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viernes, 27 de enero de 2012

Amistad más allá del color

El racismo a veces es el factor de cohesión de una sociedad. A lo largo de su historia, el cine norteamericano ha sabido registrar lo anterior a veces desde muy temprano, como en El nacimiento de una nación (1915), de DW. Griffith, filme fundacional en el aspecto tecnológico y que no ocultó su entusiasmo al momento de reivindicar ciertas prácticas racistas.
La película estadounidense Mississippi en llamas se exhibió en México en 1988, con unahistoria que logró gran impacto: a mediados de los sesentas, en un pueblo del sur de los Estados Unidos, unos activistas negros son asesinados por un grupo de blancos, un crimen que es investigado por unos agentes del FBI. Quienes hayan visto este trabajo del director Alan Parker seguramente recordarán que los federales tienen que enfrentarse a la cerrazón de los habitantes del pueblo, así como al miedo de las víctimas. Una película que muestra con crudeza los extremos de violencia a los cuales puede llegar una comunidad, tan cargada de prejuicios como organizada para defenderlos, con el Ku Klux Klan como una más de sus instituciones.   
Para conocer la versión más brutal del racismo en las comunidades sureñas sólo hace falta echar un vistazo a películas tan aclamadas. En cambio, una como la que hoy nos ocupa, Historias cruzadas/ Criadas y señoras (The Help, EUA| India| Emiratos Árabes Unidos, 2011), de Tate Taylor, está interesada en otro tipo de registros. Ya no el violento naturalismo de Parker, quien recurrió a planos de apariencia documental para darle a su cinta un tono a veces periodístico, sino a los posibles hallazgos al momento de explorar las relaciones entre las mujeres de un pequeño pueblo norteamericano, otra vez del Mississippi y en los mismos años de la historia de Parker, los sesentas, años de especial turbulencia.
Y ahí, creemos, está la clave: mientras que Parker centra su atención en los pormenores de la investigación policiaca, con los agentes federales y sus pesquisas para tratar de encontrar los cuerpos del delito, Taylor adapta la novela de Kathryn Stockett para contar una historia desde el punto de vista de las criadas, conocedoras por excelencia de los problemas domésticos que son la comidilla del lugar.  
Durante años, las mujeres negras de la localidad han criado a los hijos de las familias blancas. Las madres están muy ocupadas en sus eventos sociales, en el chismorreo, los juegos de cartas y la beneficencia, de ahí que a alguna de ellas se le olvide cambiar el pañal de su bebé.
La salvación de los hijos está en las nanas: conocemos especialmente a dos de ellas, dos mujeres maduras que desde la adolescencia se han dedicado a cuidar (y educar) a los hijos de otros: Aibileen (Viola Davis) y Minny (Octavia Spencer).
Hartas de los abusos de la caudilla local, Hilly (Bryce Dallas Howard), las dos mujeres se animan a contar sus historias a Skeeter (Emma Stone), escritora aspirante que desea romper con la cerrazón de su lugar de origen.
Se ha criticado que la película supuestamente es maniquea (las mujeres negras toda bondad frente a las harpías blancas), por no hacer un retrato más fiel del Mississippi de la época. En ese sentido hay que leer la crítica del español Jordi Costa (El País, 28/10/2011), con un título tan explícito como “Segregación de parque temático”. Es decir, se le reprocha a The Help, creemos, no ser Mississippi en llamas.  
La violencia de los blancos contra los negros, el asesinato de algún joven, por cierto, apenas es mostrada. Se nos relata una historia terrible y en una ocasión uno de los personajes atraviesa a la carrera calles oscuras, barrios donde el color de la piel es una desventaja. Es decir, se nos insinúa que la acción se desarrolla en un lugar que puede llegar a ser hostil como el Jessup County de Parker. Y está bien porque la historia de Parker ya la hemos visto (hace décadas) mientras que The Help se concentra en sacudir una sociedad desde sus cimientos, la familia, que en el caso que nos ocupa está organizada para que los padres se desatiendan de sus hijos.
En esa característica y en la ya citada solidaridad entre mujeres (posible en Jackson más allá del color) está el mérito del filme, lleno además de actuaciones sobresalientes. O bien, con sutilezas como la imagen del pollo empanizado, casi sagrado para su cocinera.

miércoles, 25 de enero de 2012

Jugar sucio pero con cara triste

Estamos ante el duro aprendizaje de un joven asesor político, quien durante la campaña interna del Partido Demócrata por la candidatura a la presidencia de los Estados Unidos se enfrenta con la corrupción del sistema democrático de su país.
Los idus de marzo (The Ides of March, EUA, 2011) es el cuarto largometraje como director del famoso actor estadounidense George Clooney, después de su interesante debut Confesiones de una mente peligrosa, que también describe los entretelones de una sociedad que ha hecho de la mentira política una de las claves de su éxito.
En Los idus de marzo el elenco está encabezado por el mismo Clooney, en el papel de uno de los políticos contendientes, el gobernador Mike Morris, quien es asesorado por Paul Zara (Philip Seymour Hoffman). Sin embargo, la película está centrada en las aventuras de Stephen Meyers (Ryan Gosling), mano derecha de Zara, quien tiene que vérselas con un hábil rival, Tom Duffy (Paul Giamatti), en el equipo del senador Pullman (Michael Mantell), el otro político que quiere disputarles el lugar en la Casa Blanca.
Como puede verse, hay un elenco muy atractivo que reúne varias generaciones de intérpretes, con la cada vez más destacada participación del joven Gosling, que el año pasado fue uno de los más requeridos.
Desde el principio, cuando vemos cómo Meyers se encarga de preparar la iluminación y el audio para un discurso de su jefe, la apuesta de Clooney es mostrar la política no como un debate de ideas sino como un enfrentamiento de aparienciasfalaces, el espectáculo del político que se ve obligado a ser hipócrita para triunfar. Así, asistimos a la descomposición de los “ideales” para ceder paso a la impronta de la mercadotecnia, la imagen, las encuestas y, en general, el ascenso no de los hombres de Estado sino de los empresarios de prácticas degeneradas.
Esa concepción histriónica de la política está reforzada por la proveniencia teatral del texto que ha inspirado la cinta. Todo muy oportuno, sobre todo que ahora se debate en el seno del Partido Demócrata la continuidad del mesiánico Obama, abandonado en días pasados por uno de sus colaboradores más fieles.
Sin embargo, a estas alturas la película de Clooney se antoja algo obvia, desde el momento en que pretende hacernos saber la primicia de que ciertos individuos son capaces de cualquier cosa con tal de conseguir un puesto. Como era de esperarse, el punto de inflexión de lo anterior es el escándalo sexual, moneda de cambio a la hora de dibujar la caída del político ambicioso de turno.
El primer plano se vuelve el emblema de la cinta, como queda en evidencia desde el póster promocional. Es decir, la cara del que juega sucio pero pone cara triste. El espectador se vuelve un privilegiado que sabe lo que los medios de comunicación más incisivos (el personaje de Marisa Tomei) ignoran.
La película de Clooney resulta muy útil para ilustrar las debilidades de unsistema, el democrático y las corruptelas que implica. El político se hace de aliados por medio de jugosos favores en los cuales el elector no pinta nada, pactos que se hacen en privado y de los cuales el votante común nunca se entera. Estamos ante la corrupción no delictiva de la democracia puesta en práctica para garantizar los privilegios de unos pocos.
Con inteligencia, la película nos muestra al candidato como el participante de numerosos debates. Hay que poner atención a los temas se abordan en ellos, porque luego tendrán un papel trascendental en la historia.
Clooney es Demócrata, como se sabe, así que con esta historia hace un ejercicio deautocrítica que en ocasiones llega a ser muy duro. Sin embargo, también nos muestra las debilidades ideológicas de su partido pero supuestamente cuando nos expone sus cualidades. Es decir: las supuestas bondades de los militantes demócratas en realidad son defectos, pero Clooney no parece percibirlo así, como cuando en una entrevista el político dice que la pena de muerte es un asesinato. Hasta cuando no parece pretenderlo, la película nos muestra la simpleza e ignorancia de algunos políticos profesionales.
Mención aparte merece el personaje de Giamatti, sobre todo por una escena en la cual revela cómo, con maldad, ha manipulado a otro de los personajes.  
En resumen, Los idus de marzo está afectada por la falta de originalidad de sus planteamientos, aunque esa limitante al final sea resuelta por el trabajo de un elenco de primera.

Humor en medio del absurdo

Debería llamarse “Misión posible”, porque al final las cosas siempre le salen bien al agente secreto interpretado por Tom Cruise, protagonista de una saga que acaba de llegar hasta su cuarta entrega, Misión imposible: Protocolo fantasma (Mission: Impossible – Ghost Protocol, EUA, 2011).
El título, en realidad, es una clara manifestación de intenciones: espectador, lo que estás a punto de ver es, como sabes (o deberías saber) el inverosímil nuevo capítulo de una serie de acción que se basa en las espectaculares proezas de un equipo de agentes norteamericanos, siempre en pos de pillos internacionales que, como es obvio, planean conquistar el mundo.
Si lo anterior se tiene en cuenta se evitarán los penosos inconvenientes de ver una cinta de acción plagada de acciones absurdas, el enésimo vehículo de lucimiento para un fanático religioso de muy desigual talento, pero con atractivo en taquilla.
Como productor, Cruise aprovechó el interés por las viejas series de televisión para rescatar la Misión imposible original, de los años sesentas y, con Brian De Palma como director, revitalizar en 1998 (mucho después de la Guerra fría aunque antes del colapso de las Torres Gemelas) el liderazgo cinematográfico de los norteamericanos al momento de violar la soberanía de múltiples países, en nombre del supuesto bienestar de la “Humanidad”.
Desde entonces, Cruise y sus millones se han agenciado al director de moda (John Woo para la segunda entrega, JJ Abrams para la tercera) para forjar el mito oscurantista de un héroe cuyo sello son las acrobacias en rascacielos, en este caso una torre de Dubái, la más alta del mundo, nos dicen.
A pesar de que desde la tercera parte se le ha dado continuidad a sus romances, con una esposa a la cual le guarda fidelidad, Ethan Hunt está muy lejos de ser el personaje trágico que los perpetradores de las diversas misiones dizque imposibles quisieran hacernos creer.
Con todo y las numerosas muertes de personajes (prácticamente todo el equipo en la primera parte), Cruise y su gente no alcanzan la solemnidad del primer Bond de Daniel Craig, quien como se recordará pierde a su pareja en Casino Royale. O el modelo de ésta, el multicitado agente Jason Bourne de Matt Damon, quien ni siquiera tiene una vida propia porque se la han robado.
En Misión imposible: Protocolo fantasma, también asistimos al deceso de un agente y por lo tanto el comportamiento de uno de sus amigos está cifrado por la venganza, pero la película nunca supera sus reglas de juego de video, en las cuales la vida de determinados personajes (secundarios, claro está) es sacrificable aunque sin riesgo para la recaudación.
Así, Misión imposible: Protocolo fantasma puede ser disfrutada en su condición de alarde técnico espectacular, lo cual no incluye sólo las persecuciones, tiroteos y bombazos en locaciones alrededor del orbe (Budapest, Moscú, Mumbai…), también un elenco de actores de prestigio, como Tom Wilkinson, del cual se puede echar mano aunque sea para una escena. Así se estila en estos casos.
El verdadero ganador es el actor inglés Simon Pegg, la comparsa cómica de Cruise, porque es uno de los que se salva de la autoparodia con su interpretación de un experto en computadoras quien acaba de estrenarse como agente “de campo”.
Y ahí está lo mejor de esta entrega de Misión imposible…: los chispazos de humor, como en las desventuras de Sidorov (Vladimir Mashkov), el policía ruso encargado de perseguir a Ethan Hunt. Los guionistas ponen en su boca las peores obviedades para luego dejar caer al personaje de forma ridícula.
Sólo entonces el director, Brad Bird, evidencia con más energía su procedencia: la animación que se dedica a parodiar el cine de acción y superhéroes. La desventaja es que Bird en esta ocasión tiene que dejar bien parado al tipo de personaje que en el pasado se encargó de convertir en objeto de burla.  Qué lejos está aquella gran comedia, Ratatouille, que le valió a Bird los elogios de los críticos más reticentes.
Quienes tengan la capacidad de abandonarse ante cintas como Misión imposible: Protocolo fantasma sin duda podrán disfrutarla. De la misma manera, el resto tendrá un blanco fácil que no por eso deja de ser un negocio millonario. 

 






martes, 27 de diciembre de 2011

La boda de mi mejor amiga


Los seguidores del programa Saturday Night Live seguramente reconocerán a la actriz norteamericana Kristen Wiig, quien en su debut como protagónica en La boda de mi mejor amiga (Bridesmaids, EUA, 2011), que ahora comentamos, ha sido encumbrada por la crítica como la “nuevareina de la comedia”.
Entusiasmos aparte, quienes hayan visto este año Paul, la historia del extrovertido alienígena que escapa del gobierno de los Estados Unidos, tuvieron oportunidad de disfrutar con su interpretación de una protestante fanatizada que después de descubrir la falsedad de su fe desarrolla un lenguaje muy florido.
Para más antecedentes, La boda de mi mejor amiga representa un giro hacia los temas femeninos en la trayectoria del director y guionista Judd Apatow, responsable de exitosas cintas como Virgen a los 40 y Súper cool, protagonizadas por hombres. En esta ocasión sólo participa como productor, mientras que la dirección recae en Paul Feig, con una amplia trayectoria en series televisivas como The Office, Weeds y Mad Men. El guión ha sido escrito por la misma Kristen Wiig y una de sus colaboradoras, Annie Mumolo, quien por cierto tiene un breve papel en la película como una mujer con miedo patológico a volar y que además asegura tener sueños premonitorios. Pero vamos por partes.
La boda de mi mejor amiga cuenta la historia de Annie Walker, empleada de mostrador de una joyería desde que tuvo que cerrar su tienda de pasteles por problemas económicos. Un día, su mejor amiga, Lillian (Maya Rudolph), le dice que va a casarse y que quiere que Annie sea su dama de honor, lo cual implica planear la boda, con todas las complicaciones y dinero que eso implica, sobre todo cuando se trata de una modesta empleada que tiene que compartir departamento con una pareja de hermanos gordos albinos que se bañan juntos en la tina.
Sin embargo la nueva amiga de Lillian, Helen (Rose Byrne) de verdad quiere ser la dama de honor y hará todo lo posible por ganarle el puesto a Annie quien, desde luego, resulta ser un desastre como organizadora.
Jordi Costa, crítico cinematográfico del diario español El País, escribe que acerca de lo mucho que hacía falta una actriz cómica como Wiig, después del arquetipo de la “payasa sexy, inmortalizado con admirable entrega por Cameron Diaz” (edición del 12/08/2011).
Es decir, Wiig es una mujer común, para nada una rubia despampanante que confunde la libertad con el libertinaje. Y precisamente parte de sus problemas se deriva de eso, de no ser una belleza, como cuando su némesis, Helen, se burla de su forma de vestir en la fiesta: “¿Vienes del trabajo?”. Así, la belleza vulnerada será una clave del humor, como cuando la bonita llora y se ve fea, aunque lo niegue.   
Helen y Lillian son amigas de toda la vida y la película no sólo se ocupa de afirmar lo anterior sino de mostrarlo: las chicas “asisten” a una clase muy especial para ponerse en forma y tienen una complicidad insuperable, como en esa escena en la cual cantan, bailan y hacen la mímica de “Hold On”, del grupo norteamericano Wilson Phillips. Maya Rudolph ya había dejado constancia de su capacidad en películas como El mejor lugar del mundo (Away We Go).
Mención aparte para Melissa McCarthy, la cocinera gorda de Las chicas Gilmore, toda amor y ternura, ahora todo lo contrario: no es que sea malvada, es que es una reivindicadora de la violencia y del sexo casual.
Igual de brillante está Rose Byrne, quien empezó con papeles de niña bonita en películas como Troya (donde interpreta a Briseida, secuestrada por Aquiles-Brad Pitt). En los últimos la actriz ha protagonizado un resurgimiento y su papel en La boda de mi mejor amiga comprueba su valía. 
Otras apariciones, como la de Jon Hamm, de Mad Med, también son dignas de mencionarse, aunque el papel de patán acaudalado resultará más efectivo entre quienes conozcan a este actor.
Sin embargo, no hay que perder de vista que el sostén de la película es Wiigs, con su elogio de la dignidad de la mujer que según la sociedad ha fracasado y cuyo mejor aliado es un humor a prueba de cualquier boda. 

 

sábado, 17 de diciembre de 2011

Pearl Jam vive


El relato del ascenso meteórico así como su posterior conflicto con la industria, para terminar convertido en un grupo de rock sobreviviente, a veces atrapado en la nostalgia noventera, lejano a la innovación aunque con un sonido personal y una dignidad difícil de alcanzar por otros grupos de aquellos años (véase el patético caso de Guns N’ Roses) es el tema de Pearl Jam Twenty (EUA, 2011), documental de Cameron Crowe acerca del conocido grupo norteamericano de rock alternativo.
Así, el espectador asiste a la gestación del sonido de la banda a partir de las cenizas de otro grupo, Mother Love Bone, cuyo cantante, un extrovertido Andrew Wood, enamorado de la idea del estrellato, fallece trágicamente cuando el grupo estaba en franco desarrollo. Crowe acierta al plantear una de las principales ironías del grupo: el contraste entre la personalidad de Wood y la del nuevo cantante, Eddie Vedder, quien aborrece la frivolidad de la industria.
A continuación, Pearl Jam se volverá uno de los emblemas del llamado grunge, el sonido de la ciudad de Seattle, Washington, cuyos exponentes marcaron la década de los noventas: Soundgarden, Alice in Chains, Screaming Trees y, sobre todo, Nirvana.
Como tantos otros grupos, la banda tiene un sino trágico, como hemos explicado, sólo que la película además nos muestra la vida cotidiana de sus integrantes, su pasión y su sentido del humor, así como su compromiso político (a veces con causas aberrantes, hay que decirlo, como en elcaso del delirio tibetano). Cuando la banda da un concierto en la NASA y es abucheada por criticar al presidente George W. Bush queda patente la complejidad de la sociedad estadounidense de la cual Pearl Jam forma parte.
El director de Pearl Jam Twenty, el norteamericano Cameron Crowe, siempre ha estado relacionado con el rock, desde sus inicios como periodista o bien con sus películas Solteros y la autobiográfica Casi famosos. Crowe ganó fama con una comedia romántica muy sobrevalorada, Jerry Maguire (1996), protagonizada por Tom Cruise, quien también actuaría en otro de sus proyectos, Vanilla Sky, reelaboración hollywoodense de la cinta española de ciencia ficción Abre los ojos.
Después de su debut Un gran amor (Say Anything…), en 1989, comedia romántica acerca del amor entre dos jóvenes, acaso Crowe se extravió en la penosa tarea de complacer el ego de Tom Cruise, aunque su retrato de la vida de las groupies setenteras en Casi famosos recupera la habilidad que había mostrado para retratar la locura y la solidaridad de los círculos de amigos unidos por la música. 
A pesar de tener una trayectoria bastante amplia, la gran reivindicación de Crowe como director llega con el estreno de Pearl Jam Twenty. Si en Casi famosos nos muestra la intimidad de una banda apócrifa, Stillwater, ahora toca hacer lo mismo pero con una verdadera agrupación, capaz de salvarse de sí misma para contar su historia desde la sobriedad y también a veces el desencanto ocasional de la aventura.
Con honestidad, el grupo describe el impacto que supuso la llegada de Eddie Vedder al grupo: Stone Gossard, guitarrista y compositor, hasta entonces cabecilla de la banda, confiesa cómo Vedder asumió el liderazgo gracias a su talento. Sin embargo, al mismo tiempo hubo que aprender a vivir con la repugnancia de Vedder hacia la fama, lo cual les ocasionó no pocos problemas de organización.
Lo anterior se complementa con el pleito que el grupo sostuvo con la empresa organizadora de conciertos Ticketmaster, a la cual acusaron de prácticas monopólicas (finalmente tuvieron que ceder ante ella). O la renuencia a grabar videos musicales. Por eso no es de extrañar que el grupo, a pesar de mantener numerosos fans incondicionales por todo el orbe, haya dejado de tener la fama o la influencia de otros años: simplemente se negaron, por las razones que sea, a seguir al pie de la letra el juego de la industria y ahora asumen las consecuencias.
A algunos les parecerá auténtica la renuencia de Vedder a lidiar con los reflectores (a nosotros nos parece una pose a veces muy penosa). Lo cierto es que el documental no hace apología de eso, sólo se limita a mostrar a la banda con sus genialidades y sus no pocas contradicciones. “I’mstill alive”, como dice la canción central de la cinta. De lo mejor del año.

martes, 13 de diciembre de 2011

La boda del fin del mundo


En 1998, los grandes estudios cinematográficos dieron muestra de su sentido de la oportunidad cuando aprovecharon la paranoia alrededor del cambio de siglo con el estreno de un par de películas acerca del fin del mundo, comerciales donde las haya: Armaggedon e Impacto profundo. En ambas, un meteoro gigantesco amenazaba con impactarse con la Tierra, con las consecuencias de rigor.
Dotadas de efectos especiales impecables y de una concepción más bien delirante de la ciencia, ambas más bien eran dramas sin mayores pretensiones y que apenas se salvaban de la rutina del cine de desastres, que cada cierto tiempo la industria se encarga de revisitar con mayor o menor fortuna, como decíamos hace unas semanas en este mismo espacio a propósito de Contagio.
Tampoco parece casual que este año dos de las películas que competían por la Palma de Oro en el Festival de Cannes, El árbol de la vida, de Terrence Malick (que ya hemos comentado) y la que ahora  nos ocupa, Melancolía (Melancholia, Dinamarca| Suecia| Francia| Alemania, 2011), de Lars von Trier, compartan esas imágenes del cosmos y nuestro planeta ambientadas con música clásica, Wagner en el caso de este último.
El drama de nuestros tiempos parece estar interesado en resaltar la escala “cosmológica” desde la cual hay que interpretar las vidas de sus personajes, ciertamente empequeñecidos al lado de la grandeza imprevisible del espacio exterior, como ocurre en otras películas de las cuales nos hemos ocupado este año, como la estupenda Another Earth.
Melancolía cuenta la historia de dos hermanas, Justine (Kirsten Dunst) y Claire (Charlotte Gainsbourg), con motivo de la accidentada boda de la primera, quien parece tener un problema psicológico. Eso o es clarividente. Ya desde las primeras secuencias, vemos que un planeta gigantesco se aproxima peligrosamente a la Tierra. La segunda parte de la película nos informa de las consecuencias que provocará ese misterioso planeta, llamado precisamente Melancolía.
A lo largo de su filmografía, el director danés Lars von Trier se ha encargado de forjar una trayectoria a medio camino entre la innovación en terrenos dramáticos y la extravagancia, como lo evidencian cintas como Rompiendo las olas (1996), el musical Bailando en la oscuridad o bien el juego entre la apariencia y la verdad de Dogville. O el cine de “terror” en Anticristo.
En todas las anteriores, además, se cumple una de las constantes de su cine: la presencia de una mujer que se enfrenta a la violencia de una sociedad hostil, a veces de forma fatal. En Melancolía se regresa al tema de la mujer enloquecida aunque visionaria, como en Rompiendo las olas o Anticristo, ahora en el contexto de una familia acaudalada y destruida, completamente insolidaria, capaz del glamur más acabado pero incapaz de apoyarse, ni siquiera en la víspera del aparente fin del mundo.
Así, von Trier recupera un ambiente, la familia corrupta, que ya había explorado en La celebración (1998) otro director danés ThomasVinterberg, compañero de von Trier en la promoción de cineastas “de vanguardia” Dogma 95.
Las escenas oníricas del inicio, filmadas en cámara lenta, ceden el paso a unas imágenes más “documentales”, con cortes bruscos de edición, la crónica de la boda y la amenaza del desastre. También en Bailando en la oscuridad había más de un tratamiento visual, para diferenciar entre la vida cotidiana del personaje interpretado por Björk y sus fantasías musicales. Como se recordará, también en Anticristo hay una obertura con música clásica, con una escena filmada en blanco y negro y cámara lenta.
Con su actuación, premiada en el Festival de Cannes, Kirsten Dunst consigue mostrar la evolución de su personaje, atrapado entre la dulzura, la depresión y arrebatos de lucidez. El gran acierto de la película es mostrar los efectos de una hecatombe exclusivamente en una familia acomodada, al contrario de lo que ocurre en el cine de desastres, que trata de abarcar personajes de todas las clases sociales y culturas. Con ironía, la cinta parece subrayar que tal vez lo mejor sea el fin, ante un conjunto de personajes tan retorcido.
Mucho mejor que Anticristo, que nunca se define con certeza para salir al paso de su ambición, Melancolía conjuga ese afán experimental que siempre ha distinguido a von Trier de una forma mucho más eficaz, a salvo de sus bien conocidas y no siempre bien coronadas pretensiones. 

sábado, 3 de diciembre de 2011

La civilización está de sobra


El director franco-polaco Roman Polanski es un referente del cine desde los sesentas, con películas en las cuales ha explorado con libertad diferentes géneros, como el terror en Repulsión, El bebe de Rosemary y El inquilino, la adaptación especialmente sangrienta de un clásico de Shakespeare en Macbeth, la resurrección del cine negro en Barrio Chino, el suspenso de la conspiración internacional en Búsqueda frenética y El escritor fantasma, así como el pormenorizado drama del holocausto y la sobrevivencia en El pianista.
Acaso el común denominador de varias de sus películas sea la crueldad con la cual somete a sus personajes a una tortura real o imaginaria, ya sea física o psicológica, a veces a lo largo de años, como en la historia de ese matrimonio destructivo en Luna amarga.
En la citada El escritor fantasma, con el retrato de un político mediocre y su esposa, el matrimonio fallido como la antítesis de la convivencia de nuevo cobra un papel relevante, asunto en el cual se insiste en su nueva película, Un dios salvaje (Carnage, Francia| Alemania| Polonia, 2011), inspirada en la obra de teatro de la dramaturga francesa Yasmina Reza, quien además firma el guión al lado de Polanski. No es la primera ver que Polanski acomete la versión de un texto teatral, como lo prueba La muerte y la doncella, originalmente una obra de Ariel Dorfman.
Sin embargo, esta vez el tono no alcanza las cuotas de tragedia de ésta o de Luna amarga, porque estamos ante una comedia negra en la cual la única forma de salvarse es por medio del cinismo y la aceptación explícita de la insolidaridad, la premisa de la cinta. Una comedia, sí, a pesar de que algunos de los personajes no le encuentren la más mínima gracia.
En la primera escena de la cinta vemos la discusión entre dos adolescentes, que termina cuando uno de ellos golpea violentamente al otro. Así, el matrimonio formado por Michael (John C. Reilly) y Penélope Longstreet (Jodie Foster), padres del agredido, recibe en su casa a Nancy (Kate Winslet) y Alan Cowan (Christoph Waltz), los padres del agresor, para discutir civilizadamente acerca de la pelea que han tenido sus hijos. Al menos esa es la intención, porque pronto las cosas se descontrolan con hilarantes resultados.
La comedia no es inédita en la carrera de Polanski, quien con La danza de los vampiros ya había tenido una incursión en estos asuntos, además de que en sus películas siempre ha estado presente el sentido del humor mordaz que, como decíamos antes, en esta ocasión alcanza el culmen.
En lo anterior tiene mucho que ver la presencia de un elenco de primera, en el cual destaca el austriaco Waltz, quien ya había ganado notoriedad con una de sus anteriores películas, Malditos bastardos, de Quentin Tarantino, en la cual interpretaba a un despiadado oficial nazi.
El guión se las ingenia para que los Cowan no puedan abandonar la casa de sus anfitriones a la fuerza, a pesar de que la cita aparentemente es un mero trámite para que los vástagos hagan las paces. Sin embargo, en el camino son muchas las cosas que se tambalean para ambos matrimonios, sobre todo en lo que respecta a las ideas de uno de los personajes, defensora a ultranza del diálogo, porque el dios carnicero del título original lucha por imponerse a la hora en que los “ciudadanos del mundo” tratan de llegar a un acuerdo. Las relaciones entre las personas son dialécticas, lo demás es música celestial, ha dicho con fortuna el filósofo español Gustavo Bueno.
La película de Polanski pone de manifiesto el débil entramado de refinamiento que constituye el gusto por el arte contemporáneo y otros tantos hábitos del mundo actual, que en la película son mostrados ya no como una forma de redimir a los cultos, sino como simples pretextos para la pretensión sin más fruto que el hastío del vulgo.
Al mismo tiempo, como en el cine de Woody Allen, las clases privilegiadas neoyorquinas son mostradas como un conjunto de neuróticos que sólo necesitan un empujón para hacer al lado sus modales. Si la educación es una mera careta y los padres exhiben el mismo descontrol de los hijos sólo queda concluir que cada uno queda abandonado a su suerte y a su nihilismo.