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lunes, 21 de octubre de 2013

Una ficción antidemocrática

El demócrata Francis Underwood (Kevin Spacey) es un congresista que aspira al cargo de secretario de Estado, pero cuando el presidente nombra a otro el político toma una enigmática decisión para tratar de obtener ventaja de su fracaso. Así, comienza a conspirar en la sombra con un objetivo que no está del todo claro, aunque es evidente que la venganza es uno de sus medios para obtener el poder que tantos réditos le ofrece.
Esa es la historia de House of Cards, la serie de Netflix producida y escrita por Beau Willimon (el mismo guionista de la película de George Clooney Los idus de marzo, que ya hemos comentado en este espacio). Por si fuera poco, la serie cuenta con la participación de David Fincher, el mismo de Seven, para la dirección de algunos episodios. House of Cards está basada en la miniserie de la BBC inspirada por la novela de Michael Dobbs.
De esa forma, House of Cards cuenta la historia de las peripecias de Underwood y sus colaboradores, para acabar con la reputación de sus adversarios y hacerse con el control del gobierno. Para ello, Underwood forma una alianza con una joven periodista, la ambiciosa Zoe Barnes (Kate Mara), quien se encarga de publicar la valiosa información que obtiene de Underwood.
La tercera en discordia es Claire (Robin Wright), la esposa de Underwood, dirigente de una ONG, Clean Water, ocupada de llevar a cabo obras de beneficencia en países tercermundistas.
House of Cards es interesante por razones que tal vez se le escapan a las mismas personas que están involucradas en el proyecto. El actor Kevin Spacey, por ejemplo, amigo de Bill Clinton y votante del Partido Demócrata, ha declarado que la serie no pretende generalizar y decir que todos los políticos son corruptos (ver el texto de Brenda Otero “Tras la cortina del poder”, El País, edición del 21 de febrero de 2013). Pero Spacey no se da cuenta de que lo que su programa muestra no es la corrupción anecdótica de un prominente político estadounidense: lo que vemos en todo su esplendor en House of Cards es que la corrupción es inherente al sistema democrático.
En una de las escenas de House of Cards vemos a Underwood (y a uno de sus fieles) enfrascado en sus labores de cabildeo. Trata de dilucidar quienes entre los congresistas pueden darle su apoyo para uno de sus proyectos. Elige el nombre de una persona para luego desecharla y al final se queda con el político que puede manipular con más facilidad. Underwood chantajea, miente y compra lealtades, amenaza y, como es obvio, cumple.
Pero su corrupción no es un accidente, sino que estamos ante acuerdos secretos entre los parlamentarios a los cuales se llega por completo al margen de la voluntad del elector, que no tiene influencia más allá de su voto de ingenuidad, como explica el filósofo español Gustavo Bueno en su obra.
La corrupción de la democracia es estructural: sin ella esta casa de naipes simplemente no se sostendría. Ese es la principal (tal vez involuntaria) idea de esta serie, en consonancia con la ya citada Los idus de marzo. Sin embargo, Willimon, al fin y al cabo el principal responsable del programa, sí parece tenerlo claro: “para dirigir se necesita ser algo cruel”, dice a propósito de los políticos.
¿Y la sociedad civil, supuesta alternativa ante la corrupción de los gobernantes? Con crueldad, la serie muestra cómo las ONG obtienen el favor de los políticos, aunque con la ventaja de ser consideradas como iniciativas ciudadanas y por lo tanto supuestamente libres de esos acuerdos oscuros que señalamos.
Técnicamente, House of Cards es muy atinada. Como en las obras de teatro de Brecht, el personaje central se dirige al espectador y hace añicos la cuarta pared, en uno más de sus llamados a la complicidad. Dicen que la gente tiene el gobierno que se merece (o la televisión que se merece, en palabras del ya citado filósofo); House of Cards da cuenta de ambas afirmaciones, aunque sea muy a su pesar.


lunes, 18 de febrero de 2013

Aventura espacial en Persia

El tercer largometraje como director de Ben Affleck es un thriller político ambientado en el Irán de la crisis de los rehenes de 1979, cuando los empleados de la Embajada de EUA en ese país son retenidos por los partidarios del régimen del ayatolá Jomeini. Seis de ellos logran escapar y esconderse, mientras en las calles las hordas de fanáticos ejecutan norteamericanos. Pero los atribulados burócratas no pueden salir del país.
Desde la CIA se barajan varias formas de sacarlos, hasta que se impone la más extravagante de ellas: fingir que los fugitivos forman parte del equipo de una película norteamericana de ciencia ficción que busca aprovechar las locaciones de Irán. Por más inverosímil que parezca, la cinta además está inspirada en un caso real, desclasificado en 1997. Como es de suponerse, el filme explota la emoción que supone tratar de burlar la férrea seguridad de los iraníes.
Lo mejor de Argo es la forma en que logra que materiales en apariencia muy disímbolos, como la ciencia ficción y el thriller acerca de un conflicto diplomático, puedan ser convergentes, en una suerte de mezcla genérica que no se percibe ni como forzada ni contradictoria. Tomas aéreas de Teherán de hecho parecen confirmar que la ciudad se asemeja a un paisaje futurista, como en ese plano de la impresionante Torre Azadi, el símbolo del lugar.  
Se ha dicho que la absurda película que los norteamericanos se proponen filmar en locaciones de Irán es una mala copia de La guerra delas galaxias. Pero lo que ocurre en Argo es de mucho más interés que la trama de las cintas de George Lucas.
Los materiales de la ciencia ficción son mundanos y de ahí que con frecuencia se aproveche este género para criticar el totalitarismo, como pasa en Los juegos del hambre, por ejemplo. En cambio, Argo no tiene que echar mano necesariamente de una distopía, al mismo tiempo que enriquece el thriller de intriga política con el imaginario de una ficción científica que además tiene tintes del imaginario de la Edad media, como en la ya citada saga de Lucas o en Flash Gordon, como queda claro desde la secuencia de créditos.  
Se ha comentado que la representación de Irán como un país incivilizado no es casual, en el contexto de una eventual guerra con los EE.UU., lo que recuerda esos textos del español Román Gubern a propósito de la avalancha de cine bélico y de espionaje después de los atentados del 11-S, una agenda cinematográfica que según el historiador estaba acordada con los productores de Hollywood y el gobierno (ver “La guerra audiovisual de Bush”, en El País, edición del 22 de febrero de 2003). De esa forma, una película como Argo sería una suerte de propaganda a favor de la intervención norteamericana en Irán. 
Sin embargo, lo que esas críticas no toman en cuenta es que, en efecto, el régimen de los ayatolas es irracional, como puede verse en las mismas películas de los cineastas iraníes, ejemplarmente en Una separación (2011), de Asghar Farhadi, distinguida con el Oscar a mejor película extranjera, una denuncia de los desastrosos efectos del islam en la sociedad. Otra cosa es que desde la confundida izquierda indefinida se reivindiquen revueltas religiosas como la primavera árabe. Y el que duda de lo anterior, ¿qué espera para mudarse a Irán?
El peligro que corren los personajes además está balanceado con escenas cómicas, protagonizadas por el maquillista John Chambers (John Goodman) y el productor Lester Siegel (Alan Arkin), quienes se encargan de los preparativos para fingir que filman una película.  
Pocas eran las expectativas a propósito de Ben Affleck, un actor con una trayectoria más bien pobre, caracterizada por los típicos papeles de galán. Sin embargo, los elogios que recibió por su debut como director, Desapareció una noche (Gone Baby Gone, 2007), ahora son confirmados por una película que no se agota en su condición de aventura.
Leonardo García Tsao ha criticado  que Argo es un thriller convencional que reproduce todos los lugares comunes de las películas de ese tipo (ver “Expertos en el engaño”, La Jornada, edición 17 de noviembre de 2012), lo cual bien puede ser una debilidad de la cinta. Semejante es el reparo de Javier Ocaña (“La política como farsa”, El País, 26 de octubre de 2012).
Pero eso no implica que la mezcla genérica que venimos describiendo sea poco efectiva. De principio a fin la cinta asume su condición de entretenimiento, pero que no se permite ser del todo vacuo. Otra cosa es que no esté a la altura de sus modelos, como Los tres días del Cóndor (1975), de Sydney Pollack. Por el momento tal vez eso sea pedir demasiado.


lunes, 17 de diciembre de 2012

Melancolía en las aulas

El inglés Tony Kaye se dio a conocer en México gracias a su película Historia americana X (1998), acerca de los intentos de redención de un exmilitante de un grupo neonazi, interpretado por Edward Norton.
Kaye llamó poderosamente la atención acerca de las tensiones raciales de Norteamérica, así como de los problemas que enfrenta su sistema educativo, con jóvenes pandilleros en sus aulas acaso sin muchas oportunidades de superar sus taras sociales; todo ello frente a la impotencia (otras veces la incompetencia) de los profesores y las autoridades.   
Catorce años más tarde, Kaye retoma el tema en otro largometraje de ficción, Indiferencia (Detachment, EUA, 2011), esta vez centrado en la figura de los docentes, con especial atención en uno de ellos, Henry Barthes (Adrien Brody).
De esa forma, Indiferencia queda ubicada en un subgénero del drama muy socorrido en EUA y Francia, aquel que muestra la docencia en bachilleratos como un desafío, precisamente por los conflictos que hemos citado.
Recordamos, en ese sentido, películas muy famosas como La sociedad de los poetas muertos, de Peter Weir, o bien trabajos modélicos como la francesa La clase (Entre les murs), de Laurent Cantet. También hay variantes como Mentes peligrosas, con Michelle Pfeiffer. En Al maestro, con cariño (1967), el actor Sidney Poitier ya había sentado algunas de las bases de esa suerte de maestro ejemplar y redentor.
Todas ellas mostraban a un profesor cuyo éxito se basaba en su carisma, la firmeza de su carácter y su capacidad para desafiar la ortodoxia, un canon con el cual Indiferencia marca cierta distancia. Para empezar, su protagonista, Barthes, no es un dechado de recursos histriónicos, como pasaba con John Keating, el extrovertido personaje interpretado por Robin Williams en la ya citada Dead Poets Society.
El señor Barthes de Adrien Brody es un hombre melancólico y solemne, aunque comparte con los otros que hemos citado la amabilidad, la entrega y el sacrificio. De ahí que sea paciente con sus alumnos más agresivos y trate de rescatar de la calle a una prostituta adolescente. Sin embargo, el mismo parece ser un incomprendido y la película expone, mediante varios saltos al pasado, la terrible infancia de Barthes, de la misma forma que muestra las vidas privadas (a veces muy duras) de sus compañeros de trabajo.
Kaye usa varios recursos para contar su historia: las intervenciones de los actores de carne y hueso se intercalan con planos de animación, que retratan de forma muy crítica los problemas educativos. Además, la técnica de animación imita a dibujos hechos con gis sobre un pizarrón.
Con una amplia experiencia en documentales, el director hace que su actor protagónico haga una especie de confesión frente a la cámara, testimonio de una dolorosa experiencia en su trabajo.
Lo que puede reprochársele a Indiferencia es su tremendismo, sobre todo en las escenas finales. Una característica que ya podía encontrarse en algunos momentos de Historia americana X. O bien, su poca atención en los orígenes del problema de la educación en los Estados Unidos.
Con todo y eso, Kaye construye con fortuna alguna escena que muestra la decadencia de la educación, como en la referencia que se hace de un cuento de Edgar Allan Poe, “La caída de la Casa Usher”, que se comenta en clase al mismo tiempo que se ve la escuela abandonada.
Otros buenos momentos están protagonizados por el actor James Caan, quien interpreta a uno de los profesores del plantel, un veterano que por sus ácidos comentarios recuerda a otro docente de la ficción, el Edward James Olmos de Con ganas de triunfar (Stand and Deliver). Muy impactante la escena en la cual Caan le explica a una de sus alumnas cuáles son los peligros del sexo inseguro.
Indiferencia es una película desigual que sin duda resultará deprimente para algunos. En realidad, Kaye es consecuente con el lado más conflictivo del problema educativo y es entendible que no pretende caer en el falso triunfalismo de buena parte del cine que se ha hecho alrededor de estos menesteres.


sábado, 11 de febrero de 2012

Detalles de la vida ilegal

La relación de los mexicanos con los Estados Unidos siempre ha estado marcada por el conflicto. EUA es interpretado con frecuencia como el país imperialista que ha sabido sacar la mejor parte de su cercanía con México, desde luego que en clave de explotación. O bien, es el modelo de sociedad organizada bajo ciertas pautas que a México le ha resultado imposible alcanzar.
Ciudades como Tijuana, Nogales y Hermosillo, particularmente en el caso de esta última, son construidas en base a la imitación de las ciudades estadounidenses. ¿Quién es capaz de negar que la máxima aspiración de algunos hermosillenses sea parecer gringo? Unos dirán que “no” con la chamarra tipo college puesta.
Lo cierto es que para bien o para mal la vecindad con los norteamericanos ha dado pie a cierto tipo de relaciones, que en 2010 alcanzaron un momento de especial crispación con las manifestaciones de los hispanos (que no “latinos”) avecindados en Norteamérica, cuando el gobierno de Arizona promovió su ley SB1070, orientada a un control más estricto de los ilegales.
De inmediato hubo marchas multitudinarias y se publicaron muchos artículos en la prensa, así como comentarios en contra en las redes sociales. En todos esos casos, ya sea por medio de la pancarta, el muro de facebook o el “twitt”, se denominaba a la iniciativa legal en cuestión como de “derecha”, “fascista” o “nazi”, ideologías que para efectos prácticos son lo mismo (como nos cuentan los ilustrados militantes de la izquierda progresista).
Semejantes discusiones podrían avivarse de nuevo ahora que el actor mexicano Demián Bichir ha sido nominado al Óscar a mejor actor protagónico por la cinta A Better Life (“Una vida mejor”, EUA, 2011), de Chris Weitz, en la cual interpreta a Carlos Galindo, un mexicano avecindado de forma ilegal en Los Angeles, donde trabaja como jardinero mientras trata de educar a Luis (José Julián) su hijo adolescente.
Sin embargo, la película no es para nada una apología del activismo de los hispanos ilegales, como puede verse en una de las escenas. “Nada”, dice Carlos cuando su hijo le pregunta acerca de la manifestación de hispanos que los personajes miran de lejos. Weitz ha filmado una cinta en la cual el inmigrante de origen mexicano aspira a ser uno más entre los estadounidenses, sin reivindicaciones políticas a favor de un México que encontraría precisamente en los mojados una forma de reapropiarse de antiguas posesiones.
El director, Chris Weitz, ha evolucionado desde productos típicos de la comedia juvenil como American Pie, a finales de los noventas, hasta la estupenda Un gran chico (2002), aquella cinta de Hugh Grant acerca de un adulto irresponsable que de repente se ve obligado a educar a un adolescente solitario. Por más que el contexto sea harto diferente, en la convivencia entre los muchachos de la escuela y la interacción entre padre e hijo, en A Better Life son innegables los ecos de aquel trabajo. Otra cosa muy distinta son proyectos alimenticios de Weitz como Luna nueva, de la saga Crepúsculo.
A Better Life es una película muy sencilla que no depara grandes sorpresas en su historia. La dureza de la vida para los ilegales en EUA es de sobra conocida, igual que el problema de las pandillas, que ya se ha expuesto en trabajos como Santana. ¿Americano yo? (1992).
El gran acierto de A Better Life está en los detalles: el pájaro que se acerca a tomar agua. En el jardín, el trabajador que cuida de las pequeñas plantas que nunca crecerán en su casa, porque son para las mansiones de los ricos. La vista de la ciudad desde lo alto de una palmera. El duelo de miradas entre los presos por una querida fotografía. La cara maltrecha del joven, que lo delata como un nuevo pandillero. O bien, el torso y los brazos limpios del muchacho en la escena en la cual se quita la camiseta. Escenas en las que el espectador saca sus conclusiones sin que medie ninguna explicación, porque sobra.
Es de destacar el reconocimiento a Bichir, quien igualmente podría haber sido nominado por su interpretación de Fidel Castro en Che, el argentino. En última instancia, parece que él sí podrá aspirar a una vida mejor.

viernes, 27 de enero de 2012

Amistad más allá del color

El racismo a veces es el factor de cohesión de una sociedad. A lo largo de su historia, el cine norteamericano ha sabido registrar lo anterior a veces desde muy temprano, como en El nacimiento de una nación (1915), de DW. Griffith, filme fundacional en el aspecto tecnológico y que no ocultó su entusiasmo al momento de reivindicar ciertas prácticas racistas.
La película estadounidense Mississippi en llamas se exhibió en México en 1988, con unahistoria que logró gran impacto: a mediados de los sesentas, en un pueblo del sur de los Estados Unidos, unos activistas negros son asesinados por un grupo de blancos, un crimen que es investigado por unos agentes del FBI. Quienes hayan visto este trabajo del director Alan Parker seguramente recordarán que los federales tienen que enfrentarse a la cerrazón de los habitantes del pueblo, así como al miedo de las víctimas. Una película que muestra con crudeza los extremos de violencia a los cuales puede llegar una comunidad, tan cargada de prejuicios como organizada para defenderlos, con el Ku Klux Klan como una más de sus instituciones.   
Para conocer la versión más brutal del racismo en las comunidades sureñas sólo hace falta echar un vistazo a películas tan aclamadas. En cambio, una como la que hoy nos ocupa, Historias cruzadas/ Criadas y señoras (The Help, EUA| India| Emiratos Árabes Unidos, 2011), de Tate Taylor, está interesada en otro tipo de registros. Ya no el violento naturalismo de Parker, quien recurrió a planos de apariencia documental para darle a su cinta un tono a veces periodístico, sino a los posibles hallazgos al momento de explorar las relaciones entre las mujeres de un pequeño pueblo norteamericano, otra vez del Mississippi y en los mismos años de la historia de Parker, los sesentas, años de especial turbulencia.
Y ahí, creemos, está la clave: mientras que Parker centra su atención en los pormenores de la investigación policiaca, con los agentes federales y sus pesquisas para tratar de encontrar los cuerpos del delito, Taylor adapta la novela de Kathryn Stockett para contar una historia desde el punto de vista de las criadas, conocedoras por excelencia de los problemas domésticos que son la comidilla del lugar.  
Durante años, las mujeres negras de la localidad han criado a los hijos de las familias blancas. Las madres están muy ocupadas en sus eventos sociales, en el chismorreo, los juegos de cartas y la beneficencia, de ahí que a alguna de ellas se le olvide cambiar el pañal de su bebé.
La salvación de los hijos está en las nanas: conocemos especialmente a dos de ellas, dos mujeres maduras que desde la adolescencia se han dedicado a cuidar (y educar) a los hijos de otros: Aibileen (Viola Davis) y Minny (Octavia Spencer).
Hartas de los abusos de la caudilla local, Hilly (Bryce Dallas Howard), las dos mujeres se animan a contar sus historias a Skeeter (Emma Stone), escritora aspirante que desea romper con la cerrazón de su lugar de origen.
Se ha criticado que la película supuestamente es maniquea (las mujeres negras toda bondad frente a las harpías blancas), por no hacer un retrato más fiel del Mississippi de la época. En ese sentido hay que leer la crítica del español Jordi Costa (El País, 28/10/2011), con un título tan explícito como “Segregación de parque temático”. Es decir, se le reprocha a The Help, creemos, no ser Mississippi en llamas.  
La violencia de los blancos contra los negros, el asesinato de algún joven, por cierto, apenas es mostrada. Se nos relata una historia terrible y en una ocasión uno de los personajes atraviesa a la carrera calles oscuras, barrios donde el color de la piel es una desventaja. Es decir, se nos insinúa que la acción se desarrolla en un lugar que puede llegar a ser hostil como el Jessup County de Parker. Y está bien porque la historia de Parker ya la hemos visto (hace décadas) mientras que The Help se concentra en sacudir una sociedad desde sus cimientos, la familia, que en el caso que nos ocupa está organizada para que los padres se desatiendan de sus hijos.
En esa característica y en la ya citada solidaridad entre mujeres (posible en Jackson más allá del color) está el mérito del filme, lleno además de actuaciones sobresalientes. O bien, con sutilezas como la imagen del pollo empanizado, casi sagrado para su cocinera.