lunes, 22 de julio de 2013

La música o la vida

El último concierto (A Late Quartet, EUA, 2012), de Yaron Zilberman, cuenta la historia de la crisis de un famoso cuarteto de cuerdas, cuando su fundador, el chelista Peter (Christopher Walken), es diagnosticado con una enfermedad que merma sus facultades y el resto de los integrantes entra en conflictos de diversa naturaleza, todos ellos relacionados con el deseo de realizar algún postergado anhelo individual. Además, los problemas se acumulan cuando la agrupación está a punto de cumplir veinticinco años y se habla de una nueva gira.
De hecho la propuesta de la película es anunciada con claridad desde el principio: Peter, el patriarca, describe una pieza de Beethoven, en la cual los músicos se ven obligados a tocar con los instrumentos desafinados, al mismo tiempo que tratan de mantener la armonía con sus compañeros. Una clara metáfora de lo que ocurre en la cinta.
La historia promulga una idea que no es novedosa aunque nos pone de frente contra los sacrificios que implica la dedicación a la música: el buen orden del cuarteto tiene que ser prioritario antes que cualquier “sueño” de sus integrantes, por válido que este sea. El cuarteto o la vida, parece ser la consigna.
Así, el segundo violín, Robert (Philip Seymour Hoffman), desea convertirse en el primero. Mientras tanto, el primer violín, Daniel (Mark Ivanir), quiere entregarse a la pasión de un amor juvenil. Solo Juliette (Catherine Keener), la esposa de Robert y ejecutante de la viola, parece estar dispuesta a mantener la unión del cuarteto por encima de todo.
Poco a poco, el espectador se entera de los añejos problemas del grupo musical ahora que el más viejo de sus integrantes no está para apelar a la cohesión del todo. En una escena, un gesto de amor termina en rechazo, con lo cual se sugiere que cierto matrimonio sufre problemas sexuales y que tal vez está fincado más que nada en la comodidad. Hay que comparar lo anterior con las escenas del documental, idílico, filmado a propósito del grupo y sus logros, que los personajes miran entre risas.
No es exagerado decir que, en el filme, la lujuria y el romance funcionan como una suerte de némesis de la música de cámara y la disciplina que implica: Robert es tentado por una hermosa bailarina de flamenco, quien lo impulsa a reclamar un papel mucho más protagónico como violinista. La sensualidad del baile español y la voz de un cantaor se proponen así como contrarios a los intereses del cuarteto. Más adelante, nos enteramos de que Daniel renunció a un viejo amor por el bien del grupo. Como si de un voto de castidad se tratara, la entrega al cuarteto tiene que ser total.
Sin embargo, la película, como hemos dicho, apela a una lección que no cualquiera está dispuesto a aceptar: en el mecanismo del cuarteto alguien tiene que renunciar al protagonismo para que la agrupación triunfe; todo ello al mismo tiempo que el primer violín, por ejemplo, tampoco es un solista. De ahí que ninguno de los músicos sea retratado como un excéntrico genial e inadaptado, a la manera del Johnny Carter de “El perseguidor”.  
La cinta me ha recordado “Clone”, otro cuento de Julio Cortázar, este incluido en Queremos tanto a Glenda. El relato trata acerca de un grupo de intérpretes de ópera que interpreta madrigales de Gesualdo. En “Clone”, los integrantes reproducen la anécdota de adulterio y tragedia de una de las piezas del compositor italiano. Sin embargo, Zilberman evita ese registro y se limita a consignar las decisiones, eso sí, muy duras, de sus personajes. Esa es la clave de El último concierto: la música tiene que continuar hasta en los momentos más adversos.
La sofisticación de la cinta no excluye momentos de gran obviedad, como la idea de que es importante dejarse llevar por lo imprevisto para que la música se engrandezca, un argumento que contradice la importancia del ascetismo y el rigor que se había ligado con el cuarteto.
Sin embargo, El último concierto es también la conjunción de varios talentos de la actuación, dedicados a ejecutar una obra acerca de la renuncia al placer personal para lograr el disfrute del público.


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