lunes, 24 de octubre de 2011

La política aterra

El director norteamericano Kevin Smith, conocido por películas como Mallrats (1995) y Persiguiendo a Amy (1997), presenta ahora su más reciente película, Red State (EUA, 2011), que aborda el conflicto entre el Estado y ciertas confesiones religiosas, en este caso una secta protestante, la Iglesia de los Cinco Puntos, cuyo principal objetivo es acabar con los homosexuales.
En sus primeras películas Smith ganó celebridad por sus personajes juveniles, como los interpretados por Jason Lee y Ben Affleck, quienes intervenían en argumentos a medio camino entre el homenaje y la parodia de la comedia romántica norteamericana.
Para contrarrestar los excesos sentimentales de este subgénero, del cual hablamos ampliamente la semana pasada (ver edición del 14/octubre/2011), Smith echó mano de las historietas, la moda desaliñada de aquellos años y la música rock, aficiones de sus antihéroes, capaces de la actitud más cool aunque también de lo cursi. A fin de cuentas estos tenían más cosas en común con los galanes tradicionales de lo que estaban dispuestos a admitir. El paladín del postgrunge a fin de cuentas también tenía que seguir a su corazón.
El problema fue cuando Smith asumió lo anterior sin la más mínima distancia, en comedias románticas desprovistas de ironía como Una chica de Jersey, evidente síntoma de que el director, otrora capaz del sarcasmo, tenía un problema. Se había vendido, pues.
Ahora, en España, RedState acaba de alzarse como la ganadora del premio a mejor película en Sitges, uno de los festivales de cine fantástico y de terror más importantes del mundo. Pero, a juzgar por los comentarios de las redes sociales (la página de facebookdel festival, por ejemplo) abundan las decepciones ante una película que ni es de terror y que es puro tiroteo, nos cuentan.
Red State da inicio como la típica película de Smith: un grupo de jóvenes preparatorianos que pacta una cita erótica por internet con una mujer madura, pero la historia da un giro y todo resulta ser la trampa de una peligrosa secta que se dedica a asesinar homosexuales (“o algo peor”, como dice uno de los feligreses).
Como la secta ya tiene sus antecedentes (ni los grupos neonazis quieren estar relacionados con ellos), la policía federal interviene para enfrentarla, con fatales consecuencias.
La película se ciñe a contenidos exclusivamente “realistas”, desde el momento en que en los Estados Unidos la animosidad de esa clase de grupos está más que comprobada (como en el caso del asedio de Waco, Texas). La puesta en escena apocalíptica de Smith en ningún momento toma la deriva fantástica, de la misma forma que el director Steven Soderbergh se niega a convertir Contagio en historia de zombis, hoy tan en boga.
Smith se toma su tiempo para que Abin Cooper (Michael Parks) exponga sus particulares ideas “teológicas” ante sus feligreses. Para ello se apoya en la interpretación de Parks (premiado como mejor actor en Sitges), quien encarna a uno de los villanos más destacados del año. Solo hay que reparar en su sermón o escuchar esos himnos, para entender que los jóvenes aventureros se han metido en un problema terrible. O esa conversación entre Abin Cooper y el comisario Wynan (Stephen Root), con los convincentes argumentos del primero.
El estupendo desempeño del elenco se completa con la ganadora del Oscar Melissa Leo y John Goodman: este último es quien sostiene el polémico desenlace de la película. Es poco lo que podemos decir de este, como es obvio. Solo agregaremos que los tiroteos ceden el paso a una escena muy teatral en la cual el personaje de Goodman, Keenan, tiene que rendir cuentas a sus superiores por los resultados de la operación.
Ahí, en ese vilipendiado final, radica el principal mérito de la película, porque nos muestra lo que ocurre en las más altas cúpulas del poder. El Estado es un poder capaz de ejercer la violencia más brutal para imponer su orden, mientras Smith desvela ese secreto por medio de diálogos cínicos y humor negro.
Es decir, la película propone un cónclave estatal contra los ciudadanos como apoteosis del horror, mientras que la coherencia con el proyecto personal, por más delirante que sea, está personificada por un psicópata. La política aterra. 


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