¡Ataque de pánico! (2009), adopta con eficiencia los tics de cualquier empleado de la industria de Hollywood,  aunque las concesiones no ocultan su talento para las escenas de acción, sobre todo en la escena final, en la cual se usa un machete con toda la frialdad propia del caso; además, se homenajea al actor original de The Evil Dead con una famosa mezcla de mutilación y cierta prótesis muy célebre. Pero se extraña la combinación de humor negro y violencia que Álvarez mostró en su corto de 2005, El Cojonudo.
En resumen, con Posesión infernal no hay nada qué temer aunque sí mucho por lo que sentir repugnancia, lo cual va desde las escenas sangrientas hasta el hecho de que, por desgracia, se sitúa lejos del humor absurdo de la película que la inspiró, de la misma forma que no toma ninguna distancia del terror más oscurantista: la sombra de El exorcista es alargada. 
[Publicado originalmente en la edición impresa del semanario Primera Plana, 09.agosto.2013]

 

lunes, 15 de julio de 2013

La ruta del mal hacia el bien

La semana pasada hablábamos de la forma en la cual una película, Terapia de riesgo (Side Effects, EUA, 2013), de Steven Soderbergh, jugaba con las expectativas del espectador, lo cual para algunos constituía un defecto en toda regla.
El hombre de las sombras (The Tall Man, EUA| Canadá| Francia, 2012), de Pascal Laugier, es un caso semejante, porque a través de los recursos del cine de terror al final se ocupa de otros asuntos que en ciertos contextos resultan mucho más trascendentes.
En ese sentido, El hombre de las sombras es el caso inverso de Terapia de riesgo. Esta comienza como una crítica de la sociedad norteamericana y su gusto generalizado por las drogas legales como una forma de encausar la neurosis (así como un estilo de vida cada vez más individualista), para luego terminar como un thriller paranoico mucho más convencional; aquella comienza como una cinta de terror al uso, para finalmente llevar a cabo una vigorosa (y controvertida) crítica de ciertos tipos de familia, la libertad y la educación.
La acción de El hombre de las sombras se desarrolla en un pueblo minero de Washington, Cold Rock, donde los niños desaparecen inexplicablemente, mientras el clamor popular adjudica los secuestros a una leyenda local, el Hombre Alto del título en inglés. El viejo del costal, se diría en México.
Julia (Jessica Biel) es la enfermera del sitio, quien además tiene que encargarse de ser la “psicóloga” de una familia disfuncional, donde la madre descuida a su hija, todo para conservar la compañía de un novio maltratador y patán. Casos semejantes al parecer abundan en el lugar.
La hija, Jenny (Jodelle Ferland), es una joven inteligente y talentosa aficionada al dibujo, detalle que se aprovecha para mostrar sus bocetos del misterioso personaje que da nombre a la película. Por lo tanto, la mesa está puesta para que la heroína, Julia, se enfrente contra “El Hombre Alto” para evitar que los niños de Cold Rock se conviertan ―una vez más― en sus víctimas.
En Expediente 39 (Case 39, EUA| Canadá, 2009), de Christian Alvart, Renée Zellweger interpretaba a una trabajadora social, testigo de numerosos casos de maltrato. La dedicación del personaje es tanta que decide adoptar a una niña (también encarnada por Jodelle Ferland), quien sobrevive a la furia de sus padres adoptivos cuando estos tratan de asesinarla. Sin embargo, la película da un giro y se descubre que hay una amenaza todavía más aterradora alrededor de la niña, ahora legalmente la hija de la buena samaritana. 
Pues bien: El hombre de las sombras se resiste a ser como Expediente 39, para darle la espalda al cine de terror que esta abraza y en cambio atenerse a otro tipo de cine, aquel que nos pone frente a las contradicciones de la lucha entre el bien y el mal de otra manera.
Es decir, ¿hasta dónde se puede llegar para proteger a un menor de quienes supuestamente deberían  velar por su seguridad? ¿Qué hacer cuando los padres de un niño son brutales y pánfilos, por lo tanto incapaces de educar a su descendencia? ¿Hasta dónde llegan los derechos de los padres en cuanto a la educación de sus hijos? ¿Tienen voz y voto los niños en su formación? ¿Hasta dónde? Y la mayor pregunta de todas: ¿se puede hacer el bien con el mal como medio?
Como puede verse, todas esas preguntas, se tenga o no respuesta para ellas, son impropias de una película de terror. O, si se prefiere, poco comunes. Es insólito que una película acerca de un terrorífico secuestrador de niños tenga esas repercusiones y se tome esas molestias. Y sin embargo  El hombre de las sombras no solo las aborda, sino que hace de ellas su razón de ser como película. Todo ello con el terror como gancho.
Si además, como afirma el crítico Jordi Costa (“El buen mal”, El País, edición del 04 de enero de 2013), la película es el episodio más reciente de un proyecto coherente de su director, Pascal Laugier, The Tall Man hace del terror un camino que no necesariamente lleva al susto gratuito. ¿Qué más se puede pedir?
[Originalmente publicado en el periódico mexicano Primera Plana, edición del 12 de julio de 2013]
 

martes, 18 de junio de 2013

Hace bien sugerir el mal

A pesar de lo que pudiera pensarse en un primer momento, El último exorcismo 2 (The Last Exorcism Part II, EUA, 2013), de Ed Gass-Donnelly, no es una película por completo despreciable.
Digo eso por lo que pueda argumentar el público incapaz de tomar en serio la posibilidad de que cosas como las que se relatan en esta película (una posesión satánica, un poder sobrenatural…), efectivamente puedan ocurrir. Nada más hay que leer el título en voz alta: ¿cómo que es el último y a la vez el segundo?
O bien, ¿de dónde viene el temor que este tipo de películas infunde? Acaso buena parte del público, incluso quienes se definen pomposamente como “agnósticos”, guarda un poco (o un mucho) de miedo en su corazón.
Pues que la gente piense lo que quiera porque aquí no tenemos tiempo para la psicología. Nosotros, como es obvio, partimos del hecho de que el demonio que le hace la vida imposible a la joven Nell (Ashley Bell) no es otra cosa que una fantasía. Entonces, ¿por qué defendemos un trozo, aunque sea pequeño, de El último exorcismo 2? Por lo que sigue.
Esta secuela da inicio justo después de los eventos de la primera parte, donde, como se sabe, se relata el fallido intento de exorcismo que un ministro protestante intenta llevar a cabo para liberar a la poseída Nell. Vemos la cámara abandonada, con la cual se habría grabado el contenido de la primera parte, El último exorcismo (2010), de Daniel Stamm.
El atractivo comienza desde una de sus primeras escenas, cuando una pareja que vive sola descubre que hay un extraño en su cama. ¿De quién se trata? La escena resume la estrategia de la película: sugerir, ocultar el significado de las cosas hasta el último momento.
Luego de esa escena, vemos a la joven Nell, quien trata de reintegrarse en la sociedad, la Nueva Orleans actual. A instancias de alguna institución mental, ha decidido que el diablo no existe y que lo que ocurrió fue solo una figuración. Su caso no es teológico sino policiaco: ella es víctima de la crueldad de un culto. Es recibida en una casa para menores y consigue un trabajo como doncella en un hotel. La joven, antes aislada en una cabaña del interior de Luisiana, ahora descubre la civilización. Hasta existe la posibilidad de un romance. 
Sin embargo, así como en aquella escena de la pareja, que sabe que hay alguien extraño en su casa (o algo), la película también se distingue por su mesura, su delectación por ir mostrando poco a poco que hay una amenaza, que bien puede ser psicológica. Hay sombras, visiones, voces que se escuchan en la radio, llamadas telefónicas obscenas, una voz que habla en “nosotros” en un jardín. 
Es decir, lo mejor de la película es el escarceo con lo equívoco antes que con lo fantástico, con el mero delirio de una mujer maltratada antes que con el supuesto hecho de la posesión satánica, simple vulgaridad.
Y esa locura de la joven, ese entregarse a la anomalía de ser poseída, toma un cariz cada vez más erótico, como si la perdición tuviera que ser necesariamente sensual. Para perderse hay que entregarse, parece decir la película, al fin y al cabo propia de un país puritano.
A estas alturas, digamos la primera hora de la película, lo que más tememos no es que aparezca algún demonio, sino que el director eche a perder esa ambigüedad que describimos. ¿Está loca Nell? Más bien, ¿qué tan loca está? Parece que mucho, pero al final resulta que no, que es una víctima, ya sabemos de quién.
Y sí: los seguidores del cine satanista más vulgar (El exorcista, Insidious) estarán contentos: la muchacha no está enferma sino poseída, como dejaba más o menos claro el final de la primera parte de lo que parece, al menos, será una trilogía.
Así, a pesar de que todo se consume en un aquelarre rutinario a ritmo de una pieza de rock, El último exorcismo 2 cuenta con el trabajo de un elenco encabezado por la joven Bell y su variedad de expresiones, que van de la indiferencia al miedo y la complicidad con el mal. ¿O la otra actriz, Julia Garner, y su personaje cruel? También notable.
El peor de los ridículos hay que apuntárselo a los exorcistas, un grupo de incompetentes que, en la escena culmen (la que da título al filme), trata de arreglar el problema con una gallina.  
[Publicado originalmente en el periódico mexicano Primera Plana, el viernes 14 de junio de 2013]


domingo, 21 de abril de 2013

Madre castrante… y fantasma

Surgido de uno de los proyectos más deleznables de Televisa, el serial de terror Hora marcada (1986-89), con el paso de los años Guillermo del Toro se ha convertido en un cineasta capaz de elegir tareas a placer y que además puede darse el lujo de rechazar El Hobbit.
De ahí su participación como “Guillermo del Toro presenta” en películas del género como Splice. Experimento mortal, El orfanato y ahora Mamá (España| Canadá, 2013), del argentino avecindado en España Andrés Muschietti.
La cinta tiene como origen el corto del mismo nombre, de 2008, que el director llevó a cabo con la colaboración de su hermana Bárbara en la producción y quien ahora lo asiste en la escritura de un guión tan desigual como llamativo.
Los hermanos Muschietti demuestran su habilidad al momento de dosificar los datos de la historia y una vez que ha quedado claro que hay un fantasma al acecho también son capaces de modular sus apariciones con cierta elegancia. Como ejemplo la forma en que aprovechan la miopía de uno de los personajes (quien además es una niña pequeña) para no mostrar al fantasma.
Es como si los Muschietti comprendieran el problema del fantasma: una cosa es leer acerca de una aparición fantasmal, “¡Silba y acudiré!”, por ejemplo, de M.R. James, y otra muy distinta es ver al fantasma, ruptura radical con lo que consideramos posible (todo ello sin perjuicio de las numerosas supersticiones tan comunes entre nosotros).
Los fantasmas no existen, como debería estar claro y cualquier intento del cine por hacernos partícipes de lo contrario tendría que estar sujeto a un estricto código visual, como en Los otros, por ejemplo, en la cual Alejandro Amenábar, con ingenio, anula lo que de otra forma habría sido una abrupta y forzada transición entre el “mundo de los vivos y los muertos”.
Más adelante, otro acierto: Annabel (Jessica Chastain), está concentrada en sus labores domésticas y, en el mismo encuadre, alcanzamos a ver un poco de la habitación de la niña y sus juegos infantiles con “alguien”. Sin que Annabel lo note, la niña flota en el aire, pero el espectador no ve quien la sostiene, aunque en ese momento ya conste que efectivamente hay un fantasma en la casa. Antes de mostrar, sugerir: en otra escena, la presencia del fantasma en el clóset se insinúa por un dibujo infantil en la pared de junto.
Pero luego, la vulgaridad: la mujer fantasma aparece una y otra vez frente a nosotros, por obra y gracia de las imágenes generadas por computadora. El diseño del fantasma no es errado porque, como lo explica un personaje, emula el deterioro de un cuerpo a la intemperie. Sin embargo los Muschietti, antes aparentemente precavidos, como hemos explicado, pierden por completo el pudor, como si hubieran resuelto el problema del fantasma, cosa que nunca hacen.
Luego el guión depende en buena parte de los fallos de los personajes. ¿De verdad alguien puede considerar que es buena idea confrontar un fantasma en una cabaña sin energía eléctrica, alejada de la civilización? Y todo ello sin dejar recado: voy a resolver un misterio de ultratumba, vuelvo en un rato.
La película naufraga en la tontería de los personajes más preparados, como se supone en el caso del psicólogo infantil. Si este señor, que está para proteger a la gente de sí misma, no es capaz de cuidarse, entonces nadie está a salvo. Además, en sentido estricto, ¿qué sería de los locos si el mismo loquero diera rienda suelta a las explicaciones más extravagantes? Un estudioso supuestamente serio de la “mente humana” deviene aficionado de lo paranormal.
Acaso la mejor forma que la película tiene de afrontar el tema de la fealdad y el cuerpo deteriorado, la materia maltrecha de una madre desdichada que se convierte en fantasma vengativo, la podemos encontrar en la belleza de la protagonista, Jessica Chastain y en la forma en que encarna otro de los guiños de la cinta: una roquera de físico espectacular cuya imagen coquetea con el imaginario gótico de ese tipo de música, para luego revelar que en efecto las imposturas del rock en realidad nada saben del terror de una madre castrante y fantasmal.