John Wick 3: Parabellum (EUA, 2019), de Chad Stahelski. Tercera
entrega de la franquicia protagonizada por Keanu Reeves acerca de las aventuras
de un asesino de élite, ahora convertido en fugitivo de la mafia internacional
a la que antes solía servir, la High Table. Como se sabe, en la entrega
anterior, de 2017, Wick viola las reglas de su gremio, por lo cual pierde todo
privilegio y se convierte en blanco de sus compañeros. Ahora, en Parabellum, Wick trata de sobrevivir al
mismo tiempo que busca llegar hasta las más altas instancias de la organización
para negociar una nueva oportunidad y así conservar su vida. John Wick es una serie consagrada al
espectáculo, así que el desafío es, desde luego, mostrar lo nunca antes visto
en cuanto a escenas de acción, en la línea de hitos del género como The Raid 2: Berandal. Así, hay cuatro
grandes momentos en esta cinta: la pelea en la biblioteca con el gigante Ernest
(Boban Marjanovic), el asesino demasiado puntual; el duelo de los cuchillos; la
persecución a caballo; así como el combate en Casablanca entre los hombres del
capo Berrada (Jerome Flynny) y los perros entrenados de Sofia (Halle Berry),
aliada de Wick. Es verdad que luego la película divaga un poco y que el
enfrentamiento entre Zero, el cocinero de sushi quien además es ninja, y Wick
no está a la altura, con todo y la buena actuación de Mark Dacascos, idóneo
para el papel. Además, resulta un tanto frustrante que la historia vaya a
prolongarse en una cuarta entrega, aunque dada la complejidad del asunto esa
parece la única solución. Así que mejor
tómense su tiempo, para que a John Wick
no le pase lo mismo que a Juego de tronos,
víctima de la premura.
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miércoles, 22 de mayo de 2019
sábado, 22 de junio de 2013
Rosario de belleza y de estropicios
Un film que trata de ser hipnótico pero es tramposo. En trance (Trance, Reino Unido, 2013), la nueva película del inglés Danny Boyle, apela a la calidad de su
fotografía y su edición, así como a la extraordinaria belleza de su
protagonista, Rosario Dawson, para
tratar de obnubilar al espectador, quien así tal vez ignore los profundos defectos en la construcción de su historia.
Simon (James
McAvoy) es el empleado de una compañía de subastas, quien se ha puesto de
acuerdo con un grupo de asaltantes para robar un cuadro de Goya. Sin embargo, Simon
recibe un golpe durante el atraco, lo cual provoca que pierda la memoria y por
lo tanto no recuerde dónde ha dejado escondida la obra. Por lo tanto, Franck (Vincent Cassel), el jefe de la banda,
decide someter a Simon a la terapia de la guapa doctora Elizabeth (Dawson). La
película cuenta la historia de la creciente tensión (cifrada por la violencia y
el sexo) entre los distintos personajes.
No es extraño que una película de Danny Boyle tenga
esos defectos (la vitalidad del espectáculo antes que la solidez de la trama) o
bien esas cualidades: una vigorosa opción de entretenimiento y que acaso merece
ser recordada como película erótica.
En ese último sentido, Dawson se confirma como una
actriz cuya presencia no es desaprovechada, como no ocurría al menos desde su
papel en Sin City. De hecho, en un
detalle de sofisticada narrativa, hay partes de su cuerpo que se utilizan como
claves para interpretar el arte del siglo XVIII y XIX.
Acaso el aspecto más logrado de la cinta sea el de la
fallida historia de amor a la cual remite, un episodio de celos y maltrato cuya
irrupción está entre lo mejor de este largometraje, ambicioso al mismo tiempo
que sometido a las carencias de un guión que llega a insultar la inteligencia
del espectador, sobre todo en su escena climática; nada menos.
Y, por si fuera poco, En trance nos quiere hacer suponer que la excitante posibilidad del
amor prohibido puede exculpar a los personajes de su falta de ética (no por
robar un cuadro, lo cual remitiría a la moral), al sacrificar a “la única víctima
inocente de la intriga”, como ha dicho con fortuna el crítico Leonardo GarcíaTsao (“Qué transa”, La Jornada,
edición del 11 de mayo de 2013).
Por lo anterior, En
trance recuerda a Desconocido (Unknown, 2011), aquella película de Liam Neeson en la cual interpretaba a un implacable asesino, supuestamente exculpado
por un episodio de amnesia, después del cual opta por no responder por sus
crímenes; todo ello una vez que se ha pasado al lado del bien, gracias a lo
cual, se supone, debemos admirarlo.
Los problemas de verosimilitud de la cinta se agravan
si pensamos en que esta recurre a abundantes saltos espaciotemporales, que
tratan de representar la memoria dislocada de Simon. También hay escenas
oníricas, una de ellas ambientada en la capilla de Ronchamp.
A pesar de tantos recursos, estamos ante un proyecto
muy por debajo del debut de Boyle como director, Tumba al ras de la tierra (1994), escrita por el mismo guionista de
En trance, John Hodge. Sin embargo,
este nuevo intento es mucho mejor que Slumdog
Millionaire, que es preciso olvidar cuanto antes.
A pesar de sus defectos, hay ocasiones en que En trance sugiere un mundo de ensueño (y
pesadillesco) capaz de intrigar, como en esos planos del portero del Chelsea Peter
Cech, quien se lanza una y otra vez a parar un gol. Estamos en Inglaterra, país
futbolero, no se olvide. O bien, esas frases que coquetean con el secreto: “No
seas un héroe”, “ninguna obra de arte vale una vida humana”. ¿De veras?
lunes, 18 de febrero de 2013
Aventura espacial en Persia
El tercer
largometraje como director de Ben
Affleck es un thriller político
ambientado en el Irán de la crisis de los rehenes de 1979, cuando los empleados
de la Embajada de EUA en ese país son retenidos por los partidarios del régimen
del ayatolá Jomeini. Seis de ellos logran escapar y esconderse, mientras en las
calles las hordas de fanáticos ejecutan norteamericanos. Pero los atribulados burócratas no
pueden salir del país.
Desde la CIA se
barajan varias formas de sacarlos, hasta que se impone la más extravagante de
ellas: fingir que los fugitivos forman parte del equipo de una película norteamericana
de ciencia ficción que busca aprovechar las locaciones de Irán. Por más inverosímil
que parezca, la cinta además está inspirada en un caso real, desclasificado en
1997. Como es de suponerse, el filme explota la emoción que supone tratar de burlar
la férrea seguridad de los iraníes.
Lo mejor de Argo es la forma en que logra que
materiales en apariencia muy disímbolos, como la ciencia ficción y el thriller
acerca de un conflicto diplomático, puedan ser convergentes, en una suerte de
mezcla genérica que no se percibe ni como forzada ni contradictoria. Tomas
aéreas de Teherán de hecho parecen confirmar que la ciudad se asemeja a un
paisaje futurista, como en ese plano de la impresionante Torre Azadi, el símbolo
del lugar.
Se ha dicho que
la absurda película que los norteamericanos se proponen filmar en locaciones de
Irán es una mala copia de La guerra delas galaxias. Pero lo que ocurre en Argo
es de mucho más interés que la trama de las cintas de George Lucas.
Los materiales
de la ciencia ficción son mundanos y de ahí que con frecuencia se aproveche
este género para criticar el totalitarismo, como pasa en Los juegos del hambre, por ejemplo. En cambio, Argo no tiene que echar mano necesariamente de una distopía, al
mismo tiempo que enriquece el thriller de intriga política con el imaginario de
una ficción científica que además tiene tintes del imaginario de la Edad media,
como en la ya citada saga de Lucas o en Flash
Gordon, como queda claro desde la secuencia de créditos.
Se ha comentado
que la representación de Irán como un país incivilizado no es casual, en el
contexto de una eventual guerra con los EE.UU., lo que recuerda esos textos del
español Román Gubern a propósito de la avalancha de cine bélico y de espionaje
después de los atentados del 11-S, una agenda cinematográfica que según el
historiador estaba acordada con los productores de Hollywood y el gobierno (ver
“La guerra audiovisual de Bush”, en El País, edición del 22 de febrero de 2003). De esa forma, una película como Argo sería una suerte de propaganda a
favor de la intervención norteamericana en Irán.
Sin embargo, lo
que esas críticas no toman en cuenta es que, en efecto, el régimen de los
ayatolas es irracional, como puede verse en las mismas películas de los
cineastas iraníes, ejemplarmente en Una separación (2011), de Asghar Farhadi, distinguida con el Oscar a mejor
película extranjera, una denuncia de los desastrosos efectos del islam en la
sociedad. Otra cosa es que desde la confundida izquierda indefinida se
reivindiquen revueltas religiosas como la primavera árabe. Y el que duda de lo
anterior, ¿qué espera para mudarse a Irán?
El peligro que
corren los personajes además está balanceado con escenas cómicas,
protagonizadas por el maquillista John Chambers (John Goodman) y el productor Lester
Siegel (Alan Arkin), quienes se encargan de los preparativos para fingir que
filman una película.
Pocas eran las
expectativas a propósito de Ben Affleck, un actor con una trayectoria más bien
pobre, caracterizada por los típicos papeles de galán. Sin embargo, los elogios
que recibió por su debut como director, Desapareció
una noche (Gone Baby Gone, 2007),
ahora son confirmados por una película que no se agota en su condición de
aventura.
Leonardo García
Tsao ha criticado que Argo es un thriller convencional que
reproduce todos los lugares comunes de las películas de ese tipo (ver “Expertos en el engaño”, La Jornada, edición 17
de noviembre de 2012), lo cual bien puede ser una debilidad de la cinta. Semejante
es el reparo de Javier Ocaña (“La política como farsa”, El País, 26 de octubre de 2012).
Pero eso no
implica que la mezcla genérica que venimos describiendo sea poco efectiva. De
principio a fin la cinta asume su condición de entretenimiento, pero que no se
permite ser del todo vacuo. Otra cosa es que no esté a la altura de sus
modelos, como Los tres días del Cóndor
(1975), de Sydney Pollack. Por el momento tal vez eso sea pedir demasiado.
lunes, 21 de enero de 2013
Ratas, espionaje, imperio
El problema de 007
Operación Skyfall (Skyfall, Reino
Unido| EUA, 2012), de Sam Mendes, es
el pasado. Es curioso decir eso acerca de una película cuyo principal mérito es
tratar de profundizar en la psicología de su personaje principal, un duro y
enigmático espía quien tiene que enfrentarse con el desafío de la decadencia de
sus facultades en un mundo controlado por los jóvenes. Lo demás es rutina: un
terrorista empeñado en vengarse del servicio secreto británico.
En este espacio ya hemos comentado la evolución que
supuso el ascenso de Jason Bourne en el imaginario de las películas de acción y
espionaje, en la cual 007 fue una de las damnificadas. Sin embargo, al agente
británico le quedan gestos de elegancia que son impensables en la saga Bourne.
Muestra de ello es una de las mejores escenas de la película, cuando el Bond de
Daniel Craig hace una acrobacia
mortal y después de sobrevivir su primera idea es acomodarse el saco. A la
muerte no se le puede hacer frente con desaliño.
La película, además, plantea la evolución también de
los villanos. En una reflexión de M (Judi
Dench) acerca de la necesidad del espionaje, la jefa del servicio secreto
dice que ahora sus enemigos no son naciones, sino individuos.
El tema es interesante, como lo ha planteado la
crítica Lilián López Camberos en Letras
Libres (ver blog En pantalla, 08/noviembre/2012), quien explica cómo James Bond es un producto de la Guerra
fría que se ha visto afectado por ese desplazamiento del peso de los
Estados-nación que menciona M. Sin embargo, Bond insiste en varias ocasiones en
que es un patriota. Un asesino que no mata en nombre de cualquier cosa, sino
por la patria, nada menos, palabra que muchos se han apresurado en llamar anacronismo.
De esa forma, 007 reivindica su condición de producto
chapado a la antigua, como queda claro en la batalla final, cuando el agente se
enfrenta a su némesis en un escenario que además proporciona ciertas claves del
pasado de Bond. A la vieja usanza, como la canción de Adele.
Otro momento a destacar de la cinta es la aparición del
villano, que tiene lugar después de la primera hora de duración. Antes, del
personaje de Javier Bardem, Silva, apenas se habla, porque quienes lo conocen
tienen miedo de invocar su nombre en vano. Solo se sufren las consecuencias de
sus ataques, pero él permanece anónimo. Hasta que aparece para tener un duelo
verbal con Bond que incluye un escarceo sexual, precisamente el reverso de la
escena de tortura que Bond sufrió en Casino
Royale.
Hasta aquí pareciera que 007 Operación Skyfall tiene mucho de bueno y poco habitual en las
películas de acción: cierta hondura psicológica y construcción de un carácter,
mérito de poner a un director como Mendes, formado en un cine muy distinto, al
frente del proyecto. Además: un villano sugerente, así como escenas de violencia
y acción que no caen en la mera redundancia, como en la nueva e inútil versión de Total Recall, por ejemplo.
Sin embargo, el problema es el pasado: Casino Royale (2006) sigue pesando mucho
al momento de considerar la valía de Skyfall.
La cinta de Martin Campbell supuso la marginación del Bond más cómico en
beneficio de la gravedad, por eso se le compara con el trabajo que ha hecho Christopher Nolan en la saga Batman. La semejanza se percibe también en Skyfall, como en la escena del asalto al
tribunal, que recuerda la llegada de Bane a la bolsa de valores en Batman: El Caballero de la Noche Asciende,
que no por casualidad también aborda los problemas de salud de su personaje.
Otros problemas atentan contra la verosimilitud de la
cinta. Y aquí el lector que no haya visto el filme puede dejar de leer. ¿De
verdad tiene que sorprendernos que la computadora de Silva provoque un fallo en
la seguridad del cuartel general? Se supone que Q (Ben Wishaw) es un genio. Pero no ve venir lo obvio.
Sin embargo, sin ser excelente en su tipo, Skyfall es una buena película, con sus
campos semánticos: el cuento de las ratas, el foso de los dragones de Komodo, la medusa gigante. O bien, como no, sus hermosas mujeres.
Hace tiempo que los posmodernos demostraron su
torpeza como intérpretes de la realidad. De otra forma no se entiende el culto
a un héroe imperial que no se acaba. Como el mal. martes, 6 de noviembre de 2012
Tormenta justiciera del porvenir
En
el año 2074 los viajes en el tiempo son posibles, tanto así que el gobierno los
prohíbe. Sin embargo, la mafia los usa clandestinamente para enviar a sus
víctimas al pasado, hasta el 2044, donde un asesino a sueldo se encarga de
eliminarlas. Así pueden desaparecer a las personas sin dejar huella. Esa es la
historia del filme Asesino del futuro
(Looper, EUA| China, 2012), del
norteamericano Rian Johnson, quien
también es autor del guión.
Joe
(Joseph Gordon-Levitt), es uno de
esos sicarios de 2044, quien un día se enfrenta con un dilema: tiene que
asesinar a su yo de 2074 (interpretado por Bruce
Willis). Cuando el Joe viejo huye, el Joe joven se convierte él mismo en un
fugitivo de la mafia. Looper es un espectáculo
garantizado, con la presencia de Willis y la confirmación de Gordon-Levitt como
héroe de acción después de Inception.
Los
antecedentes de Johnson, como su primera película, Brick (2005), curiosa historia de detectives ambientada en una secundaria estadounidense, han provocado que el debate acerca de Looper se haya centrado en el género de
la película.
Un
entusiasta Jordi Costa, crítico de El
País, opina que Looper es más
bien cine negro (film noir) que
ciencia ficción (ver “Un vórtice en el hampa”, edición del 18 de octubre de
2012). Así parece confirmarlo la entrevista con el director para el mismo
diario, donde el mismo Johnson afirma lo siguiente: “Casi que me interesa más
el noir, que el resto” (“Cómo hacer buena ciencia-ficción”, edición del 19 de octubre).
En
México, el crítico de Milenio,
Fernando Zamora, desdeña la cinta por su supuesta falta de originalidad: “nació
vieja”, dice. Para Zamora los precedentes pesan demasiado, de ahí que dedique
su texto a recomendar otras películas que aprovechan las posibilidades
narrativas del viaje en el tiempo, como Terminator
2. Sus reparos también cuestionan la verosimilitud de Looper: un GPS simplificaría el problema de los asesinos fugitivos,
nos explica (ver “Los señores del tiempo”, blog Hombre de celuloide, 19 de octubre).
Parece
claro que la mezcla genérica, las influencias y los retos para darle coherencia
al viaje en el tiempo conforman las claves de esta película. Sin embargo,
creemos que el más importante de los factores que pone en juego ha sido
soslayado. Solo uno de los críticos que consultamos, Nando Salvá, afirma que lo
central de la cinta radica en los dilemas éticos que plantea (ver “La exacta matemática del destino”, El Periódico,
19 de octubre). Advertimos al lector que no haya visto la película que bien puede
dejar de leer.
Efectivamente,
llega un momento en que el Joe viejo decide asesinar al niño, Cid (Pierce Gagnon), quien, en el futuro, se
convertiría en el jefe de la mafia. Joe culpa a Cid de la muerte de su esposa y
cree que si en 2044 lo asesina podrá volver hasta 2074 para vivir
tranquilamente con su mujer. Mientras tanto, el Joe joven también se plantea
matar al niño, porque en su papel como jefe de la mafia del futuro Cid ordenaría
la muerte de los loopers. Sin
embargo, Nando Salvá plantea que esos dilemas competen al individuo: el “asunto
no es la alteración del futuro sino la alteración del yo”. La interpretación de
Salvá es, por lo tanto, psicológica.
Desde
el principio, el mismo Joe nos informa que el Estado ha prohibido los viajes en
el tiempo. Es decir: el Estado proscribe el uso de un adelanto científico. ¿Hay
protestas en 2074 en las cuales los descendientes de los indignados y del #YoSoy132
exigen al gobierno que les permita viajar en el tiempo con cargo al estado de
bienestar?
Johnson
nos pone frente a un gobierno (autoritario, se dirá) que decide lo que es mejor
para la población. La película le da la razón: los viajes en el tiempo son
susceptibles de usarse por el crimen organizado para cometer asesinatos. En
2074, dice un personaje, lo mejor es refugiarse en China.
Cid,
niño mutante con poderes quien en el futuro provoca fenómenos meteorológicos,
intenta, desde 2074, usar el viaje en el tiempo para tratar de aniquilar a los sanguinarios
loopers. Los asesinos lo quieren
muerto, para seguir con sus vidas. ¿Por qué se ocupa Cid de los loopers?
Hay una suerte de identificación del niño, el “Hacedor
de lluvia”, con la divinidad, capaz de invocar una tormenta (como se muestra en
una escena) pero también un ser con la facultad para disponer de las vidas de
los asesinos. Un “villano” en la línea de Ozymandias, del cómic Watchmen (1986-87), de Alan Moore. Ese
pequeño niño no es otra cosa que un súper héroe, quien reclama su poder en
tiempos de la China imperial, versión 2074. Asesino
del futuro es una película más valiosa por lo que insinúa que por lo que
muestra.
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