domingo, 3 de abril de 2011

'Liberales', pero no tanto



Lo primero que hay que destacar de Los chicos están bien (The Kids Are All Right, EUA, 2010), película de Lisa Cholodenko, es que aborda un tema de gran actualidad: los problemas de los llamados “matrimonios” homosexuales y las familias que se forman en el seno de estos. La acción de la película se desarrolla en Los Ángeles, California, ciudad de fama “liberal”, donde vive la familia formada por una pareja de lesbianas, Jules (Julianne Moore) y la ginecóloga Nic (Annette Bening). Ambas quedaron embarazadas por medio de inseminación artificial, gracias a lo cual ahora son las madres de Joni (Mia Wasikowska) y Láser (Josh Hutcherson).
La familia entra en crisis en el momento en que aparece el donante del esperma con el cual Jules y Nic quedaron embarazadas. La atención (la fascinación, habría que decir) de los hijos y de una de las madres hacia Paul (Mark Ruffalo), quien resulta ser un seductor, provocará la discordia en casa, con dramáticas consecuencias.
En La jaula de las locas (Francia| Italia, 1978), de Edouard Molinaro, las situaciones cómicas se derivaban de algo que, comparado con la situación de Los chicos están bien, parecería un anacronismo: la vida del dueño de un club de travestis se ve trastornada cuando su hijo está próximo a casarse. Una noche, cuando la novia del muchacho y sus padres vienen a cenar, entra en escena la amante del empresario: el neurótico travesti estrella del club.
Si se contrastan ambas películas, parece que en Los Ángeles del presente no hay motivo de vergüenza para los jóvenes personajes de la película, quienes viven en un país donde no hay por qué esconderse (como ocurría en La jaula de las locas). No obstante, pronto se comprueba que no todo marcha tan bien como parece y que la familia de la película está expuesta a otros problemas que la ponen en riesgo.
En otras películas, como El silencio de Oliver (Hollow Reed, Reino Unido| Alemania| España, 1996), de Angela Pope, el tema es el derecho a la adopción por parte de parejas homosexuales: un hombre casado y padre de un niño, se declara homosexual y se divorcia de su esposa. La nueva pareja de su ex mujer resulta ser un maltratador que golpea a su hijastro. Solamente cuando la violencia doméstica es evidente, la ley le otorga la custodia al padre, antes señalado por tener un amante.
De nuevo, una situación como esa parece impensable en Los chicos están bien. Así que esta última parece ser el resultado de una evolución que habría dejado problemas como los señalados atrás, en la historia de la “Humanidad”. Sin embargo, más bien han quedado atrás, por el momento, en la historia del cine.
(Se avisa al lector enamorado de las tramas que a continuación se revelarán detalles del final de la película.)
Sin embargo, llama la atención que la película impacte a muchos espectadores por su final, cuando Paul es expulsado precisamente por ser el detonante de los problemas de la familia. A fin de cuentas, la familia “disfuncional”, como se le llama comúnmente, está obligada a ser conservadora para sobrevivir. Pareciera que el sentido de la película radica precisamente en su reivindicación de la familia tradicional. No faltará quien diga que un logro de la “izquierda”, como es el “matrimonio” homosexual, ha sido saboteado por la “derecha”, representada, obviamente por la familia tradicional. Sin embargo, eso más que nada muestra la pobreza conceptual de términos como “conservadora” y “progresista” aplicados a la familia, porque es obvio que ésta, por más progresista que se pretenda, está obligada a mantener ciertas estructuras para perseverar en el ser.
Es decir, tanto para los matrimonios comunes de la vida cotidiana, como para la unión civil homosexual de la película, es importante tener continuidad, al menos por lo general. De ahí que en la expulsión final del donante seductor del paraíso de la tolerancia esté no el defecto, sino simplemente la coherencia de la película: lo contrario habría sido simplemente una concesión a las fantasías de los espectadores armonistas.

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