domingo, 15 de mayo de 2011

Un romance con el fracaso



Quienes vivieron su juventud a finales del siglo XX y principios del XXI, los años de la serie de televisión Dawson’s Creek, seguramente recordarán a Michelle Williams, quien hacía el papel de la rubia Jen. La Wikipedia describe a este personaje como una joven “que creció muy rápido” (en realidad un eufemismo para decir que era una joven activa sexualmente, en contraposición con la virginal Joey, interpretada por Katie Holmes).
Años después de la telenovela que le dio fama, Williams se ha convertido en una actriz muy elogiada por la crítica, sobre todo desde que interpretó nada menos que a la abnegada esposa del vaquero homosexual Ennis Del Mar (Heath Ledger) en Brokeback Mountain, un papel por el cual fue nominada al Oscar. A partir de ahí se ha vuelto una presencia muy común en el llamado cine “de arte”, como lo demuestra una pequeña revisión de su trayectoria: formó parte del elenco de Mi historia sin mí, aquella enigmática cinta acerca de Bod Dylan. O bien, su breve aunque importante papel en La isla siniestra, donde estuvo bajo las instrucciones nada menos que de Martin Scorsese.
El año pasado, Williams estuvo nominada al Oscar por segunda vez con la película que ahora comentamos: Triste San Valentín (Blue Valentine, EUA, 2010) del documentalista norteamericano Derek Cianfrance.
La historia de la película se puede resumir muy rápidamente: es el recuento del proceso de desamor entre la pareja formada por Cindy (Williams) y Dean (y aquí se introduce el otro engrane de la película, el actor Ryan Gosling, de quien hablaremos más adelante).
Hemos puesto de relieve la trayectoria de Williams, pero que quede claro que cuando lo hacemos no nos interesa ante todo su llegada al cine “de arte”, como si finalmente esta actriz participara en un proyecto desintoxicado de lo “popular”. Y eso resulta absurdo porque su papel en Triste San Valentín es un replanteamiento de las situaciones con las cuales tuvo que lidiar el personaje que interpretó en Dawson’s Creek: ¿qué otra cosa puede plantear una telenovela como la que citamos (además “juvenil”) que no sea la “búsqueda del amor”?
Aquí interviene Gosling, quien con su nuevo personaje también hace referencia a otro de su trayectoria: en Diario de una pasión, Gosling interpretó también a un joven de origen humilde, quien tiene que luchar durante años por concretar una relación amorosa, también en circunstancias adversas. Ahí está para demostrarlo la escena de la rueda de la fortuna en Diario…, que luego es emulada en el puente de Triste San Valentín. La escena del amante que amenaza con salvarse al vacío aparece en dos diferentes películas, aunque a cargo del mismo actor. 
Pero Triste San Valentín no es la historia del triunfo de un amor romántico (como diría Erich Fromm), sino que nos cuenta sin concesiones cómo este romance implica un rotundo fracaso. Nada nuevo, es verdad, pero la forma en la cual el director, sus guionistas y los actores construyen los personajes se concreta en una película que nos conduce a través de la trayectoria de los actores y también de la historia del cine, en especial de la llamada comedia romántica y la forma en la cual se desmonta la candidez de ésta por medio del cine de Woody Allen, por ejemplo, una influencia que está presente en Triste San Valentín.
La esposa frustrada que interpreta Williams se gesta ya desde su papel como la mujer de un homosexual en Brokeback Mountain. La mujer que desea escapar de la “trampa” en al cual se ha convertido su vida ya puede encontrarse en la esposa de La isla siniestra, aunque esta última “escapa” de una forma por completo diferente: por medio del asesinato y del suicidio.
Es decir, no elogiamos aquí sin más la capacidad de esta película para conmover a los espectadores, al menos no en el sentido más lacrimoso del término, sino que apelamos a la trayectoria de los actores protagónicos para poner de realce la importancia de otras cintas que enriquecen el comentario de ésta. No invitamos al llanto general por la supuesta decadencia de la pareja monógama como institución, sino a ver las cosas desde otra perspectiva.

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