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jueves, 3 de noviembre de 2011

El fantasma es una lámpara


Del 6 al 16 de octubre se llevó a cabo el Sitges 2011, 44 Festival Internacional de Cinema Fantàstic de Catalunya, festival español dedicado al cine de género del orbe. La semana pasada comentábamos Red State, la ganadora del premio principal. Ahora toca comentar una película que no gozó del reconocimiento de la anterior, a pesar de que es una verdadera lección de cómo filmar una película de fantasmas sin recurrir a las trampas de siempre.
Durante décadas, debido a la imposición como modelos de películas de terror simplemente deleznables (como El exorcista), se ha pensado que desde la fantasía se puede filmar cualquier cosa. Así, no importa que sea simplemente imposible que el cuello de un ser humano gire 360 grados: si la película es de terror estamos ante un truco válido y el cuello de una niña poseída no tiene porqué responder a las leyes de la física, porque el diablo lo vuelve irrompible.
En Biutiful, por ejemplo, el director Alejandro González Iñárritu no tiene reparo en alternar escenas “realistas” (los bajos fondos de la Barcelona reciente) con apariciones súbitas de fantasmas, como si se pudiera saltar arbitrariamente de un registro a otro, sin la más mínima transición.
Biutiful comienza como una película “realista”, decíamos, con Javier Bardem que habla con su hija en un contexto muy cotidiano pero, de repente, nos instala en el otro mundo, en el más allá, que es visto como un lugar nevado donde los muertos se encuentran y conversan, en lo que parece ser la puerta de entrada al paraíso, como se insinúa.
Otra cosa sería haber empezado la película con la escena del paisaje nevado: de esa forma, el espectador habría sido puesto en situación desde el principio, para luego permitirse, ya con otras condiciones, harto distintas, la propuesta de una historia sobrenatural donde vivos y muertos se enfrentan entre sí. Es decir, del paraíso hasta la tierra, pero no al revés.
Como queda claro en películas como La noche del demonio (Insidious, 2010), de James Wan, al fantasma le es dado aparecer de pronto, en un contexto cotidiano, porque si al director le place el aparecido puede estar al lado de los vivos cuando quiera.
En cambio, películas como Los otros (2001), de Alejandro Amenábar, entienden que debe haber una mínima transición. En Los otros vemos a los fantasmas desde el primer momento, no aparecen bruscamente como figuras gaseosas que se solidifican para aterrar.
El 15 de octubre se exhibió en Sitges Eternity (Tee Rak, Tailandia, 2010), de Sivaroj Kongsakul, cinta hablada en tailandés que nos cuenta una historia de amor necesariamente nostálgica.
El fantasma aparece en las primeras escenas, bajo la forma de un motociclista que deambula por el campo solitario. Pero el espectador no sabe que está ante un fantasma y de ahí la exasperación del público de Sitges. El hombre deambula por caminos desolados y por una casa que abandonada. Y rompe a llorar. En el río, se recuesta en una barca y de pronto alguien lo llama: “Wit… Wit”. Desaparece del encuadre y vemos aparecer otra balsa, tripulada por Koi, quien lo llama: “Wit… Wit”. Ahora estamos en el pasado, cuando Wit vivía y pasaba un fin de semana en el campo con su prometida, Koi. Wit sale del agua, más joven y bromista, ajeno al dolor de estar muerto y lejos de Koi.
Hay escenas de la vida cotidiana de los novios, que comen, limpian un poco, hacen turismo: visitan un templo y un lugar donde las parejas se juran amor eterno. En un cementerio, Wit llora.
Luego hay un corte, una elipsis de años y ahora Koi es mayor, con hijos grandes. Wit ha muerto.  Es la cotidianeidad de la viuda, una profesora que enseña poemas de amor a sus alumnos. En algún lugar está la moto abandonada de Wit. El fantasma se manifiesta de la forma más sutil: una lámpara que se enciende, como si se tratara de una falla, de una jugada extraña de un aparato caprichoso.
El fantasma no es la excepción en Eternity: al contrario, es la regla, porque reclama su sitio como el primero para luego ceder espacio a los vivos. Ahí está la lección de Sivaroj Kongsakul y su respeto al público.


martes, 18 de octubre de 2011

Javier tiene una relación complicada

Qué pena tu vida (Chile, 2010), de Nicolás López, es una comedia romántica acerca de las consecuencias del rompimiento entre Javier (Ariel Levy), un publicista y Sofía (Lucy Cominetti), quien empieza una nueva relación con el cantante pop de moda. La confidente del primero es Ángela (Andrea Velasco), su amiga de la infancia, quien tiene que escuchar los lamentos del joven y apoyarlo.
Qué pena tu vida cuenta la historia de las aventuras de Javier, quien está de regreso entre los solteros para confirmar una vez más que en las películas de este tipo el ligue nocturno es el camino más corto hacia el delirio.
De esa forma, la película recorre un camino que ya ha sido surcado hasta el hartazgo por el cine norteamericano, como puede verse en películas como Cuando Harry encontró a Sally (1989) y tantas otras, acerca de los desencuentros entre una pareja que finalmente descubre que el amor está al alcance de la mano y cuando se sufre es solo por necedad. Lo mismo puede decirse de películas más recientes, como Amigos con derechos (2011), con Natalie Portman y Ashton Kutcher.
Acaso sea Nora Ephron, guionista de Cuando Harry encontró a Sally, directora de Algo para recordar (Sleepless in Seattle, 1993), una de las principales artífices de este tipo de películas, en un cine como el norteamericano, con una nómina de actores como Gary Grant, Audrey Hepburn, Katharine Hepburn e incluso Marilyn Monroe,  quienes en algún momento de sus carreras probaron fortuna (y ganaron celebridad) con la comedia romántica.
Una cinematografía, la norteamericana, que además tiene en su haber algunas de las mejores películas de Woody Allen, que fácilmente podrían inscribirse en este subgénero, ya sea para criticarlo o llevarlo hasta el límite, como ocurre en Annie Hall, Manhattan o Hannah y sus hermanas. 
Así, la cinta de López recurre a una tradición trasmutada en fórmula ya muy conocida pero que no parece dar señales de cansancio, toda vez que su trabajo ha sido un éxito de taquilla en su país y ya cuenta con una secuela, Qué pena tu boda, del mismo director. Qué pena tu vida no tiene mayor misterio en tanto que recurre a un homenaje (al plagio, dirán otros) como estrategia tanto narrativa como de mercadotecnia.
Sin embargo, una de las aportaciones de la película, digamos, está en el acento que pone a propósito de la influencia de las redes sociales en el romance del siglo XXI: “¿Cómo te  desconectas de alguien si siempre estás conectado?”, dice su eslogan. Las nuevas tecnologías y la forma en la cual condicionan la forma en que las parejas se conocen e interactúan, como en su momento ocurrió con Tienes un e-m@il (1998), con Meg Ryan y Tom Hanks. O bien, 40 días y 40 noches, con Josh Hartnett.
El otro logro de la cinta es la elección de un elenco que viene a pedir de boca para la puesta en escena de los ciberdramas posteriores al facebook y al Twitter, en una sociedad donde Steve Jobs tiene más poder de convocatoria entre la gente que cualquiera de los recientes premios Nobel de medicina.
Levy logra encarnar muy bien al perdedor computarizado y, para mayor ironía, solitario. Y a veces, cuando tiene compañía, más le valdría estar solo, como lo prueba una de las mejores escenas de la cinta, con Úrsula (Ignacia Allamand), la rubia “nazi” que no soporta a los “down”.
La película podrá parecer frívola para el criterio de algunos, en una América hispana donde el mayor elogio para una película de este tipo es decir “no parece mexicana”, o chilena, acostumbrados como estamos a la telenovela más vulgar como nuestro principal producto de exportación.
No obstante, hay que reconocer la habilidad de López para proponer una ciudad, Santiago, como escenario para el romance de cine, con esas escenas que resaltan su arquitectura, sus parques, su belleza nocturna y su gente.
Su gente, sobre todo: la madre, por ejemplo (excelente Claudia Celedón), o el barman (Nicolás Martínez) que le propone a su amigo un juego carcelario que no es de homosexuales, aunque lo parezca.
Qué pena tu vida tal vez no tenga el prestigio del drama y otros géneros más respetados entre nosotros, pero eso no implica que tenga que pedir disculpas por su ligereza.