sábado, 9 de abril de 2011

Un velo te separa de la muerte

En un mundo mejor (Hævnen, Dinamarca| Suecia, 2010) de Susanne Bier, es la más reciente ganadora del Globo de Oro y del Oscar como mejor película extranjera. Como se sabe, se impuso a una película hispana, Biutiful (México| España, 2010), del famoso director Alejandro González Iñárritu.
Curiosamente, ambas películas abordan temas parecidos: la difícil relación entre una pareja que se ha separado, así como la lucha por la sobrevivencia al lado de los hijos. Cada una lo hace a su manera, desde luego: en determinado momento, González Iñárritu toma una vertiente sobrenatural, mientras que Bier se mantiene en un registro “realista”. Todo lo anterior sin perjuicio de que ambas aborden problemas sociales: Biutiful muestra las contradicciones de la España actual, por medio de las taras de la progresista Barcelona; en Hævnen, la historia está ubicada en un país todavía más idealizado, Dinamarca, pero que aquí se nos muestra como una sociedad donde no es rara la tensión entre daneses y suecos.
Como ya se ha comentado aquí en otras ocasiones, el arte escandinavo de los últimos años se ha revelado como un contrapeso del mito de la Europa sublime, esa donde el “Estado de bienestar” oculta una sociedad que simplemente no se corresponde con la imagen que durante años han puesto a la vente los ideólogos europeístas.
Libros como Los hombres que no amaban a las mujeres le cuentan a los devotos de Europa lo impensable: en Suecia hay hombres maltratadores, neonazis, redes de prostitución, empresarios corruptos, en fin, lacras que definitivamente no se asocian con esa Europa de la propaganda.
En otra película sueca muy exitosa, Déjame entrar, el protagonista es un niño que sufre el maltrato de sus compañeros de escuela, igual que el Elías (Markus Rygaard) de En un mundo mejor. Aquél es redimido por la amistad de un ser sobrenatural, una niña que guarda un secreto; éste supera el acoso escolar gracias a la intervención de otro niño vengador, Christian (William Jøhnk Nielsen), pero con problemas muy terrenales: su madre ha muerto de cáncer y su relación con su padre, Claus (Ulrich Thomsen), es pésima.
La historia se complementa con la aventura de un médico, Anton (Mikael Persbrandt), quien presta sus servicios en un conflictivo país africano: hasta su improvisado consultorio llegan las víctimas de un matón local, Big Man (Odiege Matthew), afecto a torturar niñas.
La violencia es, entonces, el gran problema de la cinta: ¿cómo se afronta? No es una violencia cualquiera, sino una que involucra niños, con frecuencia indefensos. En un primer momento, pareciera que la película se opone al armonismo, muy propio de la Europa sublime, por cierto. Uno de los personajes, pacifista consumado, sufre un revés que lo pone de frente a una realidad muy dura en la cual su idealismo queda en entredicho… pero sólo temporalmente: los personajes vislumbran el horror aunque luego se reivindiquen el perdón y la esperanza, en franco contraste con lo que podía concluirse de las escenas del campamento y el dilema ético del doctor. Un personaje lo dice con claridad: entre la muerte y nosotros hay un velo que a veces se aparta, pero luego el tiempo lo arregla.
Otro ejemplo: cuando los niños pelean de forma brutal y las autoridades de la escuela quieren arreglarlo todo por medio de un apretón de manos, la medida parece insuficiente: el problema de los alumnos sigue ahí pero quienes mandan no parecen (o no quieren) notarlo. 
En otros momentos, la directora Susanne Bier saca conclusiones que serían acaso más apropiadas en una película menos ambiciosa: el niño es afecto a un videojuego violento, así que no deben extrañarnos sus actos de más adelante.
Sin embargo, a pesar de esos titubeos entre la tragedia sin concesiones y el drama en el cual no todo está perdido, En un mundo mejor muestra a un conjunto de personajes de gran interés, como la madre, Marianne (Trine Dyrholm) y el dolor de su rostro. Personajes intensos que interactúan en una historia que no siempre está a la altura del conflicto que propone.


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