jueves, 17 de octubre de 2013

Heinsenberg y el prohibicionismo

Luego de cinco exitosas temporadas al aire en AMC, la serie de televisión Breaking Bad (EUA, 2008-2013), de Vince Gilligan, llega hasta su final, convertida en fenómeno de masas y, según algunos de sus fans, como una de las mejores de la historia de este tipo de programas.
Muchas cosas se han dicho a propósito de esta serie, como los abundantes elogios dirigidos a su elenco, sobre todo a su actor protagónico, así como hacia la escritura de los episodios. Sin embargo, nuestro interés por publicar un artículo al respecto nace de la extrañeza de que poco o nada se haya comentado acerca del tratamiento que la serie le da al problema de las drogas en Estados Unidos, donde impera el prohibicionismo (igual que en México).  
Breaking Bad cuenta la historia de Walter White (Bryan Cranston), un humilde profesor de Química en una secundaria de Albuquerque, quien es diagnosticado con un cáncer terminal. Su cuñado, Hank (Dean Norris), es un agente de la DEA y un día (fatal distracción) invita a Walter a presenciar una redada; ahí el profesor sorprende a uno de sus ex alumnos, Jesse Pinkman (Aaron Paul) y lo protege para que pueda huir.
El condenado Walter tiene una idea: gracias a sus conocimientos, él está capacitado para elaborar droga de la mejor calidad, mientras que Jesse puede encargarse de distribuirla. De esa forma podrá dejar una considerable herencia a su familia una vez que el cáncer acabe con él. Así comienza la aventura que llegó a su fin el pasado 29 de septiembre.
Imagine el lector que no ha visto la serie la cantidad de peripecias por las cuales tiene que pasar la pareja de improvisados criminales. El crítico de cine y televisión de Letras Libres, Luis Reséndiz, se ha encargado de analizar aspectos fundamentales del programa, como su puesta en escena o bien la verosimilitud de su historia. Sus interesantes comentarios pueden leerse en el Blog de cine, bajo el rótulo “Marca personal a Breaking Bad”.
El mismo Reséndiz y otro de los colaboradores de la revista, León Krauze, han insistido en que el programa cuenta la decadencia de Walter, que de ser una buena persona pasa a convertirse en un poderoso capo de la droga, su alter ego, el despiadado Heinsenberg.
Krauze resume esa caída de la siguiente manera: “[…] la crónica de un descenso irremediable al infierno: un retrato feroz de la erosión moral” («Elogio de “Breaking Bad”», Blog de la Redacción, Letras Libres, 26 de agosto de 2013).
Dejo de lado que Krauze confunde la moral con la ética. En cambio, el crítico acierta en resaltar la imposibilidad de que el crimen finalmente pague. En efecto, Walter se convierte en un hombre rico, pero su fortuna no lo salva de rendir cuentas, tarde o temprano. El precio es muy alto.
Lo cual nos lleva hasta nuestra idea principal: si el enriquecimiento por drogas es incompatible con una vida normal, si el tráfico de metanfetamina choca con la idea de llevar una vida racional (“feliz y tranquila, despreocupada”, dirán otros), entonces las “evidencias” de la serie se enfrentan directamente con las políticas permisivas que se erigen como la panacea del combate a las drogas.
El prohibicionismo es criticado por los llamados intelectuales progresistas de las democracias homologadas en las cuales vivimos. Lo correcto, nos aseguran, sería pasar a otro tipo de modelo, donde el Estado permitiera (y vigilara) la producción de droga, que así podría ser de primera calidad. Con la legalización vendría la paz, nos dicen. No criticamos de entrada esa “solución” (que en todo caso habría que discutir a fondo), sino que llamamos la atención acerca de la popularidad de una serie donde se muestra el daño irreversible que la droga hace a la sociedad.
En una escena, uno de los personajes (un adicto en rehabilitación) dice que no puede ni siquiera estar cerca de quien consume marihuana, porque fue precisamente esta la culpable de que se iniciara con otras sustancias. Asignatura pendiente para los defensores de políticas más permisivas.
Sin embargo, luego de los malos presagios de Reséndiz y Krauze, el personaje alcanza un tipo de trascendencia que al parecer ni él mismo contemplaba: se convierte en un poderoso mito, para lo cual ni siquiera tiene que estar vivo. Con un nombre evocador de verdades y mentiras. Como todos los grandes.


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