sábado, 3 de diciembre de 2011

La civilización está de sobra


El director franco-polaco Roman Polanski es un referente del cine desde los sesentas, con películas en las cuales ha explorado con libertad diferentes géneros, como el terror en Repulsión, El bebe de Rosemary y El inquilino, la adaptación especialmente sangrienta de un clásico de Shakespeare en Macbeth, la resurrección del cine negro en Barrio Chino, el suspenso de la conspiración internacional en Búsqueda frenética y El escritor fantasma, así como el pormenorizado drama del holocausto y la sobrevivencia en El pianista.
Acaso el común denominador de varias de sus películas sea la crueldad con la cual somete a sus personajes a una tortura real o imaginaria, ya sea física o psicológica, a veces a lo largo de años, como en la historia de ese matrimonio destructivo en Luna amarga.
En la citada El escritor fantasma, con el retrato de un político mediocre y su esposa, el matrimonio fallido como la antítesis de la convivencia de nuevo cobra un papel relevante, asunto en el cual se insiste en su nueva película, Un dios salvaje (Carnage, Francia| Alemania| Polonia, 2011), inspirada en la obra de teatro de la dramaturga francesa Yasmina Reza, quien además firma el guión al lado de Polanski. No es la primera ver que Polanski acomete la versión de un texto teatral, como lo prueba La muerte y la doncella, originalmente una obra de Ariel Dorfman.
Sin embargo, esta vez el tono no alcanza las cuotas de tragedia de ésta o de Luna amarga, porque estamos ante una comedia negra en la cual la única forma de salvarse es por medio del cinismo y la aceptación explícita de la insolidaridad, la premisa de la cinta. Una comedia, sí, a pesar de que algunos de los personajes no le encuentren la más mínima gracia.
En la primera escena de la cinta vemos la discusión entre dos adolescentes, que termina cuando uno de ellos golpea violentamente al otro. Así, el matrimonio formado por Michael (John C. Reilly) y Penélope Longstreet (Jodie Foster), padres del agredido, recibe en su casa a Nancy (Kate Winslet) y Alan Cowan (Christoph Waltz), los padres del agresor, para discutir civilizadamente acerca de la pelea que han tenido sus hijos. Al menos esa es la intención, porque pronto las cosas se descontrolan con hilarantes resultados.
La comedia no es inédita en la carrera de Polanski, quien con La danza de los vampiros ya había tenido una incursión en estos asuntos, además de que en sus películas siempre ha estado presente el sentido del humor mordaz que, como decíamos antes, en esta ocasión alcanza el culmen.
En lo anterior tiene mucho que ver la presencia de un elenco de primera, en el cual destaca el austriaco Waltz, quien ya había ganado notoriedad con una de sus anteriores películas, Malditos bastardos, de Quentin Tarantino, en la cual interpretaba a un despiadado oficial nazi.
El guión se las ingenia para que los Cowan no puedan abandonar la casa de sus anfitriones a la fuerza, a pesar de que la cita aparentemente es un mero trámite para que los vástagos hagan las paces. Sin embargo, en el camino son muchas las cosas que se tambalean para ambos matrimonios, sobre todo en lo que respecta a las ideas de uno de los personajes, defensora a ultranza del diálogo, porque el dios carnicero del título original lucha por imponerse a la hora en que los “ciudadanos del mundo” tratan de llegar a un acuerdo. Las relaciones entre las personas son dialécticas, lo demás es música celestial, ha dicho con fortuna el filósofo español Gustavo Bueno.
La película de Polanski pone de manifiesto el débil entramado de refinamiento que constituye el gusto por el arte contemporáneo y otros tantos hábitos del mundo actual, que en la película son mostrados ya no como una forma de redimir a los cultos, sino como simples pretextos para la pretensión sin más fruto que el hastío del vulgo.
Al mismo tiempo, como en el cine de Woody Allen, las clases privilegiadas neoyorquinas son mostradas como un conjunto de neuróticos que sólo necesitan un empujón para hacer al lado sus modales. Si la educación es una mera careta y los padres exhiben el mismo descontrol de los hijos sólo queda concluir que cada uno queda abandonado a su suerte y a su nihilismo.


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