viernes, 12 de abril de 2013

Persistencia en el ser con pelea

El director francés Jacques Audiard se ganó el reconocimiento casi unánime de la crítica en 2009 con su película Un profeta, la historia de un criminal de poca monta quien, contra su voluntad, resulta metido hasta las entrañas de un peligroso grupo mafioso. Drama carcelario brutal con tintes oníricos (de ahí su título), Un profeta era la historia de un personaje marginado quien, por medio de su inteligencia, buscaba sobrevivir en las circunstancias más adversas, con una persistencia en el ser que bien puede reconocerse en su posterior cinta, que ahora comentamos.
En Metal y hueso (De rouille et d’os, Francia| Bélgica, 2012), Audiard de nuevo aborda la vida de un sobreviviente, el fortachón Alain (Matthias Schoenaerts), quien trata de sacar adelante a su pequeño hijo Sam (Armand Verdure). Por las noches, Alain se gana la vida como guardia de seguridad en un antro y es ahí donde conoce a Stéphanie (Marion Cotillard), entrenadora de ballenas en un parque marino.
El resultado es un intenso romance que, con todo y lo improbable que resulta, Audiard logra hacer verosímil. Cuando Stéphanie sufre un accidente que la hunde en la depresión, la película da un giro con el involucramiento entre ella y Alain, además entusiasta participante en peleas callejeras ilegales (con lo cual el director hace referencia a su gusto por el thriller).
Sorprende la forma en la cual el realizador retoma la narrativa del canadiense Craig Davidson, para vincular con efectividad materiales en apariencia tan irreconciliables como una sofisticada mujer (algo vacía) que se convierte en la amante de un bruto de buen corazón y, de esa forma, a pesar de ciertas limitaciones físicas, alcanza el culmen de la satisfacción sexual y sentimental. Lo anterior sin noticias del melodrama, a pesar de que la mesa parecía servida para tales fines.
Casi por nada los críticos han interpretado la historia de Metal y hueso como un moderno cuento de hadas, con una Bella y una Bestia asimilados por completo al contexto de la Antibes contemporánea (ver el texto de Javier Ocaña “La sirenita y la Bestia”, El País, edición del 14 de diciembre de 2012).
Como muestra de esa habilidad para conciliar lo heterogéneo está esa escena en la cual la mujer emula una coreografía propia de su trabajo como entrenadora, todo ello con una música de fondo que para muchos bien puede resultar insólita en el contexto de un drama de estos alcances, “Firework”, la canción de Katy Perry, nada menos. Audiard hace que un tema pop y la alegría despreocupada que conlleva cobre sentido en la gesta, sin duda heroica, de una mujer quien, como Stéphanie, trata de superar un problema de gran magnitud. Un coctel, mezclado por Audiard, donde además el kick boxing juega un papel trascendental como disciplina capaz de reivindicar al paria.
Por si fuera poco, Audiard proporciona apuntes de crítica social a propósito de los problemas laborales en la idealizada Francia actual, con un patrón que se dedica a espiar subrepticiamente a sus empleados. Es decir, personajes que tienen que lidiar con el delito y otras faltas con tal de ganarse la vida, como ya se había visto en otras películas francesas de reciente estreno, por ejemplo en la también muy recomendable Las nieves del Kilimanjaro (2011), de Robert Guédiguian.
Entre lo mejor de la película, además de la notable actuación de Cotillard (no hay rastro de la frialdad que mostró en ciertas escenas del último Batman de Nolan) hay que ubicar un par de escenas: cuando la entrenadora se acerca al cristal del acuario para saludar a la ballena, o bien, la imagen de un Alain eufórico luego de una pelea especialmente difícil.
Acerca del intérprete de este último, Matthias Schoenaerts, el actor ya había mostrado su solvencia en una película muy trágica, Bullhead (2011), en la cual interpretaba, al igual que Cotillard en esta ocasión, a un personaje que tiene que enfrentarse con una severa limitación.

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